lunes, 1 de enero de 2024

¿ES PISA EL TERMÓMETRO DE NUESTRO SISTEMA EDUCATIVO?*

 

Siempre que el Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA), de la OCDE, muestra sus datos, y los medios de comunicación se hacen eco de ello, se monta en España el revuelo de la catástrofe educativa. Nunca hemos tenido buenos resultados, como nunca nuestro sistema educativo ha estado en la órbita de las competencias que se miden en estas pruebas internacionales, que suelen dejar en buen lugar a países nórdicos o de Extremo Oriente.

Los resultados de las pruebas de 2022 nos han vuelto a dar otro ‘varapalo’, aunque lo más ‘divertido’ haya sido escuchar a políticos ‘desorientados’ justificar las adversas cifras en matemáticas, lectura y ciencias. Seguro que ellos tampoco superarían unas pruebas que midieran su capacidad de gestión y competencia para ocupar altos cargos en la administración educativa. El más significado: el secretario de Políticas Educativas de la Generalitat catalana, García Plata, echando la culpa al alumnado inmigrante porque “está sobrerrepresentado en el informe”. Menos mal que, a renglón seguido, la consejera de Educación, Anna Simó, manifestó: “No hay excusas. Tenemos un problema que tenemos identificado”. A saber.

El alboroto ante los resultados de PISA suele ser tan efímero como interesado. Nos lanzamos los ‘cuchillos’ cuando la noticia salta a la palestra, pero nos olvidamos de la educación cuando caduca el ‘apogeo’ de la información. Solemos tener memoria de pez. Hablar de educación es sano y necesario, pero hacerlo para tirarnos los trastos a la cabeza, ya no lo es tanto. Muchas veces hablamos de educación cuando no todos estamos cualificados para saber qué ocurre exactamente en nuestro sistema educativo.

Hoy día, en esta sociedad saturada de información, no reparamos en analizarla, aceptándola tal cual nos llega, sin una previa reflexión sosegada y crítica, consecuencia de la escasa capacidad crítica que se fomenta en nuestras ‘cultas’ sociedades. Lo más normal es que nos cuelen toda clase de patrañas, mentiras o noticias manipuladas, creyéndolas y reproduciéndolas sin rechistar. No es de extrañar que proliferen las ‘opiniones’ gratuitas sobre medicina, aeronáutica o viajes interestelares. ¡Es que sabemos de todo! Nosotros tampoco aprobaríamos una prueba PISA.

Los resultados adversos no son de ahora. Transcurridos veinte años, cada edición la ha presidido la mediocridad. No obstante, precisemos: la prueba “mide la capacidad de los alumnos de 15 años para utilizar sus conocimientos y habilidades de lectura, matemáticas y ciencias para afrontar los retos de la vida real”. Desde aquella primera edición, 2001, estaba claro: no podíamos evaluar a nuestros alumnos en destrezas que no enseñábamos en la escuela. Ni las hemos enseñado, a pesar del impulso normativo en cada reforma por una enseñanza en competencias. Una cosa es lo que dice la norma y otra distinta es cómo se trabaja en la escuela española, que no digo que sea equivocada, pero no está suficientemente encaminada hacia las competencias clave. Lo que no significa que nuestro alumnado no obtenga aprendizajes óptimos, sino que no se adecúan al planteamiento de ‘saber hacer’ en una sociedad ‘tecnologizada’, donde el humanismo y la persona pasan a un segundo plano, mientras se valora la buena ‘cualificación profesional’.

Si consultáramos el marco teórico de las pruebas PISA de lectura o de ciencias observaríamos que existe no poca contradicción entre lo que se enseña en nuestra escuela y lo que ellas evalúan y cómo lo evalúan, es decir, la capacidad para transferir los aprendizajes a situaciones de la vida cotidiana, no los contenidos curriculares específicos que enseñamos a nuestro alumnado, que pueden ser, lo son, fundamentales en su formación, pero luego no tienen una aplicación práctica en contextos donde el individuo se desenvuelve socialmente.

PISA no diagnóstica cómo está la educación en España, no es el termómetro del sistema educativo, sino el reflejo de nuestro nivel frente a unos indicadores no siempre trabajados en nuestras aulas. Lo que no obsta para que, asimismo, desvelen algunos síntomas de las debilidades, muy importantes, que sí habrían de abordarse.

Veinte años hablando del bajo nivel en comprensión lectora o resolución de problemas, saberes básicos, sin duda, y añadiría también el déficit en el aprendizaje de las lenguas extranjeras. Se realizan esfuerzos para mejorar estas ‘asignaturas pendientes’, aunque cada septiembre volvamos a ‘suspenderlas’. Demasiadas marañas se cruzan en tales esfuerzos, en detrimento de buenos niveles de lectura o de matemáticas. Quizá los diseños curriculares y las metodologías empleadas no estén siendo las adecuadas.

El sistema educativo español mantiene déficits estructurales, que nadie ha sabido enfrentar, a pesar de tanta perorata legislativa: la desacertada formación inicial del profesorado; el abuso de cambios normativos y enfoques educativos; la persistencia de metodologías inadaptadas al perfil del alumnado; el torpe uso de las nuevas tecnologías, a veces entendidas como salvadoras de la educación; la sempiterna burocratización de procesos educativos atiborrados de trámites, de escasa utilidad, que desesperan y hastían,  al tiempo que restan energías para emplearlas en tareas propias de los procesos de enseñanza-aprendizaje…

La educación es un terreno muy sensible, que no tiene recetas ni moldes a medida, ni soluciones mágicas. Estamos hablando del ámbito de la persona, y eso hay que tratarlo con suma delicadeza. Titulares como ‘dramático’, ‘debacle’, ‘educación en la UCI’, no ayudan.

En una sociedad tan compleja como la actual, olvidamos cuestiones como: ¿quién educa hoy a los niños y los jóvenes?, ¿qué papel juega la escuela en la sociedad de la modernidad líquida?, ¿quiénes son los modelos que influyen en nuestros jóvenes y que les conforman gran parte de su personalidad y modo de entender la realidad?

*Artículo publicado en Ideal, 31/12/2023


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