La calle siempre ha representado un espacio donde socializar, crear amistades, compartir. En ella conformábamos parte de nuestra personalidad, jugábamos al fútbol, compartíamos juegos, conversábamos sobre proyectos, películas o acerca de chicas que nos gustaban, mientras desgranábamos un paquete de pipas o nos relamíamos con un cucurucho de helado. Hasta que llegó una modernidad que expulsó a los jóvenes de ella, convirtiéndose en un espacio social peligroso, donde los padres no dejaban solos a sus hijos y los acompañaban al parque cercano o a unos columpios debidamente dotados de protecciones de seguridad.
La calle ha sido escenario de novelas, películas y documentales. En Los hijos de la calle (1996), película basada en la novela de Lorenzo Carcaterra, cuatro niños cometen un crimen imprudente, ingresando en una prisión de menores, donde serán sometidos a palizas y abusos sexuales por guardias. Son las calles del barrio neoyorquino Hell's Kitchen —Cocina del Infierno—, habitado por inmigrantes, familias desestructuradas y tráfico de drogas. La novela Niños de la calle (2024) —de la vietnamita Nguyen Phan Que Mai— recoge la historia de las hermanas Trang y Quynh que por necesidades económicas deciden trasladarse al Saigón en guerra para trabajar como camareras en un bar de soldados estadounidenses. En esta novela aparecen crudas realidades de niños que han de afrontar retos que superan sus edades.
De la ficción a la realidad en documentales que reflejan abominables situaciones: Niños de la calle en Ciudad de México de Eva Aridjis o La calle de los niños’ de Victoria Novelo. Testimonios sobrecogedores que nos ponen frente al espejo social de niños desamparados que hacen de la calle su espacio vital y que terminan siendo el ‘producto’ de una sociedad tan imperfecta como insolidaria. Niños abocados a experimentar vidas desarraigadas, tan diferentes a las de nuestros hijos, a los que proveemos de comodidades, a veces tantas que los convertimos en seres que no valoran otra cosa que no sea exigir y tener.
Hoy la calle la configuran autopistas invisibles donde circulan infinitas excentricidades, sucedáneos o patrañas. Nuestros niños y jóvenes, también desamparados en esta nueva calle, no tienen por qué venir de familias desestructuradas, sumidas en la pobreza o la esquizofrenia, vienen de familias acomodadas, con una orfandad sumida en la intemperie de un medio nocivo, de aparente inocencia y entretenimiento, pero tremendamente agresivo y configurado, mensaje a mensaje, para manipular personalidades y reproducir modelos sociales que se alejan de pautas que quisiéramos proyectar en nuestros hijos. Influjos externos que desconocemos o no les prestamos atención, por descuido o falta de tiempo, pero que los deseducan.
Las redes sociales son entornos donde los padres no conocen a los amigos de sus hijos, ni a los vecinos, ni a las malas compañías. Las redes sociales, esa nueva calle que desborda a padres y educadores, es una de las mayores preocupaciones focalizada en la dependencia de las pantallas.
La reciente propuesta del Gobierno de España de limitar la edad al acceso a redes sociales a menores de 16 años —como Australia o Francia— es un intento de solucionar una difícil situación social.
Las grandes plataformas, levantadas en armas, no quieren cortapisas a su negocio. El magnate y dueño de X, Elon Musk —del saludo fascista y motosierra reluciente— dijo de Pedro Sánchez, aludiendo a prácticas ‘cropófagas’: “Dirty Sánchez es un tirano y un traidor al pueblo español”, un “fascista totalitario”. No se aplicó el refrán: “Siempre habla quien más tiene que callar”. Al tiempo, Pável Dúrov —Telegram, red que permite vulnerar derechos de autor y admite mensajes de ideologías de odio, xenófobas, antidemocráticas…— mandaba un aviso masivo a sus usuarios, diciéndoles que convertiría “España en un Estado vigilado” con “normativas peligrosas que amenazan las libertades digitales”.
En España hay quien se pone del lado de estos plutócratas, esgrimiendo una vulneración de la ‘libertad de expresión’, mientras estos, como a imbéciles y borregos, nos llevan a su redil, interesados solo en su negocio, importándoles lo mismo que ellos permiten para sus redes: enshittification —enmierdamiento—. Término utilizado por Cory Doctorow, escritor canadiense —noviembre/2022, blog Pluralistic—, para referirse al deterioro de internet como sinónimo de vertedero de basura y mierda.
Al navegar por las redes —salvo contenidos aceptables que hay— es necesario taparse nariz y oídos, y poseer un intelecto fortalecido para no dejarse embaucar por la manipulación, la cochambre, la desinformación y el odio vertido.
La Comisión Europea, tras dos años de investigación, reclama a TikTok que cambie su diseño por generar adicción. Los vídeos cortos la fomentan por formato y algoritmos. La vicepresidenta Henna Virkkunen lo expresaba con nitidez: “TikTok tiene que cambiar el diseño de sus servicios para proteger a nuestros menores y su bienestar”. Hoy la infancia y los jóvenes son los grandes objetivos del mercado, de la publicidad y hasta de la política. Estamos ante un tema que nos está desbordando, nuestra obligación como sociedad es poner remedio a ello.
Nosotros fuimos niños a quienes cuidaron y alentaron para mirar la vida como un valor donde primaba el esfuerzo y la responsabilidad, debíamos discriminar que no todo valía, ni todo lo teníamos que obtener a cualquier precio. La calle donde jugábamos, socializábamos y aprendíamos, ahora ha pasado al entorno digital incontrolado sin reglas morales y éticas.
Los espacios virtuales se han convertido en ‘escuelas deseducadoras’, donde se citan, ‘socializan’ y aprenden nuestros jóvenes. Si esto no queremos verlo, no es por estar ciegos, será por los prejuicios, creencias o ignorancia que nos mueven.
*Artículo publicado en Ideal, 06/03/2026.
**Ilustración del artículo en Ideal.

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