lunes, 23 de marzo de 2026

LA INFANCIA COMO MERCANCÍA DE GUERRA*


Seguramente a los gobernantes de los países que promueven las guerras las vidas de la población les importan un bledo, pero a los ciudadanos de esos países no debería ocurrirles lo mismo. Es fácil manipular las razones por las que se invade un país o se lanzan cientos de bombas —armas de destrucción masiva, búsqueda de seguridad, acusaciones falaces de terrorismo o posesión de uranio enriquecido—, se juega con la bondad o la ignorancia de la gente. Lo que nunca se les dirá es que lo hacen por intereses geoestratégicos, económicos o intereses particulares de esos gobernantes.

Unicef señala que los niños y niñas son las primeras víctimas de la guerra y que 460 millones viven en países afectados por conflictos violentos con consecuencias desgarradoras: desplazamientos forzosos, estados de orfandad, abusos de todo orden, explotación sexual o trata.

En la Segunda Guerra Mundial los nazis, que ya tenían sus juventudes hitlerianas bien adoctrinadas y adiestradas para reprimir o delatar a enemigos, finalizando la contienda reclutaron ante la escasez de tropas a menores de 16 años como mensajeros, vigilantes o combatientes armados con rifles o lanzacohetes. Los efectos para la infancia fueron devastadores daños colaterales, se llamarían groseramente ahora llevando a niños a responsabilidades prematuras “como ayudar u ocupar las obligaciones de sus padres, dejar la escuela, trabajar...mendigar y traficar en el mercado negro” o acompañar a sus madres en colas del hambre, o sufrir el racionamiento posterior, como se describe en Infancias en guerra Memoria y género en los conflictos bélicos del siglo XX.

Nos solivianta ver a niños empuñando un fusil, niños soldado, en una África dominada por grupos armados o aquellos que luchaban en la eufemística revolución de la FARC en Colombia. Pero no nos ocurre igual si vemos en EE UU a un padre entrenando a su hijo en el uso de armas, activando un espíritu guerrero que raya en el uso de la violencia.

En El pan de la guerra (2002) de Deborah Ellis se relata la historia de Parvana, una niña afgana que se hace pasar por varón para aportar recursos a su familia. O ese viaje que emprende Enaiat para sobrevivir en En el mar hay cocodrilos (2018) de Fabio Geda, cuando su madre le insta a abandonar su pueblo al llegar los talibanes, en un viaje de cinco años cruzando Europa. Y no necesitamos citar solo a los malvados talibanes o a Boko Haram para glosar que la infancia es una mercancía de guerra, tenemos sobrados ejemplos en nuestro mundo occidental de ‘líderes’ que pasarán a la cochambre de la Historia engrosando la numerosa lista de gobernantes depravados y crueles.

La utilización indigna de la infancia como mercancía, al igual que la violación de las mujeres, es utilizada como arma de guerra. El abuso de la infancia es parte de las estrategias militares utilizadas sin remordimiento en este siglo XXI en que la barbarie ha apartado el espíritu pacifista y multilateral en el que millones de personas creíamos y seguimos creyendo.

Cifras escalofriantes hablan hoy de prácticas infames en las guerras auspiciadas por el mundo occidental. En la invasión de Ucrania se estima que Rusia se apoderó de decenas de miles de niños ucranios en un proceso de ´desucranización’. Una investigación de la Yale School of Public Health Universidad de Yale cifraba en 210 instalaciones la red dedicada a ello (El País, 16/9/2025), donde habrían recalado unos 35.000 niños forzosamente, reeducándolos en el patriotismo ruso, recibiendo instrucción militar o montando drones para luego masacrar a la población ucraniana.

En Gaza el daño a la población infantil es difícil calibrarlo en vidas y generaciones perdidas tras el genocidio perpetrado por Israel: pérdida de vidas, mutilaciones físicas, hambre, déficit alimentario para su desarrollo, falta de educación, dramas emocionales, trastornos psíquicos; todo ello minando a indefensos inocentes y cometido sin compasión ni escrúpulos. Acabar con niños y jóvenes, como a rebaño, era parte de una amplia estrategia ignominiosa de exterminio.

Una escuela en Minab fue destruida en los primeros bombardeos perpetrados por EE UU sobre Irán: 175 personas, mayoría niñas, asesinadas. Trump, un mentiroso convulsivo, culpó al régimen iraní del ataque, como Netanyahu hablaba de terroristas para justificar matanzas de gazatíes. No obstante, la prensa libre estadounidense —CNN o The New York Timesculpa a su Ejército. Estas niñas no tendrán la oportunidad de leer un libro ni siquiera a escondidas, como la niña afgana que comentara Malala reconociendo su lectura como un acto de resistencia.

Hace unos días Jaled Bani Odeh, 11 años, y Mustafa, ocho, sintieron la muerte a tiros a sus padres y dos hermanos —5 y 6 años— a manos de soldados israelíes que abrieron fuego contra el vehículo en el que viajaban. Habían salido de compras antes de terminar el ayuno de Ramadán. La familia palestina regresaba a Tammun, territorio invadido por Israel en Cisjordania. La versión israelí: el vehículo aceleró amenzazando a los soldados.

La Historia nos enseña que la infancia nunca fue protegida. Ahora tampoco. La infancia debería convertirse en sujeto histórico en las investigaciones. El abuso de menores es una práctica habitual como la violencia vicaria, la explotación sexual, la explotación laboral, negación de la educación, dejarlos morir de hambre o corromperlos para satisfacción de instintos depravados de aquellos famosos visitantes de la isla del pederasta Jeffrey Epstein que ahora se erigen en justicieros del mundo.

Y todavía hay quien piensa que esta proliferación de guerras y masacres, fuera del derecho internacional, traerá un mundo mejor.

*Artículo publicado en Ideal22/03/2026.

** Ilustración del artículo en Ideal.

sábado, 7 de marzo de 2026

LAS REDES SOCIALES: LA NUEVA CALLE PARA LOS JÓVENES*

 


La calle siempre ha representado un espacio donde socializar, crear amistades, compartir. En ella conformábamos parte de nuestra personalidad, jugábamos al fútbol, compartíamos juegos, conversábamos sobre proyectos, películas o acerca de chicas que nos gustaban, mientras desgranábamos un paquete de pipas o nos relamíamos con un cucurucho de helado. Hasta que llegó una modernidad que expulsó a los jóvenes de ella, convirtiéndose en un espacio social peligroso, donde los padres no dejaban solos a sus hijos y los acompañaban al parque cercano o a unos columpios debidamente dotados de protecciones de seguridad.

La calle ha sido escenario de novelas, películas y documentales. En Los hijos de la calle (1996), película basada en la novela de Lorenzo Carcaterra, cuatro niños cometen un crimen imprudente, ingresando en una prisión de menores, donde serán sometidos a palizas y abusos sexuales por guardias. Son las calles del barrio neoyorquino Hell's Kitchen —Cocina del Infierno—, habitado por inmigrantes, familias desestructuradas y tráfico de drogas. La novela Niños de la calle (2024) —de la vietnamita Nguyen Phan Que Mai— recoge la historia de las hermanas Trang y Quynh que por necesidades económicas deciden trasladarse al Saigón en guerra para trabajar como camareras en un bar de soldados estadounidenses. En esta novela aparecen crudas realidades de niños que han de afrontar retos que superan sus edades.

De la ficción a la realidad en documentales que reflejan abominables situaciones: Niños de la calle en Ciudad de México de Eva Aridjis o La calle de los niños’ de Victoria Novelo. Testimonios sobrecogedores que nos ponen frente al espejo social de niños desamparados que hacen de la calle su espacio vital y que terminan siendo el ‘producto’ de una sociedad tan imperfecta como insolidaria. Niños abocados a experimentar vidas desarraigadas, tan diferentes a las de nuestros hijos, a los que proveemos de comodidades, a veces tantas que los convertimos en seres que no valoran otra cosa que no sea exigir y tener.

Hoy la calle la configuran autopistas invisibles donde circulan infinitas excentricidades, sucedáneos o patrañas. Nuestros niños y jóvenes, también desamparados en esta nueva calle, no tienen por qué venir de familias desestructuradas, sumidas en la pobreza o la esquizofrenia, vienen de familias acomodadas, con una orfandad sumida en la intemperie de un medio nocivo, de aparente inocencia y entretenimiento, pero tremendamente agresivo y configurado, mensaje a mensaje, para manipular personalidades y reproducir modelos sociales que se alejan de pautas que quisiéramos proyectar en nuestros hijos. Influjos externos que desconocemos o no les prestamos atención, por descuido o falta de tiempo, pero que los deseducan.

Las redes sociales son entornos donde los padres no conocen a los amigos de sus hijos, ni a los vecinos, ni a las malas compañías. Las redes sociales, esa nueva calle que desborda a padres y educadores, es una de las mayores preocupaciones focalizada en la dependencia de las pantallas.

La reciente propuesta del Gobierno de España de limitar la edad al acceso a redes sociales a menores de 16 años —como Australia o Francia— es un intento de solucionar una difícil situación social.

Las grandes plataformas, levantadas en armas, no quieren cortapisas a su negocio. El magnate y dueño de X, Elon Musk —del saludo fascista y motosierra reluciente— dijo de Pedro Sánchez, aludiendo a prácticas ‘cropófagas’: “Dirty Sánchez es un tirano y un traidor al pueblo español”, un “fascista totalitario”. No se aplicó el refrán: “Siempre habla quien más tiene que callar”. Al tiempo, Pável Dúrov —Telegram, red que permite vulnerar derechos de autor y admite mensajes de ideologías de odio, xenófobas, antidemocráticas…— mandaba un aviso masivo a sus usuarios, diciéndoles que convertiría “España en un Estado vigilado” con “normativas peligrosas que amenazan las libertades digitales”.

En España hay quien se pone del lado de estos plutócratas, esgrimiendo una vulneración de la ‘libertad de expresión’, mientras estos, como a imbéciles y borregos, nos llevan a su redil, interesados solo en su negocio, importándoles lo mismo que ellos permiten para sus redes: enshittification —enmierdamiento—. Término utilizado por Cory Doctorow, escritor canadiense —noviembre/2022, blog Pluralistic—, para referirse al deterioro de internet como sinónimo de vertedero de basura y mierda.

Al navegar por las redes —salvo contenidos aceptables que hay— es necesario taparse nariz y oídos, y poseer un intelecto fortalecido para no dejarse embaucar por la manipulación, la cochambre, la desinformación y el odio vertido.

La Comisión Europea, tras dos años de investigación, reclama a TikTok que cambie su diseño por generar adicción. Los vídeos cortos la fomentan por formato y algoritmos. La vicepresidenta Henna Virkkunen lo expresaba con nitidez: “TikTok tiene que cambiar el diseño de sus servicios para proteger a nuestros menores y su bienestar”. Hoy la infancia y los jóvenes son los grandes objetivos del mercado, de la publicidad y hasta de la política. Estamos ante un tema que nos está desbordando, nuestra obligación como sociedad es poner remedio a ello.

Nosotros fuimos niños a quienes cuidaron y alentaron para mirar la vida como un valor donde primaba el esfuerzo y la responsabilidad, debíamos discriminar que no todo valía, ni todo lo teníamos que obtener a cualquier precio. La calle donde jugábamos, socializábamos y aprendíamos, ahora ha pasado al entorno digital incontrolado sin reglas morales y éticas.

Los espacios virtuales se han convertido en ‘escuelas deseducadoras’, donde se citan, ‘socializan’ y aprenden nuestros jóvenes. Si esto no queremos verlo, no es por estar ciegos, será por los prejuicios, creencias o ignorancia que nos mueven.

*Artículo publicado en Ideal, 06/03/2026.

**Ilustración del artículo en Ideal.