martes, 7 de abril de 2026

GOBERNANTES PARANOICOS PARA UN NUEVO ORDEN MUNDIAL*

 


Que el panorama mundial que nos están brindando en los últimos años los gobernantes que lideran potentes países es de una inestabilidad continua, que no da tregua para recuperarse de una trastada a otra, es a todas luces lo peor que hubiéramos imaginado quienes soñamos con un mundo mejor.

Giuliano da Empoli La hora de los depredadores (2025) viene a decir que la aparente estabilidad política de las últimas décadas ha quedado atrás en un mundo donde la IA ya está fuera de control, el respeto a las instituciones y los derechos se ha convertido en algo irrelevante para autócratas y magnates de la tecnología que moldean la realidad a su antojo “mediante la fuerza bruta, el engaño y las disrupción caótica”.

Estos depredadores también juegan a realizar promesas envueltas en benevolencia, como los dirigentes que tienen buenas intenciones, pero pronto descubren su lado perverso porque tienen menos paciencia, disimulan peor o carecen de sentido del ridículo. Su máxima es provocar el caos, donde se encuentran cómodos, lejos del imperio de la ley. “El caos ya no es el arma de los insurgentes, es el sello del poder” —reza la portada del libro de Empoli—. Y en su interior: “Tres meses antes de la invasión de Ucrania, Surkov, destituido por Putin..., publicaba un artículo en el que todo estaba ya decidido. Toda sociedad, escribió él entonces, está sometida a la ley física de la entropía... ante la ausencia de una intervención exterior, acaba por producir el caos en su interior. Es posible gestionarlo hasta cierto punto, pero la única manera de resolver definitivamente el problema es exportarlo”. Esta ha sido la tónica de los grandes imperios de la historia: exportar el caos allende sus fronteras, llevar guerras a otros territorios —no al suyo— y controlar el propio bajo una premisa: necesidad de atacar al fingido enemigo para seguridad autóctona.

Convertido el mundo en un caos mayor que en décadas pasadas, este primer cuarto del siglo XXI se parangona con el del siglo pasado. La duda que nos queda es si seguirá la misma deriva de una centuria cargada de sobresaltos políticos, crisis económicas y guerras mundiales, alternando livianos periodos de paz y convivencia tras la Segunda Guerra Mundial. Respiros reponedores que bajo una visión multilateral miraban hacia un horizonte que pretendía consolidar valores consensuados en distintas declaraciones universales. Ahora, sumidos en la denominaba ‘edad de la ira’, como la definía Pankaj Mishra en La edad de la ira. Una historia del presente (2017), tratamos de explicar el fin del ‘viejo orden’ frente al prometido ‘nuevo orden’ de gobernantes-depredadores. Con una aceptación, salvo destacadas resistencias, que se sustanció en el desliz de Ursula von der Leyen al intentar aclarar qué pasa en nuestros días de belicismo compulsivo y amenazas por doquier a quien no esté en la paranoia instalada el lado bueno de la historia, dicen, pisoteando el derecho internacional y convirtiendo el planeta en una selva donde impera la ley del más fuerte y la imposición de nuestro ‘silencio cómplice’.

Adiós a todo lo que habíamos construido desde una visión de justicia, respeto y solidaridad; adiós a avanzar en materia social, medioambiental o cooperación internacional. Y bienvenida la ley del matón de barrio, la esquilmación del planeta, desprecio territorial o ‘desfenestración’ del diferente y/o desfavorecido. Como señala Pankaj Mishra: “La edad de la ira da simplemente por sentado un bullicioso telón de fondo de construcción de naciones, transformación desigual de economías regionales y agrícolas en economías industriales y globales, y aparición de las políticas y los medios de comunicación de masas”.

Generalmente las guerras las desatan gobernantes ambiciosos, movidos por intereses personales y afectados por trastornos mentales y rasgos de patológicos de personalidad. Lo lamentable es que el poder, antes o después, termina siendo patrimonio de estos tipos y nosotros, bajo el paraguas de la democracia, lo permitimos. La nómina de gobernantes-depredadores es muy extensa. Los más señalados no han dudado en provocar conflictos bélicos sin reparar en daños ni consecuencias. Los paradigmáticos casos de Putin, Netanyahu y Trump han venido a subvertir el orden mundial alterando las relaciones internacionales.

Mary Trump, psicóloga, escribía Siempre demasiado y nunca suficiente: Cómo mi familia creó al hombre más peligroso del mundo (2020), refiriéndose a su tío Donald Trump. En él lo describe como un narcisista patológico, codicioso, abusón con el débil, mentiroso compulsivo y producto de una crianza familiar disfuncional y abusiva, dotado de una ausencia de empatía y con comportamiento destructivo. Y el tío, en plena guerra de Irán, aseguraba en una entrevista con NBC News: “Destruimos por completo la isla de Jarg, pero puede que la ataquemos unas cuantas veces más solo por diversión”.

Para el psicólogo John Gartner, Donald Trump “no está bien” (El País, 23/03/2026), con cierto deterioro cognitivo y trastornos mentales manifestados en un “narcisista maligno”, como le ocurría a Hitler. En su caso el narcisismo, que pudiera afectar a cualquiera de nosotros, deriva en trastorno ‘psicopático’ de personalidad antisocial, sin normas, mentiras compulsivas, engaños, sin remordimientos...; también conductas sádicas generadoras de caos, destrucción, humillación del otro…, para su disfrute; ante una amenaza, genera una paranoia con espíritu vengativo; afán de dominación para quedar por encima de los demás… No extraña escucharle decir que es el mejor presidente de la historia, sabiéndolo todo.

Putin, Netanyahu y Trump, adalides del ‘nuevo orden’, podrían estar en el mismo manicomio antes que promover guerras mostrando actitudes inmisericordes con los agredidos: incluidos niños, mujeres y ancianos, los más débiles.

*Artículo publicado en Ideal, 05/03/2026.

**Salvador Dalí, El enigma de Hitler, 1939.

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