lunes, 22 de junio de 2026

LA SOCIEDAD: UNA ESCUELA PARA EL FOMENTO DEL ACOSO ESCOLAR (I)*

 


Terminada la fiesta electoral verborreica —no me confundan con ese que dice ‘se acabó la fiesta’, que solo busca que empiece la suya—, prometidos no sé cuántos mundos ideales, me voy a detener en una promesa que me llamó la atención por lo inusual. Como no he hecho otra cosa en mi vida que no sea estar vinculado a la educación y a la escuela para ‘ganarme el pan con el sudor de mi frente’, además de escribir —aunque de esto no pueda comer, pero sí satisfacer mi otra necesidad: sacar fuera todo lo que me bulle por dentro y así mejorar mi salud mental—, leí en este periódico (IDEAL, 02/05/26) un titular: “Moreno sitúa como una prioridad la lucha contra el acoso escolar”. Lo prometió Juanma Moreno con motivo del Día Internacional de esta lacra social: “Es una de las plagas que triste y desgraciadamente tenemos en occidente, y de manera especial también en Andalucía y en España”.

El entonces candidato muy pronto presidente de la Junta de Andalucía, cuando salga del ‘lío’ o se meta en él mostró sus mejores intenciones llamando a concienciarnos del daño que el bullying provoca a los menores. Pronosticó recurrir a personalidades y “caras populares” de distintos ámbitos para lanzar mensajes de alerta referidos al dolor que causa el acoso, capaz incluso de “matar”. Contará con padres, profesores y otros actores de la comunidad educativa —y añadía— “para evitar el sufrimiento de muchos niños”, del que ni siquiera son conscientes los acosadores. Se me antojó entonces que el presidente se metería en un lío más gordo que tener el aliento en la nuca de Vox y su iluminada ‘prioridad nacional’.

La narrativa del acoso escolar que percibimos en medios de comunicación, ‘opinadores’ e, incluso, algunos docentes se presenta desde una sola derivada: “La escuela, factoría generadora de violencia”, olvidando los muchos factores exógenos existentes. Hablar de “violencia escolar” con tanta ligereza es para que se nos cayera la cara de vergüenza. La escuela es un reflejo de la sociedad donde se inserta y a esta la estamos alimentando con la peor calaña de nuestras miserias humanas. Vivimos en la sociedad de la “violencia estructural”, como definiera el sociólogo Johan Galtung a las desigualdades inmersas en las estructuras sociales, económicas y políticas configuradas en las sociedades modernas, en detrimento de la satisfacción de las necesidades básicas y la dignidad, incluidos valores éticos y morales.

Es obvio que la escuela debe mirar hacia la víctima. Nuestro ejercicio profesional no puede dejarla en una nebulosa de indeterminación, ni que la ‘violencia’ deje de abordarse en el entorno escolar. La protección de la víctima es primordial, pero la mirada rebelde debe proyectarse más allá. Si en otro tiempo muchas conductas vejatorias insertas en las relaciones entre iguales parecían ‘normales’, lejos de los significados que hoy sostenemos, habría que recordar, afortunadamente, que hemos cambiado de paradigma y definimos tales conductas turbadoras como agresiones.

Nuestra mirada tiene que ser más vasta y profunda al analizar el fenómeno del acoso escolar. Con solo mirar fuera de la escuela contemplamos un panorama desolador: películas juveniles donde se retratan estereotipos que normalizan conductas vejatorias, asentándose en las neuronas de niños y jóvenes como modelos conductuales aceptados; imágenes, vídeos o lenguajes en redes sociales, donde la respuesta a un ataque es redoblar el contraataque más despiadado o promover actitudes hostiles y de odio como elemento de defensa ante lo desconocido. Sin duda, la peor escuela para fomentar el acoso escolar. A lo que se suman comportamientos burdos de adultos, lenguaje gestual, comentarios soeces hacia el otro…; repertorio de ‘enseñanzas’ susceptible de imitación. Siendo finalmente reproducido en la escuela por el alumnado en sus relaciones interpersonales.

Violencia potenciada en una sociedad que olvida que existen valores de convivencia y respeto. Sea en la vida pública: políticos deslenguados, escraches a personas o familiares de quien está marcado por una diana —lo que hacía ETA en tiempos de terrorismo—; sean pseudoperiodistas que persiguen y acosan a personas públicas, esperando que suelten alguna palabra de rabia o un mal gesto para luego manipular y tacharlas con las más bajas descalificaciones.

No hay película o serie juvenil donde no aparezcan jóvenes en pandilla mostrando un repertorio de estereotipos negativos: líderes autocráticos y abusones seguidos por una cohorte de ‘pelotas’ que dan pábulo a supuestas ‘actuaciones ingeniosas’ del mandamás —chico o chica—, ejemplificando conductas agresivas, vejatorias, de sometimiento al diferente, al extranjero, al recién llegado al barrio o al instituto, o al que presenta conductas ‘raras’ entendidas como ‘anormales’. Otro sociólogo, Pierre Bourdieu, desarrolló el concepto de ‘violencia simbólica’ en un mundo que funciona mediante lenguajes y códigos determinados, que vemos reproducirse repetitivamente en espacios visuales donde acceden nuestros niños y jóvenes. Se trataría de prácticas y conceptos culturales simbólicos impuestos como jerarquización social mediante la publicidad, el lenguaje o la iconografía visual.

Hablamos con ligereza de ‘violencia escolar’, como si desde la escuela se fomentara, y nos olvidamos con hipocresía de la que se alienta en tantas esferas de una sociedad generadora de individualismo, odio y sumisión como medio y estrategia de dominio. Violencias y hostilidades circulando cerca de nosotros, leídas en un periódico, incubadas en vecinos, políticos, rivales culturales o familias que vuelcan en la escuela traumas, frustraciones o vidas desestabilizadas.

¿De qué sirve que la escuela eduque en valores, en resolución de conflictos mediante diálogo, si luego en entornos familiares, digitales, sociales o políticos cunde el mal ejemplo, la violencia y la grosería?

*Artículo publicado en Ideal, 21/06/2026

** Ilustración del artículo en Ideal. 

lunes, 8 de junio de 2026

EL ATENEO DE GRANADA: ORIGEN DE LA GENERACIÓN DEL 27*



La creación del Ateneo de Granada en 1925 supuso para la ciudad una bocanada de aire fresco en el panorama cultural, que la conectaba con las vanguardias culturales, literarias y artísticas que se promovieron en Europa en el periodo de entreguerras.

El 7 de febrero de 1926, el recién estrenado domicilio social quedó instalado en la calle Varela, n.º 6, “un edificio de clásica arquitectura y de carácter granadino, que es sin disputa una de las pocas viviendas interesantes que quedan en Granada” y que congregaba “los más prestigiosos elementos de la vida intelectual de Granada” (El Defensor de Granada, 9/02/1926). La actividad en la nueva sede se inició con un ciclo de conferencias a cargo de la “juventud intelectual granadina”, puesto en marcha el 13 de febrero con la conferencia: “La imagen poética de don Luis de Góngora”, a cargo de Federico García Lorca.

Aquel trabajo literario sería expuesto también por nuestro poeta en la Residencia de Estudiantes en diciembre del 27, dirigido “a sus compañeros de residencia en los cursos de vulgarización por ellos organizados”, y que el propio Lorca advertiría, al ser publicado en la revista ‘Residencia’ (1932), “que se trata de una conferencia de vulgarización para un público más o menos alejado de estas cuestiones literarias”, sin responder “exactamente al criterio actual del conferenciante sobre las cuestiones gongorinas”. El texto sufriría algunas correcciones del autor en las sucesivas versiones publicadas.

¿Con esta conferencia del Ateneo, la atracción de otros poetas del panorama literario español, se pusieron las bases de la Generación del 27? Entendemos que sí. Que la pronunciara casi dos años antes en el Ateneo granadino, que elevara a Góngora a figura estelar, que congregara a lo mejor de la poesía española, nos impele a pesar que la proyección de esta disertación gongorina fue clave para la movilización y el apoyo al estudio crítico-literario de Lorca, que derivaría en aquella generación tan ilustre de la cultura española.

Las referencias a este acto en El Defensor de Granada (14/02/1926) resaltan la brillantez de la lección pronunciada por un poeta “que une a su juventud un nuevo concepto de la lírica”. Y añadía: “Espíritu inquieto, delicado, pleno de emoción, García Lorca es hoy una de las figuras más interesantes y más intensas de la poesía española. Va en la vanguardia del movimiento literario, tiene una personalidad ya definida y es una de las promesas más fecundas de la lírica moderna”.

Lorca rechazaba “la critica equivocada y sin luz que se ha hecho sobre Góngora en todos los tiempos”, siendo la principal y verdadera causa que “su revolución lírica fue la nativa necesidad de una belleza nueva, que llevó al insigne cordobés a un nuevo modelado del idioma”. Inventaba Góngora por primera vez en el castellano —según testimoniaba Federico— “un método para plasmar las metáforas”, lo que implicaba que “la eternidad de un poema depende de la calidad y trabazón de sus metáforas”. Figura literaria que ensalzaba “la belleza de su obra..., limpia de realidades que mueren; metáfora con espíritu escultórico y situada en un ambiente extra-atmosférico”. Imágenes gongorinas que subyugaban a nuestro poeta, avezado maestro en este recurso de imágenes poéticas —tan frecuentes en su obra posterior: Poeta en Nueva York y las otras que le siguen—. Federico se vería reflejado en la poética de Góngora.

Este alegato a la figura de Luis de Góngora, en un texto mecanografiado, elevó la poética gongorina a lo sublime: “...hace con los elementos de la naturaleza nuevos dioses de poder ilimitado... Al agua y al aire les da forma concreta, oído y sentimiento… Es un poeta de una pieza y su estética es inalterable, dogmática”. Exaltación que le impulsaría a agregar: “Más que a Cervantes, se puede llamar al poeta padre de nuestro idioma, y, sin embargo, hasta este año la Academia Española no lo ha declarado autoridad de la Lengua”. Y añade, hablando de sus Soledades: “Este gran poema resume todo el sentimiento lírico pastoril de los poetas españoles que le antecedieron. El sueño bucólico, que soñó Cervantes y no logró fijar plenamente, y la Arcadia que Lope de Vega no supo iluminar con luces permanentes, las dibuja de manera rotunda don Luis de Góngora”.

Federico había puesto las bases teóricas del discurso sobre Góngora* para la posterior reunión de poetas —16-17/diciembre/1927— en el Ateneo de Sevilla. Una generación estelar rendida al poeta cordobés en el tercer centenario de su muerte bajo la premisa de una conferencia dictada en el Ateneo de Granada casi dos años antes. Acudieron, junto a Lorca, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Jorge Guillén, José Bergamín, Rafael Alberti, Mauricio Bacarisse o Juan Chabás, con el patrocinio del torero Ignacio Sánchez Mejías. Estuvo también Luis Cernuda, entre el público. No asistieron Pedro Salinas, Vicente Aleixandre, Emilio Prados o Manuel Altolaguirre, aunque se sumaron al acontecimiento.

Lorca lideró aquel encuentro. Tenía un duende especial. Decía Salinas: “Siempre con su séquito. Le seguíamos todos, porque él era la fiesta, la alegría que se nos plantaba allí de sopetón y no había más remedio que seguirla”. Lorca, líder en lo social y paladín en la poética, arrastró a los demás en la revitalización de la figura de Góngora y al homenaje que se le procesó en 1927 en Sevilla.

Este año, cincuentenario del primer ‘5 a las 5’ de 1976 y centenario de la conferencia sobre Góngora dictada por Federico en el Ateneo de Granada, pensamos que esta institución ateneísta se erige en origen, como entonces, de la actual celebración del Centenario de la Generación del 27.

*Artículo publicado en Ideal, 07/06/2026

** Ilustración del artículo en Ideal. 

*** Quizás siguiendo los pasos de Alfonso Reyes y sus cuestiones gongorianas.