El mito roussoniano del ‘buen salvaje’ concibe al ser humano como bueno por naturaleza, mientras que es la sociedad donde se inserta la que modula su visión de las cosas y lo conduce tanto hacía lo bueno como malo. La literatura ha querido presentar su versión de modo descriptivo para valorar cómo evolucionamos cuando estamos fuera de la influencia de la civilización. La bondad y la inocencia que se le reconocen al ser humano podrían ‘salvarse’ de las malignidades que no dejan de reproducirse en la interacción de los seres humanos.
Las historias literarias más socorridas han tenido que ver con naufragios de individuos o grupo de niños en islas desiertas. El Robinson Crusoe (1719) de Daniel Defoe cabría considerarla en esta línea, pero siendo un adulto es obvio que la influencia civilizante vivida anteriormente ya lo habría modelado incluso en cómo relacionarse con la naturaleza de la isla Más a tierra donde recaló. Pero las obras que más se aproximan al discurrir vivencial de una pequeña sociedad, aún no contaminada suficientemente, podrían ser Dos años de vacaciones (1888) de Julio Verne y El señor de las moscas (1954) de William Golding. Historias paralelas iniciadas con un naufragio o un accidente aéreo que dejan a su suerte a un numeroso grupo de niños en una isla desierta, donde habrán de organizarse para sobrevivir. No tardarán en aparecer las diferencias individuales que muestran divergencias en la relación de poder para gobernar el grupo. Un microcosmos que va configurándose paulatinamente como la representación del macrocosmos de donde proceden.
Memorable es la película El pequeño salvaje (1970) de François Truffaut, adolescente al que llamarán Víctor de Aveyron, basada en la obra científica de Jean Itard, tutor del pequeño: Sobre la educación de un hombre salvaje (1801), encontrado en 1790 en un bosque cercano a Toulouse. La virginidad social de quien no ha tenido contacto con cultura alguna y ha de ser reeducado con todas las contradicciones que ello conlleva.
Los niños y jóvenes con los que nos topamos a diario en la escuela acaso sean náufragos en otro sentido metafórico: individuos de una sociedad individualista, aislados en una soledad impuesta, manipulados desde muy pequeños o sobrecargados de obligaciones que sobrepasan sus posibilidades físicas y mentales —horas de colegio, tareas extraescolares, captados por otros entes ‘educadores’ (redes sociales)...—. Lo decíamos en La sociedad que (des)educa y el artículo: “Jóvenes que no desean vivir el ‘paraíso’” (IDEAL, 05/03/2023), al hablar del incremento de casos de ideación suicida o autolesiones: “Acaso en nuestro ‘plácido’ mundo no le demos un arma..., pero sí los ‘armamos’ para que respondan de manera egoísta, machista y ofensiva, porque la letra de una canción o el videoclip de moda así les inducen. Imbuidos por la propaganda, conforman una ilusoria sensación de inmortalidad, con innumerables estímulos que los ‘obligan’ a sobrepasar límites, probar nuevas sensaciones, experimentar otros mundos, virtuales o no”. La publicidad los desafía: “Sé libre para hacerlo” o “Eres tú quien decide”, entretanto llegan altas dosis de frustración, desilusiones o futuros inciertos.
En ocasiones me pregunto qué pasaría si a nuestros niños y jóvenes los educáramos exclusivamente bajo el paraguas de los principios que informan el sistema educativo, sin influencias de la sociedad que finalmente moldean su personalidad y mente. Hacer este ejercicio de imaginación, ante la desolación social que vivimos, responde a la necesidad de crear otros mundos posibles, al idealismo que nos impulsa a reprochar todo lo que pervierte tanta inocencia. Sabemos que la sociedad condiciona los patrones de conducta de sus miembros, nadie está libre de configurar su personalidad al margen de los códigos sociales, normativos o consuetudinarios.
Si pensáramos en la posibilidad de que los niños pudieran quedar aislados en un mundo ajeno a la influencia adulta y su ‘viciada sociedad’, fuera de la contaminación externa y solo bajo la influencia de valores de respeto, convivencia y hermandad, viviríamos en una distopía quizás imposible. Un experimento que pudiera parecerse a la agogé de la vieja Esparta, cuando los niños hasta los 7 años estaban al cuidado de la madre, pero tras ella eran educados por el Estado para producir ciudadanos física y mentalmente invencibles. O acaso aquel experimento extremo de los años cincuenta, obra del psicoanalista René Spitz, que sostenía la tesis de que los bebés que crecen sin amor pueden llegar a morir antes o verse afectados por enfermedades físicas y/o mentales que los que están bajo el cuidado de sus madres. Una manera de mostrar la importancia del afecto en la salud de los individuos. El experimento consistió en estudiar dos grupos de niños: unos criados en cunas de hospital aisladas y otro atendido por sus madres en prisión.
La educación, ¿salvadora del mundo? Pudiera ser, porque frente a las distopías es crucial que aquella mantenga un diálogo constante con la realidad. Como decíamos: “Si cabe, tiene que desmantelar la realidad que la circunda, no puede tragarse cualquier idea o proclama que le llegue, ni siquiera cualquier elucubración teórica por muy bien que suene su música. El alumnado debe formarse en una educación así: analítica con la realidad que tiene a su lado, poniendo la razón en su intelecto para que lo dote del poder de discernimiento”.
La realidad es casi siempre la dimensión de la ‘no realidad’, presentada y enmascarada mediante la imagen o relato que a otros interesa. Si la educación consigue que la capacidad de diferenciar penetre en la conciencia humana habremos conseguido el ‘éxito’ de una educación como ejercicio de libertad.
*Artículo publicado en Ideal, 04/07/2026
** Ilustración del artículo en Ideal.
