domingo, 18 de diciembre de 2011

DE LA ALDEA GLOBAL A LA GLOBALIZACIÓN

Llevo semanas buscando unos documentos que están poniendo a prueba mi memoria y mi paciencia. Supongo que eso de buscar unos papeles que habían caído en el olvido y no encontrarlos es algo compartido, lo cual ni me reconforta ni me sirve para nada. Aunque si pretendiera buscarle el lado menos canalla a semejante ejercicio de exploración archivística me consolaría con el hallazgo de otros papeles que está apareciendo y que sirven para repasar episodios de mi vida pasada.
Vivimos tanto el presente, el de ahora, como el presente venidero, y redescubrir viejos papeles puede ser una manera, no sé si vulgar, de recordarnos a nosotros mismos otros momentos que hemos vivido.
En una de estas incursiones en archivadores y pilas de papeles he encontrado viejos textos, recortes de prensa, apuntes, notas recogidas en el margen de una hoja y otras viejas glorias del pasado. Entre ellas, unos amarillentos folios de multicopista, supongo, con la tinta casi desaparecida que contienen unos textos que hablaban de un futuro próximo (nuestro presente) basado en el poder de unas nuevas tecnologías de la comunicación y la información en ciernes, de cómo cambiarían la manera de relacionarse los humanos y que conectaba con algo que se llamó la aldea global. Si mi memoria no me falla (y no sabría qué decir a la vista de esa búsqueda infructuosa de documentos), es probable que el contenido de esos folios fuera parte de la documentación que utilicé para un trabajo de Ciencias Sociales con mis alumnos.
Aldea global fue un término atribuido al filósofo Marshall McLuhan que nos interesó a muchos, por lo que proyectaba para aquel futuro inmediato, en la década de los ochenta del siglo pasado. Lo entendíamos como un canto al internacionalismo, a la supresión de fronteras, a la búsqueda de una dimensión mundial nueva que extrajera lo mejor del ser humano con el simple afán de compartirlo. Sin duda, la aldea global era un canto a la dimensión planetaria del individuo, más allá de países, de fronteras, de desigualdades…
Andando el tiempo ese concepto cargado de buenas intenciones (que no es que hayan desaparecido, sino que se fagocitan con suma facilidad en los tiempos que corren) se fue tornando hacia otro nuevo: globalización. Y es así como hoy estamos instalados en una globalización que no sé si es parte de la perdición del ser humano o será su redención. Por lo pronto, ha venido a constituirse en ese gran adalid de lo que representa la sociedad postmoderna.
Un ejemplo, si se me permite: el mercado de los alimentos básicos está controlado por pocos centenares de empresas que regulan y almacenan para controlar productos y precios. Hacia este mercado se están dirigiendo, con un afán meramente especulativo, los fondos de inversión que han pasado del producto inmobiliario al producto financiero, y ahora a los alimentos. Consecuencias: falta de alimentos, subida de precios, hambre y millones de personas afectadas. Antes también había hambre, pero era producto de las sinergias de lo autóctono, ahora hay hambre porque la producción mundial, suficiente para abastecer a todos los habitantes del planeta, está bajo la esfera de las trampas de la globalización.
Amin Maalouf se refería en Identidades asesinas (Alianza, 2001) a dos inquietudes de la mundialización. La primera, la efervescencia actual más que llevar a un extraordinario enriquecimiento, a la multiplicación de las vías de expresión, a la diversificación de opiniones, conduce paradójicamente a lo contrario, al empobrecimiento. La segunda, la uniformización mediante la hegemonía, origen de muchos conflictos. Ya me dirán si no son realidades diez años después.
La época que vivimos está llena de incertidumbres, globalización y mundialización de cualquier fenómeno, de lo bueno y de lo malo, de las muestras de solidaridad y también de las bajezas humanas.
Muchas veces me pregunto cuánto nos queda de aquellas ilusiones aldeanas.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

PRIVILEGIOS

El Congreso de la X Legislatura, salido de las elecciones generales celebradas el día 20N, se ha constituido ya. El ruido de los primeros días sobre quien presidiría la Cámara, la formación de grupos parlamentarios, la presencia de Amaiur o el kit tecnológico que se entregará a cada diputado (móvil iPhone, una tableta iPad, ADSL en su domicilio, etc.) han eclipsado los pronunciamientos de algunos diputados acerca de su renuncia a lo que consideran privilegios.
Es un gesto que hay que valorar. No se va a resolver la crisis con ello, pero es un guiño que viene a reparar, mínimamente (a lo mejor, incluso, ni eso), la imagen pública de los que se decidan a la política a tiempo completo. Un gesto que me hubiera gustado ver no sólo ahora que estamos en crisis, sino cuando no lo estábamos, pero también cuando no lo estemos.
Sea por ética o por estética no queda mal a los ojos de la ciudadanía esto de rechazar algunos de esos considerados privilegios: complementos al sueldo, kit tecnológico, 1.800 euros en dietas o una pensión complementaria. Algunos han llegado a no admitir la conexión ADSL en su domicilio, ni los gastos de alojamiento en Madrid.
Ahora bien, adecentar la vida pública no se consigue con unos cuantos gestos. Queda mucho trabajo por hacer, cuanto antes se inicie, mucho mejor. A ser posible hoy mismo.
Y una de las maneras de dar el primer paso empieza por este rechazo a determinados privilegios, pero sobre todo por el trabajo que habrán de realizar los representantes de la ciudadanía. Para ello es necesario compromiso y lealtad. Eso es lo que debemos pedirles. En política he visto demasiados altos cargos y parlamentarios ocuparse de sobrevivir en su puesto, poniendo en práctica bochornosas actitudes y comportamientos, y dedicarse menos a trabajar en la solución de los problemas de la sociedad.
El sistema de elección en nuestro país viene dado por listas cerradas, donde ya hay quien se encarga de señalar con el dedo divino a los 'elegidos'; pues bien, en estas listas de siete candados se cuelan consentidamente todo tipo de personas: comprometidas, trabajadoras, humildes, con competencia o sin ella, inteligentes y menos inteligentes (aunque quizá algunos sí lo sean para trepar políticamente, que a la postre puede ser una forma de inteligencia), prepotentes, haraganes, indolentes y otros a los que en mi pueblo se les llamaría ‘tragapanes’.
Las listas cerradas es el modo más seguro que tiene un partido político para controlar a su grey parlamentaria. Y salvo excepciones muy excepcionales es así como se funciona y se quiere funcionar.
Es un honor representar a los ciudadanos en el foro de la más alta representación de un país. Por eso y por dignidad, trabajo es lo que hay que exigirles. Con trabajo y dedicación es posible que se hable menos de privilegios,

jueves, 8 de diciembre de 2011

LAS LÁGRIMAS DEL MAESTRO

El otro día vi llorar a un maestro. Lloró cuando nos despedíamos. Lloró después de narrarme con un nudo en la garganta el episodio del que había sido involuntario protagonista con la madre de una de sus alumnas. Le pregunté qué edad tiene esa madre, treinta y tres o treinta y cinco años, me contestó.
Al parecer la madre le increpó en las escaleras delante de todos sus alumnos. No le bastó la sugerencia que le hizo el maestro de emplazar la conversación al tiempo de tutoría, tres horas más tarde. Le acusaba de haberle producido un moratón a su hija en el brazo que ni siquiera en ese momento se apreciaba.
Hoy los maestros (léase también profesores) se quejan de que su profesión no tiene la consideración social que por su aportación a la sociedad debería tener. Esto ya lo decíamos en La educación que pudo ser, y el día a día no hace más que corroborarlo. Llevan los profesores bastante razón en esto, aunque se trate de un mal compartido por otras muchas profesiones públicas: médicos, enfermeros, trabajadores sociales, jueces…
En este episodio escolar hay algo que me preocupa de igual modo y, si me apuran, bastante más. Me refiero a la presencia de los niños cuando se dirimen diferencias de opinión, o se contraponen puntos de vista, entre maestros y padre, es decir, entre adultos. Algo que entra dentro de los cánones de la razón. Lo que me parece menos racional es que en tales disputas se haga partícipes activos o pasivos a los niños. Y muchos padres lo hacen.
La presidenta de una asociación de padres y madres de un instituto me lo decía días atrás: “es un disparate que en las casas se hagan comentarios ofensivos o peyorativos contra los profesores delante de los hijos”.
Hoy son relativamente frecuentes los episodios de padres que se dirigen de malos modos a los maestros y a los profesores con sus hijos como testigos. Una manera de proceder que es camino más corto para inocular en el niño la falta de respeto y desconsideración hacia sus maestros.
Me cuentan los maestros (a mí me gusta escucharlos) que la relación con los padres jóvenes, cuyas edades oscilan en los treinta años, la relación es más áspera, si cabe, más irrespetuosa que la que tenían con los padres de estos. A mí me viene a la mente que estos padres jóvenes que rondan los veintitantos o los treinta y tantos años estaban en la escuela en los años noventa, y que son herederos de una educación que algunos aspectos se nos escapó de las manos. He defendido la Logse, y sigo defendiendo que fue una ley que trajo un sistema educativo moderno y adaptado a un país que estaba construyendo su democracia. No creo que sea sospechoso de lo contrario. Pero, al igual que decía entonces, creo que cometimos algunos errores en su aplicación. Errores que ahora se aprecian en estos adultos jóvenes, entonces nuestros alumnos, que nos llevan a sus hijos a la escuela.
Lloraba el maestro porque sentía herida su dignidad profesional, más que la personal, después de treinta años de ejercicio de la docencia. Lloraba porque se le acusaba de algo que no había ocurrido: agarrar a la niña del brazo, pero lloraba sobre todo porque sentía que su impecable trayectoria profesional, comprometida con la educación, ahora era despreciada por unas formas burdas, maleducadas y groseras de actuar.

sábado, 3 de diciembre de 2011

LAS AVISPAS

Las avispas son esos insectos molestos, tanto como las moscas, no sabría si también las de Monterroso, pero más peligrosos, que nos pueden amargar una plácida comida estival. Son voraces y descaradas, y nunca se ruborizan. Exhiben sus colores con impudicia, obscenidad y ostentación. Irrumpen ante reyes, príncipes, amanuenses, repartidores de butano y hasta mendigos, dispuestas a acaparar su comida. Y toda su mala uva la concentran en el culo.
Nos esperan años de dificultades, dice la señora Merkel. Me pregunto hasta cuándo, ¿acaso hasta que algunos hayan saciado la avaricia o encuentren mejor fuente donde extraer riqueza? Mucho me temo que esas dificultades las padecerán todos menos los que están tratando de saciar la avaricia.
Algunos economistas, y algunos sabios de la cosa, nos dicen que estamos ante una crisis de confianza. Por lo pronto, yo confío en los que cada día trabajan ocho o nueve horas, también en los que trabajan doce o trece horas diarias, que los hay, y no menos en la legión de parados (perdón, desempleados) que aguardan ponerse manos a la obra. Este es el verdadero capital que tienen los países: sus gentes. Aunque se me antoja que los que hemos colocado, o nos han colocado, en el poder creen menos en ellos. Quizá la confianza habría que exigírsela a los que no confían en nosotros.
A las avispas se les suelen poner como señuelo varios trocitos de carne a unos metros de donde nosotros tratamos de pasar un rato agradable para que se engolfen en ellos y dejen de molestarnos. Yo lo he probado, y funciona.
No estaría de más ponerles un cebo a las avispas y avispones que están promoviendo y, al tiempo, aprovechándose de la terrible crisis del euro para obtener inmensos beneficios a costa del maltrato de la moneda y de la asfixia, ya en fase cianótica, de los ciudadanos. ¿Qué podemos hacer nosotros, entretanto los gobiernos siguen desorientados y no ejerciendo el mandato que se les ha encomendado: gobernar para los ciudadanos?
¿Se os ocurre el tipo de cebo al que dirigir la avaricia de estos avispados avispones?
Por el momento, si me tengo que quedar con algo, permitidme que lo haga con el excelente regalo que me ha enviado mi amigo Paco Hernández.
Qué menos que compartirlo con todos vosotros.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

ES EL MOMENTO DEL CAMBIO


Cambio es una palabra muy socorrida en política. Cuando se utiliza tanto será porque los grandes estrategas y diseñadores de eslóganes políticos la tienen en buena estima. Pues bien, aquí también vamos a recurrir a ella, aunque me reserve opiniones respecto al uso (abuso, diría) del término.

El PSOE ha entregado el poder a la derecha en España. Los resultados de las elecciones del 20-N así lo constatan. Más de cuatro millones de votantes han dejado de votar al partido socialista.


Es lo que se preveía después de una cadena de decisiones de gobierno poco meditadas y, otras, no menos acertadas en el ámbito del funcionamiento interno del partido. No es ventajista, mis labios están marcados por la mordedura de los dientes de tanto callar. Demasiada deriva política en el ejercicio del poder. Y nefasta gestión de los tiempos de cara a las elecciones. Hace meses se tenía que haber producido ese cambio en la Secretaría General que ahora se pospone para febrero de 2012, mal momento con las elecciones andaluzas a la vuelta de la esquina. Grave error de estrategia.


En España hacemos política decimonónica para ciudadanos del siglo XXI. En el siglo XIX la sociedad española era analfabeta en un porcentaje del 80 %, había muchas carencias intelectuales y de trasvase de información, obviamente hoy esto ha cambiado: mayor instrucción, capacidad para enjuiciar y opinar, sentido crítico. Es así como los ciudadanos demandan mayor participación en los asuntos sociales y políticos que les conciernen, se quieren sentir más protagonistas, a pesar del grado de manipulación que les sobrevuela. Ahora la política y los políticos no están para resolverles los problemas sin más, sino para acompañarlos en la resolución de sus problemas.


La sensación que se tiene es que desde hace tiempo el partido socialista necesita una transformación (hay quien habla de refundación). Quizá ahora sea el momento de ese cambio, pero un cambio tanto de personas como de ideas. Cambio de personas en la organización federal y en las organizaciones autonómicas y locales. Cambio de ideas para hacerlo un partido adaptado a los nuevos tiempos. No vale sólo el cambio de personas si no se cambian las ideas. Como tampoco cambiarán las ideas con los mismos dirigentes.


El PSOE tiene que empezar por trasladar a la sociedad un mensaje nuevo. Un mensaje que habrá de venir determinado, en primer lugar, a través de gestos relevantes. Entre ellos, más decencia, algo que la ciudadanía realmente perciba y palpe: la política no es una oficina de colocación para los 'allegados'. La moral y la ética públicas deben estar presentes a través de modos y conductas que sean ejemplo para la ciudadanía, nada de excesos y ostentaciones, estar más cerca de la vida civil. En ello el partido socialista tiene que ser modélico.


En segundo lugar, configurar un partido para el siglo XXI, donde tanto las listas abiertas como la limitación de mandatos sean dos objetivos. La ciudadanía tiene que verle la cara a quien le vota, pedirle cuentas si es necesario, votándolo o rechazándolo. Hay que dignificar la política con mandatos limitados, donde el político no se perpetúe, donde se produzca una necesaria permeabilidad entre la vida política y la vida social. Volver a la actividad profesional después de haber ejercido un cargo público es aconsejable para la buena salud democrática del país y del individuo. Fundamentalmente por dos razones: primero, por no perder el contacto con la realidad y la sociedad, que se pierde con tanta facilidad; segundo, demostrar que la política se hace como un auténtico ejercicio de servicio público y no como una plataforma la que algunos se aferran.


¿Y las primarias?, las primarias son uno de los grandes valores que posee el partido socialista y, sin embargo, ha sido tergiversado su sentido en los últimos tiempos. Los mensajes confusos se han prodigado, en unos sitios eran símbolo y ejemplo de democracia de partido; en otros, un obstáculo, un mal trance que ponía en cuestión al partido. Esto último se llama miedo a la democracia y esa fue la contradicción que se vivió en las elecciones autonómicas y municipales de mayo. La ciudadanía, entre tanto, más que confusa, perpleja. 
El PSOE tiene que mantener ese espíritu transformador de la sociedad, el mismo que le ha hecho ser un motor de cambio histórico. Y los cambios en el funcionamiento interno y de la política en general son los que tocan ahora.

Hay dirigentes que ya han agotado todo su crédito. Los que han llevado al fracaso al partido socialista en las dos últimas citas electorales no pueden liderar ahora la renovación ni el cambio. Dejémonos ya de santos ‘barones’, y más presencia de la militancia en la toma de decisiones. Cuidado con las manipulaciones o dejar la poltrona al heredero o heredera. Es preciso acabar con cualquier atisbo de oligarquía en el partido socialista. Que nadie venga ahora a tutelar cambios de dirigentes, la palabra la tiene que tener la militancia. El partido socialista tiene que estar en otra onda distinta a los demás partidos, debe ser un partido del siglo XXI, donde el calado de la democracia interna sea un valor a transmitir con una notable presencia y desarrollo práctico.


Es el momento del cambio, pero de cambiar de verdad, no con fuegos artificiales como gusta a los que hacen estallar los que a toda costa pretenden mantenerse en el poder. Es el momento de una reflexión profunda.


Una mirada a las dos entradas de este blog (5 y 13 de septiembre) referidas a la socialdemocracia pueden aclarar algunas ideas más.


Por cierto, a Rubalcaba habría que levantarle un monumento en el partido socialista por el ‘marrón’ que ha tenido que tragarse cuando los que tenían que haber dado la cara se han escondido.