
Vivimos tanto el presente, el de ahora, como el presente venidero, y redescubrir viejos papeles puede ser una manera, no sé si vulgar, de recordarnos a nosotros mismos otros momentos que hemos vivido.
Aldea global fue un término atribuido al filósofo Marshall McLuhan que nos interesó a muchos, por lo que proyectaba para aquel futuro inmediato, en la década de los ochenta del siglo pasado. Lo entendíamos como un canto al internacionalismo, a la supresión de fronteras, a la búsqueda de una dimensión mundial nueva que extrajera lo mejor del ser humano con el simple afán de compartirlo. Sin duda, la aldea global era un canto a la dimensión planetaria del individuo, más allá de países, de fronteras, de desigualdades…
Andando el tiempo ese concepto cargado de buenas intenciones (que no es que hayan desaparecido, sino que se fagocitan con suma facilidad en los tiempos que corren) se fue tornando hacia otro nuevo: globalización. Y es así como hoy estamos instalados en una globalización que no sé si es parte de la perdición del ser humano o será su redención. Por lo pronto, ha venido a constituirse en ese gran adalid de lo que representa la sociedad postmoderna.
Un ejemplo, si se me permite: el mercado de los alimentos básicos está controlado por pocos centenares de empresas que regulan y almacenan para controlar productos y precios. Hacia este mercado se están dirigiendo, con un afán meramente especulativo, los fondos de inversión que han pasado del producto inmobiliario al producto financiero, y ahora a los alimentos. Consecuencias: falta de alimentos, subida de precios, hambre y millones de personas afectadas. Antes también había hambre, pero era producto de las sinergias de lo autóctono, ahora hay hambre porque la producción mundial, suficiente para abastecer a todos los habitantes del planeta, está bajo la esfera de las trampas de la globalización.
Amin Maalouf se refería en Identidades asesinas (Alianza, 2001) a dos inquietudes de la mundialización. La primera, la efervescencia actual más que llevar a un extraordinario enriquecimiento, a la multiplicación de las vías de expresión, a la diversificación de opiniones, conduce paradójicamente a lo contrario, al empobrecimiento. La segunda, la uniformización mediante la hegemonía, origen de muchos conflictos. Ya me dirán si no son realidades diez años después.
La época que vivimos está llena de incertidumbres, globalización y mundialización de cualquier fenómeno, de lo bueno y de lo malo, de las muestras de solidaridad y también de las bajezas humanas.
Muchas veces me pregunto cuánto nos queda de aquellas ilusiones aldeanas.



