miércoles, 22 de junio de 2022

ESCUELAS Y DOCENTES*


 

Hay realidades en el mundo de la educación que inevitablemente impactan hasta el sobrecogimiento. Aunque al mismo tiempo te hagan creer en ella y en la labor de los docentes. Hace unos días leí un reportaje de Simona Carnino, “Escuelas libres de violencia: la lucha pacífica de los docentes contra las pandillas en Honduras”, publicado en El País. En él se narra la historia de algunos docentes de escuelas de barrios marginales de Tegucigalpa, que arriesgan su vida para defender a los estudiantes del reclutamiento forzado por parte de las maras Salvatrucha y Barrio 18. Desde las rejas de las escuelas públicas ambas intentan convencer a niños entre 10 y 14 años para que ingresen en la banda por las buenas y, cuando no, por las malas. El reportaje visibiliza a unos docentes que, armados de valor, tratan de salvar a sus alumnos.

La labor de un docente no es solo enseñar los contenidos de una materia, consiste también en hacer de sus alumnos ciudadanos libres y mejores personas, aunque a veces esta tarea se ahogue en el terreno de la entelequia. Marina Garcés, en Escuela de aprendices, dice que la historia de la humanidad escenifica la tragedia de la educación: “una larga cadena de aprendizajes y una cadena aún más pesada de errores”, donde los humanos que deberíamos “aprenderlo todo… no aprendemos nunca nada”.

En el curso escolar que está a punto de concluir hemos recobrado la normalidad que la pandemia nos privó en los dos anteriores, cuando el confinamiento cerró las escuelas o nos separó en grupos burbuja. Una escuela cerrada es el acto más triste que puede cernirse sobre un pueblo, una barriada o sobre la sociedad misma. Ver las escuelas huérfanas de alumnos proyecta un panorama tan desolador como el que no hace mucho nos mostraba las ruinas de una escuela bombardeada en Lugansk.

El curso finaliza, pero no tardará en llegar otro, y el proceso de implantación de la enésima reforma educativa, si es que antes no lo evita un cambio de partido en el poder, que vendría, sin lugar a dudas, con la suya. La maldición de nuestra democracia: una reforma tras otra a base de varitas mágicas, que luego tantas ilusiones quiebran. No se dan cuenta, o sí, de que lo único importante en todo esto es la labor de los maestros, y ellos meros figurantes en el gran teatro de la educación. Los políticos actúan como enfermos imaginarios, obsesionados en enzarzarse en refriegas políticas, atrayendo solo la atención hacia sí mismos, mientras por el camino languidecen los sueños de tantos docentes. En estos días nos abochorna ese intento de abrir un nuevo frente judicial de la presidenta de la Comunidad de Madrid y el recurso ante el Supremo contra el bachillerato “por su falta de contenidos y elevada carga ideológica”; o aquello otro del Parlamento catalán aprobando una ley en contra de la sentencia que obliga a reservar más tiempo a contenidos impartidos en castellano. Es la bochornosa máxima de nuestra democracia: “A los políticos de todos los colores lo que menos les interesa es la educación”.

Cuando la educación se convierte en un tema central, Marina Garcés entiende que no se trata tanto de una crisis educativa como de una de esas crisis “civilizatorias en las que se muestran los conflictos, los deseos, los límites y las posibilidades de cada sociedad y de cada tiempo histórico.” Por esto mismo me quedo con los docentes como único baluarte que alienta la esperanza en una educación mejor. Ellos sostienen la escuela, lo veo a diario. Allí, donde hay un maestro, hay una escuela, decía el humorista gráfico Peridis.

Me gustaría que los docentes fuesen mejor tratados por la sociedad y la política, que no los enmarañaran en absurdos y desesperantes trámites burocráticos, que los dejaran hacer su trabajo. Nunca olvidemos que la educación es el mayor tesoro del que disponemos, un instrumento de emancipación, un espacio para hacernos seres más sociables, una plataforma de oportunidades para el desarrollo personal. Una persona o una sociedad sin educación es menos libre, más fácilmente manipulable, menos solidaria y justa.

Por eso siento una enorme satisfacción cuando veo a maestros y maestras que piensan en sus alumnos para hacer de ellos mejores ciudadanos, que no escatiman esfuerzos para darles la posibilidad de que nunca sean parte de una masa informe e ignorante. La mayoría de nosotros les debemos mucho. Mis recuerdos se inundan de maestros que me enseñaron, me guiaron, me pusieron en el camino de ser lo que ahora soy. Sin el esfuerzo de mi familia y de mis maestros yo sería ahora alguien incapaz de escribir este artículo y, sin embargo, lo escribo, porque la educación me ayudó a formarme en aquellos años sesenta y setenta cuando estudiar era casi una extravagancia para los hijos de las clases humildes y trabajadoras. Me llegó la oportunidad para ser ahora un ciudadano formado, crítico, cívico, con vocación de devolver a la sociedad lo mejor que pueda ofrecerle.

El psiquiatra Enrique Rojas, en su libro Todo lo que tienes que saber sobre la vida, aparte de escribir que en la vida no es tan importante tener buenas cartas, sino saber jugarlas, entiende que educar es proporcionar raíces y alas, amor y disciplina, es seducir con valores que no pasen de moda. La educación es el mayor tesoro del que disponemos y el sostén de la sociedad, ¡qué menos que cuidarla!, como hacen esos maestros que luchan a diario en los barrios marginales de Tegucigalpa.

  * Artículo publicado en Ideal, 21/06/2022

 ** Norman Rockwell, Visitando una escuela rural, 1947

martes, 7 de junio de 2022

VIVIR COMO TOPOS*

 


Recordando noticias de la España tardofranquista, la de los ‘topos’ fue una de las más impactantes. Ocultos en zulos, sótanos excavados bajo tierra o habitáculos parapetados tras un armario hubo españoles viviendo durante veinte o treinta años. Mi mente adolescente se preguntaba cómo era posible aquello, qué clase de vida habrían llevado o por qué lo habían hecho.

Las guerras no terminan cuando se dice que terminan. La reconstrucción de vidas desgarradas no acaba nunca. Los ‘topos’ que emergieron a finales de los sesenta, después del decreto de amnistía de 1969 del dictador Franco, eran presos de la misma guerra civil de treinta años atrás, como los muertos en las cunetas sesenta u ochenta años después. Estuvieron ‘sepultados’ en agujeros inmundos, privados de libertad, huyendo de las represalias del régimen dictatorial que había mandado a miles de españoles al exilio. El miedo a morir, la venganza de los vencedores, la ausencia de compasión o la persecución sin piedad los camuflaron como a tálpidos. “Ellos, los vencedores, / Caínes sempiternos, / de todo me arrancaron. / Me dejan el destierro.”, decía Cernuda en Un español habla de su tierra.

El miedo, la supervivencia, la vileza, la represión, la bellaquería obligaron a ocultarse a miles de españoles cuando finalizó la guerra. El miedo a ser fusilado ocultó a Manuel Cortés treinta años en su casa de Mijas, bajo la protección de Rosa, su mujer, cuenta la película La trinchera infinita. Como las vidas que narraron los periodistas Jesús Torbado y Manuel Leguineche (1977), en el libro Los topos, de los hermanos de Benaque (Málaga), Juan y Manuel Hidalgo, tras 28 años escondidos; o la del ‘topo’ de Felanitx (Mallorca), cobijado en un pozo y fusilado al ser descubierto; o los trece años de Manuel Serrano en Almodóvar del Campo (Ciudad Real). Historias de desagarro e infamia, que no fueron las únicas en la dictadura.

El alcance de los horrores de una guerra nunca llegaremos a conocerlo. Tan evidentes pero tan repudiables, se enquistan en los recovecos de la mente. Las consecuencias son antes tragedias personales que colectivas, muchas quedan sepultadas en los confines del olvido cuando se ‘normalizan’ la guerra o la paz. Las afrentas son tantas que nunca podrían caber en las páginas de un periódico, en programas de radio o de televisión, ni siquiera en el universo de internet.

En la guerra de Ucrania ocurren cada día incontables atrocidades, la verdad de las mismas es lo que ya desconocemos cuando la manipulación informativa aparece. Más de tres meses de invasión y no cesan los bombardeos de escuelas, estaciones de ferrocarril o corredores humanitarios. Cada día se descubren civiles asesinados con manos atadas a la espalda y fosas comunes atestadas de cadáveres. Han pasado días, y el episodio en la planta metalúrgica de Azovstal (Mariúpol) persiste como un relato impío donde cientos de personas viviendo como topos más de dos meses nos ha conmovido. La oscuridad bajo tierra ha sido una dura prueba para niños que necesitaban correr, saltar, tocarse, reír con sus travesuras…, una experiencia de privaciones, de precaria alimentación, de sed a medio saciar, de extenuantes desarreglos intestinales. La salud mental, afectada, sin duda. Como topos se refugiaron para huir de la muerte, sin rayos de sol que iluminaran amaneceres, sin paseos bajo la arboleda del parque donde jugaban entre risas y carreras.

Mientras Rusia bombardeaba e impedía evacuaciones de población civil e indefensa, esta se preguntaba: “Qué mal hemos cometido para que nos hagan esto”. Mujeres, niños, ancianos, todos queriendo salir de un agujero horadado en la tierra para otros fines, distintos a los de soterrar bajo las ruinas a cientos de personas. Y el llanto mezclado con olores de heridas supurantes de los soldados postrados en catres improvisados. Dos meses o más sin ver la luz del día, refugiados en túneles y búnkeres insalubres, oliendo a humedad y a desesperación.

A cuentagotas salieron para ver nuevamente el resplandor del sol entre la nebulosa del humo de las bombas que caían sobre una ciudad devastada y un espacio de trabajo y convivencia convertido en ruinas y escombros. Para Rusia, una conquista estratégica, Mariúpol permitiéndole enlazar la península de Crimea con territorios separatistas del Donbás.

Las guerras convierten a los individuos en anónimos e ignorados. La normalización de la guerra es la mayor excusa para construir toperas infinitas. El silencio de aquella España sojuzgada y cautiva, temerosa, que callaba cosas que era mejor callar, la hizo cómplice de la ocultación de aquellas otras víctimas anonimizadas de la guerra civil durante decenas de años. La normalización de una guerra empieza cuando solo se habla de avances y retrocesos en los frentes, del número de muertos, bombas y morteros lanzados sobre edificios, de las represalias contra el invasor o las ayudas prestadas al invadido.

Por eso es tan importante, para que no se normalice una guerra, llenar los relatos de historias personales, de madres que protegen a sus hijos, de padres desesperados que van al frente, de la reinvención diaria para proveer la subsistencia, de cuál será el futuro, de las ilusiones truncadas, de los daños psicológicos que se alojarán en los confines del recuerdo.

Horrores como los de Bucha o Borodianka, y los que no nombramos, son parte también de la ignominia con que se conduce el ser humano, desposeído de humanidad, capaz de destruir sin piedad. Si no se habla de las historias personales, si no se hace terapia individual y colectiva, Ucrania será una gran topera, y lo será durante muchos años.

 * Artículo publicado en Ideal, 06/06/2022

 ** Miguel Becerro, De Guernica (1937) a Bucha (2022), historia de la estupidez humana.

lunes, 16 de mayo de 2022

HUYENDO DE LA POLÍTICA*

 

La política acumula cada día más desafectos. Cualquier ilusión que pudiera haber generado en el pasado, hoy se ha convertido en desánimo y huida. Por eso cuesta tanto remontar el vuelo en estos momentos necesitados de participación de la ciudadanía en proyectos políticos que miren de frente a la democracia, mimándola, ante los nubarrones que no cesan de aparecer en ese agujero del horizonte por donde penetran las borrascas. Cuando lleguen las tempestades, nos lamentaremos.

Antonio Muñoz Molina escribía en Volver a dónde sobre el paso fugaz del doctor Emilio Bouza, jefe de Microbiología y Enfermedades Infecciosas del Hospital Gregorio Marañón, nombrado en septiembre de 2020 portavoz del comité creado entre el Ministerio de Sanidad y el gobierno de Madrid para hacer frente al desbordamiento de la pandemia. 48 horas duró en el cargo antes de presentar su dimisión. El motivo: en una situación de puro enfrentamiento político dijo que nada tenía que hacer, mientras los contagios y los muertos aumentaban vertiginosamente en Madrid. Muñoz Molina añadía: “Los forajidos de la política, los majaderos y los malvados, continuaban con sus broncas”, políticos que lo único que hacían era apuñalarse entre sí. Y ponía en boca de Bouza estas palabras: “Me di cuenta de lo feliz que era en el momento en que dejé de serlo... Y además me daba cuenta de que había sacrificado mi felicidad para nada, porque yo no tenía nada que hacer en medio de la gresca de esa gente. No les importa la salud. No les importa nada más que sus intrigas de poder. Cuando me llamaron desde el despacho del ministro dijeron que necesitaban mi ayuda para apagar el incendio, y eran ellos mismos los que propagaban el fuego.”

Eran los primeros meses de la pandemia, y todos asaltados por la confusión. Nos pilló con la guardia baja, también a las autoridades. Más tarde vendrían los sabelotodo diciendo que ya advirtieron del desbarajuste que se aproximaba. Con la intensa incidencia de la covid hubo que adoptar medidas excepcionales en la locura política plagada de incertidumbres.

Por entonces había quien pensaba que las cosas podían cambiar y que el talante político mejoraría. Imaginábamos que nuestros políticos irían a una, para sacar adelante un problema de dimensiones inabordables, por el bien del país y de la ciudadanía. Pasados los primeros momentos de cierto comedimiento, pronto apareció el lodazal al que nos tenían acostumbrados. El espectáculo de acusaciones y falta de colaboración entre las administraciones se desató, la guerra política a costa de los contagiados y los muertos estalló, nada de escrúpulos ante una situación de dolor y de ciudadanos confinados. Y los sanitarios, prestando un servicio público en precario, a riesgo de su propia vida. La adquisición de material sanitario, sobre todo mascarillas, movía negocios al más puro estilo mafioso. Lo hemos sabido en estos días, dos años después de que ocurriera.

El asunto de las mascarillas en el Ayuntamiento de Madrid, con comisiones deshonestas, nos ha desvelado que nunca debemos fiarnos de las buenas intenciones de los políticos. Aquellos que entonces parecían ser nuestros salvadores, permitieron transacciones económicas bajo la batuta de la picaresca. Unos comisionistas hicieron su vil agosto en plena pandemia, sin control por los garantes de nuestros impuestos. Destapado el gran pelotazo de los comisionistas Luis Medina y Alberto Luceño, en una estafa al ayuntamiento madrileño, ¿sin precedentes?, nos hace sospechar que se pagaron precios desorbitados durante aquellos instantes por mascarillas de baja calidad en negocios sin escrúpulos. Y todo adornado con obscenas muestras de euforia y jactancia por el gran pelotazo.

Ante ello, ahora todos eluden culpas, y atacan al contrario como mejor saben: “Y tú más”. Ponen en marcha el ventilador que propaga la mierda y las miserias por doquier, para así despistar lo suficiente a la ciudadanía, y que diga: “Todos son iguales”. O que la cosa se quede en un escándalo que pronto será sepultado por la siguiente trifulca suscitada de manera interesada.

En Andalucía hemos vivido un último esperpento: las izquierdas a la izquierda del PSOE han dado una lamentable y bochornosa imagen en ese intento de concurrir coaligadas a las elecciones andaluzas del 19 de junio como ‘Por Andalucía’. Hace tiempo que la izquierda en este país anda un poco justa de combustible y, si a ello, unimos espectáculos como este, el futuro se les presenta bastante tenebroso. Unidas Podemos no llegó a su hora para registrarse ante la Junta Electoral como miembro de la colación o, quizás, se ‘despistara’ por el camino y llegó cuando la puerta estaba cerrada. Antes se habían enfangado en reclamar cuotas, cargos y presupuestos, vendiendo la piel del oso antes de cazarlo. Actuaron como una auténtica ‘casta’, la misma que criticaban.

El PSOE se ha hecho muchas veces el harakiri (EREs, cursos de formación…), y esta izquierda emergente que pareció llegar como tabla de salvación frente a la ‘casta política’ se lo acaba de hacer también. Hasta es probable que se extienda como reguero de pólvora por toda la nación. Unidas Podemos, socio del Gobierno de España, suma varios traspiés como gobierno y una inexplicable deslealtad, por no hablar de algunos desenfoques en materia de independentismo y guerra de Ucrania.

No sé dónde quedan las ilusiones del 15-M, compartidas por muchos de nosotros. Se han ido dilapidando en pocos años. Vivimos en el país de los sueños rotos. Y los sueños que tuvimos, aunque fueran buenos sueños, ya no se cumplirán. En mi caso no estoy seguro de alegrarme por haberlos tenido, al contrario del veterano fotógrafo Robert Kincaid (Clint Eastwood) en Los puentes de Madison.

 * Artículo publicado en Ideal, 15/05/2022

**  Pere Borrell del Caso, Huyendo de la crítica, 1874 (fragmento)

martes, 10 de mayo de 2022

PREGÓN DE LA V FERIA DEL LIBRO DE PINOS GENIL, 7 - 8 MAYO 2022

 


Almudena Grandes

In memoriam

 ¡Buenas tardes a todos y a todas!

No sé qué significará para cada uno de los que estamos aquí la lectura. Imagino que cosas distintas. Las múltiples sensaciones que provoca leer un libro son tan variadas como las expectativas que cada cual ponemos en ello.

¿Qué es leer?

Según la Unesco: “Los libros y el acto de leer constituyen los pilares de la educación y la difusión del conocimiento, la democratización de la cultura y la superación individual y colectiva de los seres humanos.”

De todos los medios que los seres humanos ponemos a nuestro alcance para comunicarnos, la palabra, bien sea hablada o escrita, nos aproxima del modo más íntimo y noble que existe. Decir que nos queremos, expresar sentimientos, compartir ideas, contar historias mediante la palabra es un acto de comunicación sublime. Utilizar la escritura para ello es lanzar un mensaje a lo desconocido, que recalará en tantos puertos como podamos imaginar.

La lectura es un acto íntimo, tan personal que solo es privativo de nuestra experiencia. A través de ella descubrimos universos imaginados y no imaginados, pero posiblemente el que más nos reconforte sea el que nos permita reconciliarnos con nosotros mismos.

La lectura es un acto de generosidad con nosotros mismos, nos hace descubrir rasgos que acaso desconocíamos.

La lectura es el mejor tesoro que podemos depositar en el alma de nuestros niños y jóvenes. De eso saben muchos los maestros y maestras que cada día se afanan en esta tarea. Saben que los libros que lean les acompañarán toda la vida. ¿Quién no recuerda los libros que leyó cuando era niño o un joven que aspiraba a descubrir el mundo? Aquellas aventuras que le hicieron ver cómo podían navegar por mares y continentes, por el interior de la tierra o por los espacios siderales de una galaxia.

Transitar por los cientos de historias que encierran los libros es una manera de descubrir el mundo, de convertirnos en protagonistas hasta que hacerlas parte de nuestro imaginario más íntimo.

El gran escritor argentino de El Aleph, Jorge Luís Borges, decía: "Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído". Hasta el punto que entendía que el hecho de alcanzar la grandeza en el ser humano tenía que ver más por lo leído que “no por lo que escribe".

En esa misma línea se manifestaba Mario Vargas Llosa, cuando afirmaba el valor de la lectura al decir que “aprender a leer es lo más importante que me ha pasado. Casi 70 años después recuerdo con nitidez esa magia de traducir las palabras en imágenes".

Leer es un acto que dignifica al ser humano. Nos ayuda a movernos en un ir y venir, a deambular por nuestra memoria, a ser al tiempo este u otro personaje, y todo ello sin ni siquiera movernos del banco de un parque, del sillón de casa o del asiento de un autobús.

Aún recuerdo haber leído muchos libros en el asiento del autobús en aquel tiempo que, bajando a Los Pinillos, me subía en el 33. Entonces me hacía acompañar de un libro y el trayecto lo consumía con su lectura. No sabría ahora decir cuántos libros leí, pero fueron bastantes.

Hoy volvemos a congregarnos en torno al libro en Pinos Genil, y lo hacemos en su 5ª edición, que podría haber sido la 7ª, si no nos hubiéramos ausentado los dos últimos años por esa pandemia que nos ha privado de tantas celebraciones colectivas. Menos mal que nos quedaron las celebraciones íntimas, en esas en las que los libros fueron parte fundamental para superar la anormalidad que nos tocó vivir. En esto radica también parte de la grandeza de los libros.

Hoy nos sentimos orgullosos de volver a reencontrarnos con ellos en una fiesta que ya va teniendo cierta tradición en nuestro pueblo. Una fiesta que se presenta con dos novedades:

-         Ya no hablamos de ‘Día del Libro’, lo hacemos de ‘Feria del Libro’

-         Y a ella se incorpora otra buena nueva: el pregón de la Feria.

Tengo que decir con especial orgullo que soy el primer pregonero de la Feria del Libro de Pinos Genil. ¡¡Gracias, muchas gracias!!

Pero sigamos hablando de libros y de su lectura…

A veces se escucha por boca de nosotros mismos que no tenemos tiempo para leer, que con tantas tareas cotidianas no encontramos el momento necesario para ponernos a ello, con ese libro que nos han recomendado o con aquel otro que, tal vez, iniciamos y lo dejamos aparcado porque no encontrábamos el momento para seguir leyéndolo.

¿Acaso los libros nos quitan tiempo? Quizá suene a excusa, eso debemos dirimirlo cada uno de nosotros.

¿Leer quita tiempo?

Suscribo las palabras de Antonio Muñoz Molina cuando dice que leer multiplica el tiempo. Porque nos permite vivir tanto en tan poco tiempo que entonces el tiempo se hace tan largo como para sentir que antes de perderlo  lo ganamos para nuestra existencia, para multiplicar nuestras experiencias para vivir la vida.

Gustave Flaubert, el autor de Madame Bovary, decía que “la única manera de soportar la existencia es sumergirse en la literatura como en una orgía perpetua”.

No sé si os pasará como a mí cuando se presentan malos momentos, o me siento agobiado, o estoy indeciso por no saber qué hacer… Entonces recurro a la lectura. Con ella encuentro el sosiego y la paz que necesitaba.

La lectura nos reconforta, alivia aquello que nos inquieta y corroe por dentro, lo que nos atenaza, es modulado. El autor de La metamorfosis, Franz Kafka, sentenciaba: “Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que hay dentro de nosotros”.

Cinco años antes de su muerte, Federico García Lorca tuvo el gran honor de inaugurar en 1931 la biblioteca de su pueblo, Fuente Vaqueros. Para la ocasión escribió un discurso en el que hablaba de las bondades de los libros, de la lectura, de la importancia de la cultura y de las bibliotecas. Decía así:

“No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro

—Y seguía diciendo nuestro poeta: Yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen de todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.”

“¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras.”

Hablando de libros y de lectura, me viene a la memoria aquel personaje de Luis Landero en Juegos de la edad tardía, Gregorio Olías, que quería ser escritor de fama, y que anhelaba los libros y todo lo que significaban. Olías creó un mundo imaginario para convertirse en el gran Faroni, era su sueño. Un sueño que llevó hasta las últimas consecuencias creando una realidad paralela, un imaginario delirante.

Cualquiera de nosotros tenemos muchos sueños en los que imaginamos cómo podría haber sido aquello que pasó por nuestra cabeza en la niñez, la adolescencia o en cualquier otro momento de nuestra vida. A veces nos reprochamos que no haya sido así. Es como si ajustáramos cuentas con la vida que nos privó la posibilidad de hacer realidad la ilusión a la que aspirábamos o que, simplemente, nosotros mismos nos lo negamos por habernos instalado en la comodidad, en la rutina o en la mediocridad.

Ahora tenemos la oportunidad de vivir muchos sueños a través de los libros que tendremos a nuestro alcance en esta ‘Feria del Libro’. Porque los libros representan ese modo que inventamos hace siglos de decirnos historias unos a otros a través de la palabra escrita, y de compartir con desconocidos lo que en nuestra imaginación se creaba. Y eso se hizo más fácil porque los libros llegaban a todos los rincones, superando a los contadores de historias que de pueblo en pueblo, de plaza en plaza, iban contando o pregonando aquellos romances que ensalzaban las hazañas de un héroe o de una joven doncella, los mismos que nos contaban la vida de Marianita Pineda.

En Pinos Genil he escrito gran parte de las historias que bullían en mi cabeza y que se convirtieron en libros. Aquí han nacido mis artículos de opinión para la prensa, mis artículos científicos para revistas especializadas, casi todos mis libros han visto la luz en Pinos Genil.

Antes de terminar quiero tener un recuerdo muy especial para alguien que ha estado vinculada de alguna manera con Pinos Genil: Almudena Grandes.

Almudena estuvo presente con nosotros el 16 de abril de 2017 en la 2ª edición del Día del Libro. No fue la única vez que venía a Pinos Genil, pero aquel día lo hizo para apoyar esta celebración en torno al libro que daba sus primeros pasos en nuestra localidad.

Almudena nos dejo el 27 de noviembre de 2021, para ella la lectura fue un descubrimiento fabuloso y vital.

Así lo decía:

“Lo que más me gustaba en el mundo era leer libros y lo que más me sigue gustando en el mundo es leer libros. Si encontrara a una persona que me pagara por leer novelas no escribiría novelas, me gusta mucho más leerlas. Leer es siempre algo que haces por placer y escribir se hace por necesidad… La literatura en principio, para mí, tuvo mucho que ver con la vida.”

En su columna de El País del 13 de mayo de 2018, Almudena, en un artículo titulado “¡Viva Galdós!”, hablaba sobre su entusiasmo por la obra de Galdós y su lectura. Así lo escribía: “De las Novelas a los Episodios Nacionales, y vuelta a empezar. No poder parar de leer a Galdós es el único rasgo que conservo de mi adolescencia.”

A la memoria de Almudena Grandes quiero dedicar este pregón. Hoy hubiera cumplido, hoy cumple 62 años.

¡Feliz cumpleaños, Almudena!

¡¡Muchas gracias!!