Imposible adivinar, mientras caminaba por la gran avenida, las caras de los jóvenes aparecidos hace unos días en reportajes de televisión mostrando a soldados de aquella guerra del “No a la guerra”. ¿Dónde estarán? Menuda osadía la mía, como si solo fueran jóvenes de Nueva York quienes marcharon a la contienda iniciada un jueves 20 de marzo de 2003 en Irak. Sentía la estúpida necesidad de descubrir los rostros de esa batalla originada dos años antes tras el 11 de septiembre de 2001, cuando dos torres gemelas fueron torpedeadas por aviones suicidas.
Veinticinco años del derrumbe de las Torres Gemelas de Manhattan —hoy Zona Cero del World Trade Center—. Un cuarto de siglo desde que el atentado terrorista del 11S diera un nuevo rumbo a la historia de la humanidad. Cinco lustros… y nuestro mundo tornado en erial de dolor, odio y conflictos bélicos. Lo primero, ponernos una y mil restricciones para viajar, convertirnos en sospechosos de una peligrosidad que ninguno llevábamos dentro; después, la invasión de Irak de la mano del siniestro Trío de las Azores —Bush, Blair y Aznar—, para eliminar inexistentes armas de destrucción masiva. Finalmente, terrorismo en cada rincón del planeta.
Estados Unidos, país extenso y con millones de habitantes, y yo pretendiendo encontrar los rostros de los excombatientes en tierras abrasadas por el sol iraquí. ¡Qué ingenuidad! Me estaba confundiendo. Los soldados de las películas son actores —Tres reyes, Black Hawk derribado, El francotirador, En tierra hostil—, imposible que anduvieran por las avenidas neoyorquinas. ¿Y los vistos en documentales?, aquellos rostros juveniles, otrora maquillados por sudor y polvo del desierto, atravesados por la tensión de la muerte en edades que solo aspiran a vivir, ajenas a cualquier conciencia de la finitud.
A muchos ciudadanos de este país, educados así, les gustan las guerras. Hay quien encuentra un morbo especial en la sangre o, más bien, en las ganancias económicas de la sangre. Muy pocos de los que alguna vez se fueron a pegar tiros se hicieron ricos. Los que se quedan sin ir, pero alientan la guerra, sí suelen hacerse ricos: el negocio de la muerte. El diablo siempre anda suelto.
Y luego más países sumados a las guerras, como las de hoy contra Irán, Ucrania o la genocida de Gaza, exhalando misiles almacenados en sofisticados aviones y naves lanzaderas, cayendo sobre tierras resecas y yermas, donde el agua es un tesoro y no anida la esperanza para millones de personas. Entonces, como ahora, el paisaje sembrado de edificios en ruinas y solares repletos de cascajo y cadáveres de casas habitadas por mujeres, ancianos y niños iraquíes, gazatíes o iraníes. Y mientras, en el Nueva York de espléndidos edificios, altos como jirafas, despertando admiración, compitiendo por ser los más altos de la vecindad, las guerras quedando lejos. Edificios que no se caen, salvo aquellos dos gemelos del bajo Manhattan que adquirieron el aspecto de otros cientos de miles diseminados por el planeta. Ambos dos reducidos a escombros por aviones disfrazados de bombas, tan caros, que con el coste de uno podrían vivir cómodamente durante años ciudades arrasadas por las guerras accionadas por este país que visito.
Aquí no hay guerras, mejor se llevan por el mundo, donde quedan tan alejadas que nadie se preocupa de ellas, ni de los misiles lanzados, ni las personas que mueren, pocas o muchas, da igual. La lejanía nubla el entendimiento. Entretanto, jóvenes estadounidenses bombardean, descargan subfusiles de asalto obscenamente repletos de balas, allá, muy lejos, en el confín del mundo. Aquí no se percibía, ni se percibe, el olor a goma quemada, a polvo cargado de gases metálicos pestilentes, a carne humana abrasada por el fuego al estallido de un misil. ¿A qué olerá todo eso?
Veinticinco años del atentado de las Torres Gemelas, el curso de la historia cambiado y el primer tercio del siglo XXI un páramo borrascoso, vomitando odio y xenofobia, haciendo más pobre a los pobres y más rico a los ricos, con gobernantes crueles que perpetran genocidios con el apoyo de ideologías extremadamente ultraconservadoras y egoístas, discriminatorias e insolidarias con la indigencia económica, sin importarles la destrucción del planeta.
Somos ciudadanos de un tiempo impúdicamente alterado desde aquel atentado terrorista. El mundo de la instantaneidad, de la inminencia, de los cambios más acelerados de la historia, de sentirnos aislados como individualidades sobrevenidas, impuestas, aturdidos por tantas desconexiones interpersonales en la era de la conectividad abrumadora, mientras las catástrofes vienen acechantes: guerras, crisis económicas, pandemias, crisis de valores… casi si habernos enterado, dejándonos arrastrar por una sarta de cobardes paranoicos, dementes autocráticos, ególatras… Como si la historia volviera a repetirse. “Un nuevo orden mundial se avecina. No estamos preparados”, escribe la historiadora Margaret MacMillan en un artículo en The New York Times (03/09/2026).
Nunca el planeta, disponiendo de tantos recursos, ha estado plagado de tantas desigualdades y calamidades humanitarias. El mundo no ha mejorado, ni se ha hecho más justo; al contrario, inmunizados ante la catástrofe y el horror, las masacres de seres humanos se antojan relatos de videoclip, ficciones, hasta normalizarlas. Se endurecen los sentimientos, se destierran del corazón, se trivializa el espanto. Todo se ve como una escena de película, con el inocuo convencimiento de que nada de eso es real.
MacMillan, recordando a Camus, dice: “Hoy hay ratas muertas por todas partes… Una guerra mundial no es inevitable, pero la amenaza de un conflicto catastrófico entre potencias grandes y bien armadas está más cerca de lo que ha estado en décadas”.
*Artículo publicado en Ideal, 11/09/2026
**Ilustración del artículo en Ideal.

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