miércoles, 30 de septiembre de 2026

LA FRAGILIDAD DE LAS SOCIEDADES MODERNAS*

 


Las sociedades modernas parecen sumidas en una distopía sin solución de continuidad, convertidas en espacios cada vez más confusos e ingratos para la convivencia, como si hubieran caído en un mundo de sombras: oscurecidos los referentes éticos y morales nada parece ser lo que aparenta. Beneficiada, la posverdad, mientras se debilitan democracia y sistema de valores. Me abochornan políticos, jueces y medios de comunicación, todos partícipes en generar un clima social irrespirable, donde la ciudadanía solo importa como objetivo para inocular relatos enlatados de consumo rápido. Cautiva de ficciones que debilitan aún más la fragilidad de una sociedad que recuerda al Papá Goriot de Balzac en su lecho de muerte: “¡Dios mío, qué mal organizado está tu mundo!”.

A García Lorca lo asesinó el odio y la intransigencia, como noventa años después ambos llevan a la muerte a tantos desheredados. La política está dejando de ser ese constructo social diseñado para convivir y transaccionar en el juego de nuestras miserias, y se erige en lastre destructor de la convivencia, inundándonos de vana palabrería controladora de conciencias. Resulta abrumador cómo nuestro raciocinio se torna vulnerable a las trampas fraguadas para polemizar en discusiones volátiles de argumentos falaces y tergiversadores.

Nos hacen creer que vivimos en sociedades fuertes, cohesionadas, capaces de afrontar las dificultades sobrevenidas, pero observamos que se resquebrajan con igual facilidad que la frágil y asediada salud mental del ciudadano, sometida a no pocas agresiones de ese medio social vendido como sólido. Las conductas autolíticas y suicidas aumentan exponencialmente, también entre los jóvenes, consecuencia del frustrado deseo individual ante falsas promesas, y anhelos y estados de felicidad nunca satisfechos.

Me avergüenza la manipulación con que la política aborda la crisis humanitaria de Ceuta, tras la entrada masiva de inmigrantes —30 de julio—. Me abochorna que el Gobierno no reaccionara rápido y a tiempo para afrontarla. Me sonroja que los partidos políticos de la oposición se olviden de los inmigrantes y ‘prefieran’ que la situación se prolongue o que difundan mensajes que activen protestas ciudadanas menospreciando a los migrantes, incluidos cientos de menores. Me avergüenza el victimismo y pasividad del Gobierno de Ceuta sin apoyar soluciones. La política vive su propia guerra con la ciudadanía como rehén. El término ‘invasión’ de desheredados suena a rescoldo nostálgico de una mentalidad africanista trasnochada de tiempos coloniales del Protectorado. Las influencias foráneas que pretendían crear el caos en Ceuta lo han conseguido, poniendo a España en una situación difícil, mientras la política española vagando con las mismas torpezas que desembocaron en el desastre de Annual (1921).

El sentimiento hacia Ceuta, tan manipulado, no está exento de fariseísmo. Para solidarizarnos con este pueblo no hay que montar espectáculos ‘rasgándose las vestiduras’, ni proclamar que la turba de inocentes migrantes ha venido a reconquistar nuestro territorio. Solidarizarnos con Ceuta es buscar soluciones a la crisis humanitaria cuanto antes, aunar el apoyo político solidario de todos, sin pretender dinamitar los intentos de solución basados en la legalidad y derechos humanos.

Las camisetas enrolladas de Mbappé, Konaté y Vinicius constituyen un símbolo crítico con las medias verdades, los bulos o la desinformación que alienta violencia y ese odio seductor, “avispado, listo, trabajador”, como lo tildaba Wisława Szymborska en su poema El odio. No cabe invisibilizar a nadie en esta crisis humanitaria. La camiseta enrollada proyecta un mensaje conciliador: solidaridad con quien padece y necesita ayuda: ceutíes e inmigrantes.

En esta crisis humanitaria el discurso xenófobo que impregna el mundo actual se ha cebado con Ceuta, como en EE UU y las acciones del ICE, o Italia, Dinamarca, Francia... cuyos partidos neofascistas escalan en elecciones, o Vox que ya gobierna en varias Comunidades, en una Europa en crisis: debilitada y sin iniciativa. Los que rodearon el espigón del Tarajal son también víctimas —migrantes ahogados, perseguidos, sufridores de condiciones inhumanas, supervivientes...—. No podemos mirar únicamente a los nuestros, los otros han sido engañados, empujados, soltados como ganado para llegar a territorio español y provocar la situación lacerante que padecemos.

Entretanto, la política española polarizada convirtiendo Ceuta en terreno abonado para la confrontación y pasto de oportunistas mediáticos que alientan el caos y la violencia. Las redes sociales vomitan la pus de la enfermedad xenófoba del siglo XXI: individualismo y rechazo al diferente. Nosotros, tan modernos, rodeados de comodidades, alentados por la mugre política, cómplices de la ruptura de la convivencia, participamos del rechazo al marginado.

La demencial falta de escrúpulos de Marruecos para con su pueblo se alinea con EE UU e Israel, no es extraño sospechar que ambos estén detrás de esta entrada masiva: la mano que mece las mafias que montaron la logística. Piratas de la gran tumba del Mediterráneo, países que le tenían ganas a la España defensora de los derechos humanos.

Siendo legítimas las protestas de los ceutíes, en ellas no cabe la destrucción e incendio de improvisadas tiendas de campaña —al grito: “¡a por ellos, oé…!”—, ni la persecución como piezas de caza o la retención de camiones de Cruz Roja que trasladaban alimentos. Parecen tácticas propias del gobierno genocida israelí: matar de hambre a la población gazatí. No cabe la violencia contra indefensos y desesperados ‘acampados’ en playas, o contra niños errantes abandonados por su país y familias.

Deshumanizar a los migrantes, asociarlos con transmisión de enfermedades, delincuencia o escoria es proyectar odio sobre ellos, el mismo que transita los versos de Szymborska: “Miren cuán activo está, / qué bien se conserva / en nuestro siglo el odio”.

Iba a titular este artículo: ¡Políticos, dejad de verter vuestra bazofia sobre Ceuta!

*Artículo publicado en Ideal, 29/09/2026

**Ilustración del artículo en Ideal. 

sábado, 12 de septiembre de 2026

AQUELLA FECHA QUE SOLIVIANTÓ EL INICIO DEL SIGLO XXI*

 



Imposible adivinar, mientras caminaba por la gran avenida, las caras de los jóvenes aparecidos hace unos días en reportajes de televisión mostrando a soldados de aquella guerra del “No a la guerra”. ¿Dónde estarán? Menuda osadía la mía, como si solo fueran jóvenes de Nueva York quienes marcharon a la contienda iniciada un jueves 20 de marzo de 2003 en Irak. Sentía la estúpida necesidad de descubrir los rostros de esa batalla originada dos años antes tras el 11 de septiembre de 2001, cuando dos torres gemelas fueron torpedeadas por aviones suicidas.

Veinticinco años del derrumbe de las Torres Gemelas de Manhattan —hoy Zona Cero del World Trade Center—. Un cuarto de siglo desde que el atentado terrorista del 11S diera un nuevo rumbo a la historia de la humanidad. Cinco lustros… y nuestro mundo tornado en erial de dolor, odio y conflictos bélicos. Lo primero, ponernos una y mil restricciones para viajar, convertirnos en sospechosos de una peligrosidad que ninguno llevábamos dentro; después, la invasión de Irak de la mano del siniestro Trío de las Azores —Bush, Blair y Aznar—, para eliminar inexistentes armas de destrucción masiva. Finalmente, terrorismo en cada rincón del planeta.

Estados Unidos, país extenso y con millones de habitantes, y yo pretendiendo encontrar los rostros de los excombatientes en tierras abrasadas por el sol iraquí. ¡Qué ingenuidad! Me estaba confundiendo. Los soldados de las películas son actores —Tres reyes, Black Hawk derribado, El francotirador, En tierra hostil—, imposible que anduvieran por las avenidas neoyorquinas. ¿Y los vistos en documentales?, aquellos rostros juveniles, otrora maquillados por sudor y polvo del desierto, atravesados por la tensión de la muerte en edades que solo aspiran a vivir, ajenas a cualquier conciencia de la finitud.

A muchos ciudadanos de este país, educados así, les gustan las guerras. Hay quien encuentra un morbo especial en la sangre o, más bien, en las ganancias económicas de la sangre. Muy pocos de los que alguna vez se fueron a pegar tiros se hicieron ricos. Los que se quedan sin ir, pero alientan la guerra, sí suelen hacerse ricos: el negocio de la muerte. El diablo siempre anda suelto.

Y luego más países sumados a las guerras, como las de hoy contra Irán, Ucrania o la genocida de Gaza, exhalando misiles almacenados en sofisticados aviones y naves lanzaderas, cayendo sobre tierras resecas y yermas, donde el agua es un tesoro y no anida la esperanza para millones de personas. Entonces, como ahora, el paisaje sembrado de edificios en ruinas y solares repletos de cascajo y cadáveres de casas habitadas por mujeres, ancianos y niños iraquíes, gazatíes o iraníes. Y mientras, en el Nueva York de espléndidos edificios, altos como jirafas, despertando admiración, compitiendo por ser los más altos de la vecindad, las guerras quedando lejos. Edificios que no se caen, salvo aquellos dos gemelos del bajo Manhattan que adquirieron el aspecto de otros cientos de miles diseminados por el planeta. Ambos dos reducidos a escombros por aviones disfrazados de bombas, tan caros, que con el coste de uno podrían vivir cómodamente durante años ciudades arrasadas por las guerras accionadas por este país que visito.

Aquí no hay guerras, mejor se llevan por el mundo, donde quedan tan alejadas que nadie se preocupa de ellas, ni de los misiles lanzados, ni las personas que mueren, pocas o muchas, da igual. La lejanía nubla el entendimiento. Entretanto, jóvenes estadounidenses bombardean, descargan subfusiles de asalto obscenamente repletos de balas, allá, muy lejos, en el confín del mundo. Aquí no se percibía, ni se percibe, el olor a goma quemada, a polvo cargado de gases metálicos pestilentes, a carne humana abrasada por el fuego al estallido de un misil. ¿A qué olerá todo eso?

Veinticinco años del atentado de las Torres Gemelas, el curso de la historia cambiado y el primer tercio del siglo XXI un páramo borrascoso, vomitando odio y xenofobia, haciendo más pobre a los pobres y más rico a los ricos, con gobernantes crueles que perpetran genocidios con el apoyo de ideologías extremadamente ultraconservadoras y egoístas, discriminatorias e insolidarias con la indigencia económica, sin importarles la destrucción del planeta.

Somos ciudadanos de un tiempo impúdicamente alterado desde aquel atentado terrorista. El mundo de la instantaneidad, de la inminencia, de los cambios más acelerados de la historia, de sentirnos aislados como individualidades sobrevenidas, impuestas, aturdidos por tantas desconexiones interpersonales en la era de la conectividad abrumadora, mientras las catástrofes vienen acechantes: guerras, crisis económicas, pandemias, crisis de valores… casi si habernos enterado, dejándonos arrastrar por una sarta de cobardes paranoicos, dementes autocráticos, ególatras… Como si la historia volviera a repetirse. “Un nuevo orden mundial se avecina. No estamos preparados”, escribe la historiadora Margaret MacMillan en un artículo en The New York Times (03/09/2026).

Nunca el planeta, disponiendo de tantos recursos, ha estado plagado de tantas desigualdades y calamidades humanitarias. El mundo no ha mejorado, ni se ha hecho más justo; al contrario, inmunizados ante la catástrofe y el horror, las masacres de seres humanos se antojan relatos de videoclip, ficciones, hasta normalizarlas. Se endurecen los sentimientos, se destierran del corazón, se trivializa el espanto. Todo se ve como una escena de película, con el inocuo convencimiento de que nada de eso es real.

MacMillan, recordando a Camus, dice: “Hoy hay ratas muertas por todas partes… Una guerra mundial no es inevitable, pero la amenaza de un conflicto catastrófico entre potencias grandes y bien armadas está más cerca de lo que ha estado en décadas”.

*Artículo publicado en Ideal, 11/09/2026

**Ilustración del artículo en Ideal.