lunes, 26 de mayo de 2025

LOS FELICES AÑOS VEINTE*

 


Iniciábamos la tercera década del siglo XXI —los años veinte— tras una crisis económica y una pandemia como nunca habíamos tenido. Éramos sometidos a confinamiento y medidas de prevención que ponían en jaque la normalidad de nuestras vidas. Nos sentimos vulnerables, murieron miles de personas y, a golpe de mensajes optimistas, no solo cantábamos ‘Resistiré’, también lanzábamos consignas vitalistas: ‘todo cambiará’, ‘saldremos mejor de esto’. La economía hundida, las pérdidas contadas en cifras escandalosas. Superados los momentos críticos nos arrojábamos a conquistar calles y espacios públicos con deseos desbordantes de libertad, recuperación de la normalidad secuestrada, dispuestos a que nadie viniera a amargar nuestra existencia.

Mediada la década, estamos en condiciones de hacer balance y rebajar tanto optimismo, mientras recordamos aquellos otros años veinte del siglo pasado. Nuestros abuelos venían de una época oscura, pandemia de ‘gripe española’ incluida, y la Primera Guerra Mundial —la ‘guerra total’ como denominaba Eric J. Hobsbawm—, con irresistibles deseos de euforia, de asir la vida con energía y vivirla frenéticamente, eran lo que la Historia denomina, con ocioso eufemismo, ‘los felices años veinte”. Las imágenes de entonces muestran escenas festivas a ritmo de Charleston, tipos impecablemente ‘esmoquinados’, mujeres con vestidos adornados de pedrería colgante, jolgorio ahogando penas, mucha música, jazz, desfiles teñidos de negro de Coco Chanel... Disfrutar la vida a toda costa, olvidando penurias pasadas. La república de Weimar enarboló la esperanza de una Alemania democrática y menos belicista, entretanto la prosperidad económica no ocultaba los peligros por venir: fascismo, crac del 29 o una nueva guerra mundial.

La novela El gran Gatsby’ (Scott Fitzgerald, 1925) retrata aquella vacuidad del poder del dinero y la miseria. El joven Nick Carraway narra una historia de derroche, donde se conjugan los turbios intereses y la feracidad por conquistar la vida de Jay Gatsby, personaje de fortuna advenediza y misteriosa vida, a través de la visión decrépita de una sociedad que acabaría colapsada.

Aquellos ‘felices años veinte’ fueron testigos de la irrupción del ampuloso y sincrético fenómeno artístico y cultural Art déco. No era un estilo definido y sí una amalgama de estilos para comprender lo que representaba, tras la ‘guerra total’, la explosión de sentimientos dispuestos a ocultar el horror vivido. Un terremoto de vida y conquista de ilusiones rotas y perdidas. Amalgama de estilos que pretendían no desperdiciar un gramo de vida mancillada por la muerte y el sufrimiento experimentado. Nada se podía desechar, todo era válido, una nueva evocación creativa impregnando variadas creaciones artísticas, artes decorativas u otras formas de expresarse, así vino la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industrias Modernas de París, 1925. La modernidad impuesta, la conquista de lo innovador y del renacer para un tiempo nuevo. Sin embargo, aquel tiempo que parecía huir de la barbarie y la destrucción atesoraba ideas y maldades incubadas, consecuencia de conflictos que habían sembrado demasiado resentimiento y odio.

Art déco, el estilo de la edad de las máquinas, de nuevas tecnologías e inventos surgidos dentro de la destrucción bélica, puestos al servicio de la maquinaria de guerra. Aparecieron otras tipografías —negrita, sans-serif...— y diseños: facetado, líneas rectas, quebradas, grecas…; nuevos materiales —aluminio, acero inoxidable, laca, madera embutida...—; la construcción de grandes edificios: Chrysler o Empire State en Nueva York, la capital del neófito orden mundial. Estilo opulento y exagerado, representaba la reacción a la austeridad forzada de la guerra, un irrefrenable deseo de escapismo observado en la pintura de Tamara de Lempicka, eminente representante de la estética del glamour, sofisticación, elegancia y modernidad de aquellos ‘felices años veinte’.

Cuando nosotros pretendimos generar una explosión de vida tras la pandemia de 2020 nos lanzamos a restaurantes, terrazas y discotecas, pero se nos olvidaron valores como solidaridad, respeto o empatía, sumidos en sueños imperialistas de Putin, el negacionismo de Trump o la creciente xenofobia. El mundo de nuestros años veinte lo convertimos —lo estamos convirtiendo— en un erial insolidario, violento, sujeto a la codicia, transgresor de derechos humanos, de una conflictividad grosera…, mientras el monstruo de la antipolítica recorre el mundo y corroe nuestras mentes, y las democracias entran en crisis y ascienden las autocracias, dibujando un futuro tremendamente incierto.

Los países ya no cooperan para la paz o contra el cambio climático, lo hacen para la guerra y la destrucción, intercambiando drones y bombas. Convivimos con mandatarios sanguinarios y déspotas. El historiador Heinrich A. Winkler (El largo camino hacia Occidente) dice que vivimos la ruptura histórica más profunda desde la caída del muro de Berlín. El orden mundial basado en el derecho internacional peligra, la ley del más fuerte se impone. Adiós a la comunidad de valores para la convivencia. Adiós a la Carta de París de 1990 de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), garante del derecho a la soberanía nacional o la integridad territorial. Se imponen visiones autoritarias e imperialistas: Putin se anexa Crimea (2014) y despliega una guerra en Ucrania; Trump pretende Canadá y Groenlandia, y permite arrasar Gaza para su anhelada ‘Riviera de Oriente’.

Las democracias occidentales flaquean, intentan unirse pero hay fuerzas externas e enemigos internos que lo impiden. La transformación del orden mundial, los desafíos geoestratégicos conducen en una solo dirección: seguridad y defensa, preparación para la guerra. El presupuesto europeo que, según Ursula von der Leyen, construía miles de kilómetros de carreteras en Europa habrá de destinarse a infraestructuras que soporten el paso de tanques y otros vehículos militares.

Es el signo de los tiempos. Nuestros felices años veinte.

*Artículo publicado en Ideal, 25/05/2025.

** Ilustración: Tamara de Lempicka, Tamara en un Bugatti verde, 1929.

sábado, 10 de mayo de 2025

EL DÍA DE EUROPA Y EL SUEÑO DE LA CAPITALIDAD*

 


Europa está viviendo probablemente la crisis más importante desde que un 9 de mayo de 1950 la ‘Declaración Schuman’ —Robert Schuman, ministro de Asuntos Exteriores de Francia— pusiera las bases de la Unión Europea (UE). No han sido los únicos momentos delicados en estos 75 años. Las crisis económicas habidas, las tensiones globales durante la Guerra Fría, la guerra de los Balcanes, la caída del muro de Berlín, crisis migratorias, Brexit o la pandemia del coronavirus son muestras de adversas coyunturas en un camino de espinas y rosas.

Aquella Europa, nacida de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, está siendo acechada por no pocos peligros que ponen a prueba su solidez. El nuevo fascismo —gobernando en países como Italia, Hungría..., o muy cerca de hacerlo—, la guerra de Ucrania, el distanciamiento del trumpista EE UU, la ambición imperialista de Rusia y su obsesión por acabar con la UE, pretenden minar los grandes principios sostenidos en la Declaración de Schuman: paz, solidaridad y cooperación entre sus pueblos.

En el contexto histórico de los años 50, las consecuencias de la guerra y las muchas incógnitas por despejar: recuperación económica —Plan Marshall—, tensiones geopolíticas entre bloques antagónicos —Occidental y Soviético—, restablecimiento de sociedades democráticas, aquella propuesta significó un halo de esperanza. Hablar de solidaridad y cooperación era ya un éxito. Postularse por la unión de las naciones europeas, exigiendo “la eliminación de la secular oposición entre Francia y Alemania”, que tantas tensiones y guerras había ocasionado, suponía todo un logro.

Decía el texto de la Declaración que “la contribución que una Europa organizada y viva puede aportar a la civilización es indispensable para el mantenimiento de unas relaciones pacíficas”. El Gobierno francés proponía una “acción inmediata” con “la producción franco-alemana de carbón y acero… bajo una Alta Autoridad común, en el marco de una organización abierta a la participación de los demás países europeos”. Nacía la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), embrión de la futura Comunidad Económica Europea, auspiciada en el Tratado de Roma de 1957. Esta “solidaridad productiva” —la economía, factor determinante— impediría que futuras guerras entre Francia y Alemania fueran “no solo impensable, sino materialmente imposible”, sentando las bases, como postulaba Schuman, “para su unificación económica”. La Historia nos muestra, aunque no siempre haya mediado el éxito —Sociedad de Naciones—, que en esta ocasión el proyecto común fortaleció el espacio europeo, convirtiéndolo en tierra de prosperidad y democracia, aunque el camino no siempre fuese fácil.

La celebración del 75 aniversario del Día de Europa en este 2025 quizás constituya una ocasión especial: Europa está en peligro. Los avatares antes mencionados obligan a dar un giro en muchas posiciones: no solo el rearme por miedo a la amenaza imperialista de Rusia, también ante enemigos internos que buscan su destrucción. Europa no debe olvidar de dónde viene, cuál fue su origen y por qué se dio tanta importancia a la unidad, primeramente como comunidad y, desde el Tratado de Maastrich del 93, como Unión Europea.

Susan Neiman, filósofa judía y estadounidense, manifestaba en una entrevista (EL PAÍS, 27/04/25) —a propósito de su libro Izquierda no es woke— : “Si Europa se pone en serio y deja de dividirse y se une y se da cuenta de que es la última oportunidad para los valores de la Ilustración, tiene el potencial para ser una verdadera fuerza en favor de la democracia en el mundo”. Universalidad de la Ilustración frente a discursos identitarios tribales. El legado cultural europeo debe prevalecer ante las amenazas, Europa es el gran territorio donde se defiende con el Derecho internacional la multilateralidad de este mundo frente a la creciente autocracia que impone el poder de la fuerza.

Granada, aspirante a Capitalidad Cultural Europea 2031, en este Día de Europa, con el proyecto europeo democrático cuestionado, ¿en qué podría contribuir a su defensa?

En el manifiesto de adhesión a la Capitalidad Cultural echamos en falta un enfoque más europeísta, una alusión más firme a cómo Granada y su legado cultural podrían contribuir a ello en este momento crítico. Antes hemos hablado de que los principios fundamentales de la ‘Declaración Schuman’ —paz, solidaridad y cooperación— están siendo minados por el nuevo fascismo, ambiciones imperialistas o el revés trumpista de EE UU.

Ángel Ganivet, el miembro de la Generación del 98 que más viajó por Europa —vicecónsul en Amberes, cónsul en Helsinki o Riga, autor de ‘Cartas finlandesas’…— reflexionaba sobre el sentimiento frustrado de España frente a un mundo exterior que evolucionaba a otro ritmo en ideas, economía y pensamiento. Sírvanos su figura para revertir la reflexión: ¿qué podría ofrecer Granada para reforzar los principios de Schuman, cuestionados hoy por tantos enemigos?

Granada atesora historia y valores para alzar la voz sobe la Europa que queremos, fortalecer el deseo de espacio de libertad, solidaridad y cultura. Los valores culturales que unen a los pueblos de Europa son la seña de identidad que la destacan sobre otros espacios del planeta. Ni siquiera EE UU, conglomerado de orígenes diversos, puede presumir de ello. Como tampoco pueden desligarse del patrimonio cultural heredado millones de estadounidenses emigrados desde Europa.

Llegado este momento, acaso Granada también debería preguntarse qué Europa queremos en el proyecto de Capitalidad. No solo apostar por nuestra transformación, también por lo que podemos ofrecer: legado cultural, simbiosis cultural, valores interculturales que favorezcan los principios que sustentan las instituciones europeas.

Granada se juega la Capitalidad, Europa su futuro.

*Artículo publicado en Ideal, 09/05/2025.


martes, 29 de abril de 2025

DONALD QUIJANO JÚNIOR*

 


En un lugar de Florida de cuyo nombre bien que nos acordaremos, no ha tanto tiempo que jugaba al golf un vivián de los de ‘wedges’ y ‘putter’ enristrados, de empuñadura dorada, bolsa tour staff, Rolls-Royce Silver Cloud del 56, ‘caddie’ dúctil y perro robótico Spot. Golpeaba la bola con desgarbada figura —nadie se atrevía a calificarla de otro modo que no fuera ‘elegante’— hasta hacer un ‘birdie’, pero nunca había conseguido un ‘ace’. Y todo vino a complicarse cuando importunados escozores en las ingles fueron avivados por aquellos pantalones vaqueros lesotenses, regalo de la princesa Melania por su cumpleaños.

Una mañana, cuando las luces de los pantanos aún no habían soliviantado el sueño de los cocodrilos, partió de Mar-a-Lago el tagarote caballero Donald Quijano Júnior —‘pelogualdo’, así conocido— hacia la venta Casablanca. Acumulaba noches de insomnio, atribuladas ensoñaciones y afanes por alcanzar un ‘hoyo en uno’ desde el ‘tee’ de salida, visionando sin desmayo, para mejorar su técnica, tutoriales de Youtube, pero su cuerpo deforme no ayudaba. Ante la falta de sueño, invadieron su atormentado intelecto monstruos, enemigos y ladrones de ilusiones. Ni siquiera su exclusivo ‘resort’ fue capaz de apaciguar la fiebre que lo trastocaba en soberbio, vengativo y capitoste.

El viaje, antes que avión, en el Rolls-Royce Silver Cloud del 56. Provisto de sus mejores palos de golf, atravesó largas autopistas entre amenazas de gentes morenas, sucias y malolientes, y vítores de chicos musculosos, blanquitos y rubios enarbolando banderines con siluetas de ‘greens’. Arribado a ‘Venta Casablanca’, ‘agasájole’ el ventero Vance, satisfaciendo su deseo ególatra invistiéndolo caballero, acaso de alguna orden de caballería posadera de narcisistas: “Vuesa merced, centinela y guía del universo, iluminador de tinieblas y azote de malvados y criminales”. Y Quijano Júnior atisbó socarrona sonrisa.

El servil Vance predicaba las bondades del nuevo huésped, ataviado con finos y costosos trajes, larga corbata carmesí, que disimulaban su estrafalaria figura de adiposa blandura, ahora ángel salvador de su negocio que, a buen seguro, dejaría sus arcas repletas de sustanciosas monedas. “Bendita sea la guía luminosa de su riqueza para el buen gobierno de nuestras vidas”, sentenciaba eufórico el hospedero, antes que la decepción lo alcanzase.

Así fue que la obsesión del engreído Quijano por aquel ‘ace’ acuciaba sus privilegiadas neuronas. Devoto del totalitarismo antes que demócrata, ideó para el alivio de sus males que mandatarios de todos los confines del mundo vinieran a lamer sus ingles escocidas. Ni siquiera calmada tanta desgracia por el bálsamo de Fierabrás.

Veló palos aquella noche en el Jardín de las Rosas. Sin tregua, escribió con trazos gruesos tantas cartas como mandatarios había. Y según dibujaba palabras, recitaba: “Maldito escozor que me trastorna, no tardéis en venir o seréis castigados sin piedad”. La oscuridad de la noche se teñía de sones estridentes. Tantas fueron las alarmantes voces, que el ventero, abriendo puertas y ventanas, salió presto tan despavorido como inquieto. Y a sus pasos, sirvientes, empresarios y especuladores se arremolinaron en derredor de Donald Quijano Júnior. Vociferaba este sin desmayo, advirtiendo aquestos, ufanamente: “Me están besando el culo, a todos los reto a lamerlo, que no digan que es producto de mi encantamiento, si no saldré en su búsqueda sin compasión”. Acrecentaba valentía y poderío por tantas aventuras ideadas en su perturbada mente, como voces anunciadas desde el Altísimo: “Pon el mundo a tus pies, extermina desheredados, migrantes y otras raleas venidas a delinquir, asesinar y robar”.

Mas persistiendo el escozor, y no olvidando el anhelado ‘ace’, hizo saber la mala fe de dos execrables enemigos: los pingüinos de Islas Heard y McDonald que, tras noches de insomnio, emergían en los documentales de la Fox para contagiarle extraños andares, que no cejaba en imitar; y la pérfida Lesoto, exportadora de pantalones Levi’s, que Melania le regaló. Malditos calzones, cortos de tiro, martirio insufrible al golpear la bola en cada ‘putt’.

Estas gentes arremolinadas quedaron absortas ante semejantes confesiones de hombre de tanta prestancia. Mas el ventero Vance aminoró tan crecida admiración, calificándolo de ‘idiota’ como antaño. Recordó historias de hombres valerosos, huéspedes de la venta Casablanca, ninguno tan descabellado como Quijano Júnior, y evocó su pretérita estancia en ella, cuando salió ahuecando el ala, haciéndoles saber que aire tan jactancioso renacía de enajenación rayana en la locura, desvaríos y obsesiones.

Obnubilado, el caballero ‘peligualdo’ se alejaba del Jardín de las Rosas. Las plumas, artífices de tantas palabras, acariciadas con ternura por tan adiposas manos —codiciosas de los grifos dorados del ‘resort’—, quedaron a la luz de la luna sobre el brocal de una fuente. Acompañando sus pasos un quevedesco son: “Madre, yo al oro me humillo, / él es mi amante y mi amado, / pues de puro enamorado / anda continuo amarillo. / Que pues doblón o sencillo / hace todo cuanto quiero, / poderoso caballero / es don Dinero”.

A la mañana siguiente, ni su viejo amigo pastor presbiteriano ni Melania —retornando presta a la hospedería— lo convencieron para remediar semejante encantamiento. Empujado a la fuerza al Rolls-Royce Silver Cloud del 56, bloquearon las puertas, donde se revolvía como fiera enjaulada. ¡Menudo rebote cervantino!

Hannah Arendt expresaba —Los orígenes del totalitarismo— que en la era del imperialismo los hombres de negocios, empresarios de éxito, se convertirían en políticos aclamados como hombres de Estado. Y en la era de la digitalización —decimos nosotros—, su valor añadido se incrementa mediante manipulación de medios, bulos y desinformación difundida. Los poderes económicos y políticos fundidos en peligrosos abrazos psicópatas.

*Artículo publicado en Ideal, 28/04/2025.

** Dave Whamond, 2019, Cagle Cartoons, Inc.

lunes, 14 de abril de 2025

EL RELATO NOS HACE SER NOSOTROS*

 


Tengo la sensación de que la constante búsqueda de identidades a que nos somete la sociedad actual nos deja desprovistos de no pocas fortalezas para construir la propia idea de nosotros mismos. Necesitamos el relato que nos ubique en el mundo para sobrevivir, anclar sobre bases creíbles la razón de lo que somos, sentir que merece la pena habitar este planeta que tantos convierten en un estercolero. Somos buscadores impenitentes de razones que sustenten lo que hacemos, el ‘autoconvencimiento’ es nuestra tabla de salvación para navegar por las turbulencias que advertimos, en esa constante necesidad de pergeñar tanto nuestra identidad individual como colectiva.

La afamada poeta y novelista Margaret Atwood, autora, entre otras, de El cuento de la criada o Los testamentos, concibe que las historias son las que nos hacen humanos, evitando perdernos en la confusión del mundo. Estas obras, representaciones distópicas de una rebelión contra los relatos promovidos socialmente, quizás sean la respuesta a los miedos que nos generan presentes turbulentos. 1984 o Rebelión en la granja de George Orwell fueron dos propuestas de relatos creados en un tiempo turbio, amenazador de la libertad, que venía a horrorizarnos del futuro que podría llegar con los fascismos y totalitarismos. El ser humano se alejaba de su subjetividad, su ‘yo’ quedaba alienado por el dominio de poderes inmovilizadores de su voluntad, anuladores de la libertad.

No sabemos vivir sin una historia que nos sirva de apoyatura en el tráfago de la supervivencia en que se convierte nuestra existencia. La construcción de historias es un método de supervivencia, sin el cual no sabríamos explicar lo que somos o lo que creemos ser. Las realidad y su complejidad —imposible controlarla por nuestros propios medios, ni siquiera sujetarla hasta el punto de hacerla nuestra— es la que nos impone la búsqueda de esos relatos. El director de cine Jean-Luc Godard afirmaba que son las historias las que le dan forma a la vida, a nuestra vida. Las ilusiones, las esperanzas, el anhelo por el tiempo que nos hará felices mientras nos esforzamos, o el amor buscado a veces con desesperación, son parte de ese constructo que nos sostiene, que nos impulsa a seguir adelante, a pesar de las miserias que nos rodean.

En los jóvenes este cisma parece recrudecerse. El anecdotario es su modo de edificar justificaciones de una vida que parece escapar a su control, sin horizonte, solo inmersa en el consumo del momento, de lo que se les ofrece desde el exterior, sin filtro alguno de la conciencia. La dispersión que nos desequilibra es probablemente el enemigo silencioso que mina nuestro ‘yo’. Pero el relato tiene sus trampas y abismos que no siempre nos hace ser nosotros mismos. Es habitual ver cómo los niños se pierden en la maraña de ofrecimientos que los adultos les tejemos, como arañas que hilan la trampa para su propia subsistencia, sin reparar que no siempre es lo que ellos han elegido.

Hoy día la escuela soporta innumerables tensiones que se vuelcan sobre ella por situaciones familiares desestructuradas, conflictivas, de padres separados o divorciados, que aportan un riesgo de inestabilidad emocional a una legión de niños y jóvenes que muestran conductas disruptivas, cuando no autolesivas. Otros pequeños, sin embargo, se envuelven en una cápsula de aislamiento que les hace desconectar de la realidad más próxima, como mecanismo de huida del entorno agresivo y dañino tan próximo.

Muchas ideas sobre las que giran nuestras obsesiones son las que están en la obra de Lola López Mondéjar, Sin relato. Atrofia de la capacidad narrativa y crisis de la subjetividad (Anagrama, 2024), psicoanalista que nos presenta al individuo posmoderno que pierde la ‘narratividad’ en una sociedad que le dificulta encontrarse a sí mismo, como también configurar el relato donde reconocerse y que le proporcione, al menos, una mínima dosis de estabilidad.

Cuesta definirse en la sociedad posmoderna. Nunca habían proliferado tantas etiquetas generacionales: generación X, millennians, generación Z, Alfa..., como si se establecieran grupos humanos definidos en una evolución galopante que nos obligara a conceptuarlos en una suerte de múltiples características cambiantes. López Mondéjar señala que la rendición sin criterio a la tecnología provoca la fragmentación de nuestra atención, nos hace dispersos y dependientes, nos aleja de nuestro interiorismo como espacio de reflexión y modelación del mundo exterior, y la realidad no siempre benévola. El conformismo es uno de los hándicap que menos ayuda a la construcción del pensamiento propio y de nuestra configuración del ‘yo’.

Los niños y los jóvenes son quizás los principales víctimas de esta voluble manera de entender la vida. En ellos los artefactos tecnológicos, el exceso de actividades a que los sometemos o la ocupación dirigida de su tiempo parecen convertirlos en un objeto de laboratorio para diseñar el niño y el adulto ideal. Creyendo que le hacemos un bien y que están arropados por nuestra atención, entretanto limitamos su capacidad de pensamiento o los medios que les ayuden a encontrar su propia identidad, su mundo interior. Moldeamos lo que queremos que sean —no siempre conseguido—, pero no les dejamos margen para que por sí mismos lo construyan y sean menos dependientes. Inmersos, como todos, en el exceso de información, estímulos o modelos que les asedian por las redes sociales, se ven sometidos a un proceso de mimetismo que les impersonaliza, fomenta su individualismo y siquiera hasta su egoísmo.

La búsqueda del relato que nos haga ser nosotros es uno de los grandes retos de nuestro tiempo.

*Artículo publicado en Ideal, 13/04/2025.

** Frida Kahlo, La cama volando, 1932.

lunes, 17 de marzo de 2025

¿PACIFISMO O BELICISMO?*

 


Muchos hemos vivido sin la apremiante necesidad de pronunciarnos ante una guerra que llegara hasta nuestra propia casa. El destino nos ha asignado un papel contemplativo, cuando no condescendiente, en un mundo donde la estulticia y la depravación han campado a sus anchas manu militari para satisfacción de intereses mezquinos. Lejos, ocurriendo todo siempre lejos.

Ha transcurrido una quinta parte de este siglo, fluctuando entre el esperanzador bienestar y los sobresaltos de inhumanas e injustas veleidades repartidas por el resto del planeta, mas las manifestaciones del ‘No a la guerra’ de Irak pueden resultar una broma frente a los nubarrones que acechan nuestra tranquilidad. Esperemos que no tengamos que pasar de impotentes testigos, viendo por televisión imágenes sobrecogedoras de destrucción y muerte, a activas víctimas de una barbarie desencadenada por lo que ya es una mafia mundial dueña de gobiernos influyentes. Hemos visto en Ucrania o Gaza a ejércitos causar la muerte de personas inocentes y la destrucción de ciudades. La guerra no ha cambiado su lógica: lo importante no es destruir ejércitos, lo realmente relevante es arrasar a la población civil, sus casas y las infraestructuras suministradoras de energía, comunicaciones o abastecimiento.

En una guerra cada bando tiene sus adeptos. La neutralidad puede estar mal vista y la crítica concebirse como deserción. En la Primera Guerra Mundial la neutralidad de España no fue óbice para que se crearan corrientes de opinión: germanófilos (apoyando al Imperio Alemán) y aliadófilos (a favor de Francia y Reino Unido). En la siguiente gran guerra la postura pacifista más llamativa fue la de Gandhi. Con su ‘no violencia’ se negó a apoyar a Reino Unido contra la Alemania nazi, entre otras razones, por la contradicción de luchar en favor de una libertad que el imperio británico negaba a la India. Gandhi recomendó a la población dejarse conquistar por los alemanes, como a los judíos, que no opusieran resistencia a sus verdugos. Aquella actitud despertó una gran controversia, la más significativa la de Orwell, autor de ‘1984’, también pacifista pero crítico con Gandhi, defensor del uso de la violencia para combatir el nazismo y fascismo europeos.

La paz no deja de ser una batalla cultural. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, entendida como bien universal, la paz se vio sometida a relatos propagandísticos de estadounidenses y soviéticos. Tiempo de Guerra Fría y cada bloque promoviendo guerras y conflictos locales por medio mundo. El Congreso Mundial de Intelectuales por la Paz —agosto, 1948, Wroclaw (Polonia)— se vio envuelto en discursos egocéntricos. Una prueba de la fragilidad de la paz, incluso siendo teorizada por mentes supuestamente formadas.

Desde entonces no ha cundido en Europa el riesgo de un conflicto bélico a gran escala. Con la invasión de Ucrania por Rusia, hace tres años, las incendiarias proclamas de Trump, hablando de que “la Unión Europea se formó para joder a Estados Unidos”, o la ruptura de la alianza transatlántica mantenida durante ochenta años, han activado tambores de guerra. El gran debate gira en torno a la seguridad. Menguado el gasto militar —no peligraba la paz, ni siquiera en la década de los noventa con el conflicto yugoslavo—, este brusco despertar lo cambia todo. La presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, ha propuesto un plan de rearme europeo por valor de 800.000 millones de euros en cuatro años. Enorme inversión en defensa, contradiciendo las palabras de Luther King: “Una nación que gasta más dinero en armamento militar que en programas sociales se acerca a la muerte espiritual”.

El indecente y humillante trato de Trump hacia Zelenski en Washington escenificó el paupérrimo interés que el presidente estadounidense tiene por la paz en Europa. Anulada la ayuda a Ucrania, para él solo existe negocio: la explotación de las tierras raras, a cualquier precio, sin importarle el daño causado por Putin a Ucrania o el debilitamiento de Europa. Sin ánimo de atribuirle a Trump un nivel cultural inexistente, acaso al negociar con Zelenski le hayan soplado el pensamiento de Erasmo de Rotterdam que decía: “La paz más desventajosa es mejor que la guerra más justa”.

La carrera por el rearme empieza a interpelarnos a los ciudadanos. La situación no deja de ser convulsa, las tensiones y amenazas afloran. Rusia no cejara en su empeño de seguir adelante si triunfa en Ucrania: repúblicas bálticas o Polonia, mientras Trump se acerca a Putin. La inquietud entre los líderes europeos es patente. Macron lo ha manifestado: “Estamos entrando en una nueva era”.

¿Es posible la tercera guerra mundial?, ¿dónde nos situaríamos nosotros: militando como pacifistas o apostando por el belicismo? Un debate en aumento que hará crecer la incertidumbre que poco a poco invade nuestra esfera personal. Por lo pronto, nos debatimos en si Europa necesita tanto gasto en defensa o deberíamos hacer más esfuerzos en favor de la paz.

Con solo mirar la Historia entenderemos que las amenazas de hoy no son baladíes. La II Guerra Mundial vino precedida de discursos amenazantes y acciones militares puntuales de la Alemania nazi. No las tomaron en serio las potencias occidentales, hasta que un primero de septiembre del 39 Polonia era invadida.

La guerra siempre será una salida cobarde a los problemas de la paz, como sostenía Thomas Mann, pero qué hacer cuando los intereses de gobernantes psicópatas y mafiosos se anteponen y su ansia expansionista busca conquistar territorios y recursos, sin importarles el daño causado a millones de inocentes. ¿También ahora la guerra sería sinónimo de fracaso?

*Artículo publicado en Ideal, 16/03/2025.

** Bansky, Para y revisa, 2007, Belén (Cisjordania)