Las sociedades modernas parecen sumidas en una distopía sin solución de continuidad, convertidas en espacios cada vez más confusos e ingratos para la convivencia, como si hubieran caído en un mundo de sombras: oscurecidos los referentes éticos y morales nada parece ser lo que aparenta. Beneficiada, la posverdad, mientras se debilitan democracia y sistema de valores. Me abochornan políticos, jueces y medios de comunicación, todos partícipes en generar un clima social irrespirable, donde la ciudadanía solo importa como objetivo para inocular relatos enlatados de consumo rápido. Cautiva de ficciones que debilitan aún más la fragilidad de una sociedad que recuerda al Papá Goriot de Balzac en su lecho de muerte: “¡Dios mío, qué mal organizado está tu mundo!”.
A García Lorca lo asesinó el odio y la intransigencia, como noventa años después ambos llevan a la muerte a tantos desheredados. La política está dejando de ser ese constructo social diseñado para convivir y transaccionar en el juego de nuestras miserias, y se erige en lastre destructor de la convivencia, inundándonos de vana palabrería controladora de conciencias. Resulta abrumador cómo nuestro raciocinio se torna vulnerable a las trampas fraguadas para polemizar en discusiones volátiles de argumentos falaces y tergiversadores.
Nos hacen creer que vivimos en sociedades fuertes, cohesionadas, capaces de afrontar las dificultades sobrevenidas, pero observamos que se resquebrajan con igual facilidad que la frágil y asediada salud mental del ciudadano, sometida a no pocas agresiones de ese medio social vendido como sólido. Las conductas autolíticas y suicidas aumentan exponencialmente, también entre los jóvenes, consecuencia del frustrado deseo individual ante falsas promesas, y anhelos y estados de felicidad nunca satisfechos.
Me avergüenza la manipulación con que la política aborda la crisis humanitaria de Ceuta, tras la entrada masiva de inmigrantes —30 de julio—. Me abochorna que el Gobierno no reaccionara rápido y a tiempo para afrontarla. Me sonroja que los partidos políticos de la oposición se olviden de los inmigrantes y ‘prefieran’ que la situación se prolongue o que difundan mensajes que activen protestas ciudadanas menospreciando a los migrantes, incluidos cientos de menores. Me avergüenza el victimismo y pasividad del Gobierno de Ceuta sin apoyar soluciones. La política vive su propia guerra con la ciudadanía como rehén. El término ‘invasión’ de desheredados suena a rescoldo nostálgico de una mentalidad africanista trasnochada de tiempos coloniales del Protectorado. Las influencias foráneas que pretendían crear el caos en Ceuta lo han conseguido, poniendo a España en una situación difícil, mientras la política española vagando con las mismas torpezas que desembocaron en el desastre de Annual (1921).
El sentimiento hacia Ceuta, tan manipulado, no está exento de fariseísmo. Para solidarizarnos con este pueblo no hay que montar espectáculos ‘rasgándose las vestiduras’, ni proclamar que la turba de inocentes migrantes ha venido a reconquistar nuestro territorio. Solidarizarnos con Ceuta es buscar soluciones a la crisis humanitaria cuanto antes, aunar el apoyo político solidario de todos, sin pretender dinamitar los intentos de solución basados en la legalidad y derechos humanos.
Las camisetas enrolladas de Mbappé, Konaté y Vinicius constituyen un símbolo crítico con las medias verdades, los bulos o la desinformación que alienta violencia y ese odio seductor, “avispado, listo, trabajador”, como lo tildaba Wisława Szymborska en su poema El odio. No cabe invisibilizar a nadie en esta crisis humanitaria. La camiseta enrollada proyecta un mensaje conciliador: solidaridad con quien padece y necesita ayuda: ceutíes e inmigrantes.
En esta crisis humanitaria el discurso xenófobo que impregna el mundo actual se ha cebado con Ceuta, como en EE UU y las acciones del ICE, o Italia, Dinamarca, Francia... cuyos partidos neofascistas escalan en elecciones, o Vox que ya gobierna en varias Comunidades, en una Europa en crisis: debilitada y sin iniciativa. Los que rodearon el espigón del Tarajal son también víctimas —migrantes ahogados, perseguidos, sufridores de condiciones inhumanas, supervivientes...—. No podemos mirar únicamente a los nuestros, los otros han sido engañados, empujados, soltados como ganado para llegar a territorio español y provocar la situación lacerante que padecemos.
Entretanto, la política española polarizada convirtiendo Ceuta en terreno abonado para la confrontación y pasto de oportunistas mediáticos que alientan el caos y la violencia. Las redes sociales vomitan la pus de la enfermedad xenófoba del siglo XXI: individualismo y rechazo al diferente. Nosotros, tan modernos, rodeados de comodidades, alentados por la mugre política, cómplices de la ruptura de la convivencia, participamos del rechazo al marginado.
La demencial falta de escrúpulos de Marruecos para con su pueblo se alinea con EE UU e Israel, no es extraño sospechar que ambos estén detrás de esta entrada masiva: la mano que mece las mafias que montaron la logística. Piratas de la gran tumba del Mediterráneo, países que le tenían ganas a la España defensora de los derechos humanos.
Siendo legítimas las protestas de los ceutíes, en ellas no cabe la destrucción e incendio de improvisadas tiendas de campaña —al grito: “¡a por ellos, oé…!”—, ni la persecución como piezas de caza o la retención de camiones de Cruz Roja que trasladaban alimentos. Parecen tácticas propias del gobierno genocida israelí: matar de hambre a la población gazatí. No cabe la violencia contra indefensos y desesperados ‘acampados’ en playas, o contra niños errantes abandonados por su país y familias.
Deshumanizar a los migrantes, asociarlos con transmisión de enfermedades, delincuencia o escoria es proyectar odio sobre ellos, el mismo que transita los versos de Szymborska: “Miren cuán activo está, / qué bien se conserva / en nuestro siglo el odio”.
Iba a titular este artículo: ¡Políticos, dejad de verter vuestra bazofia sobre Ceuta!
*Artículo publicado en Ideal, 29/09/2026
**Ilustración del artículo en Ideal.

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