lunes, 21 de julio de 2014

1970: RECUERDOS DE AQUELLA HUELGA DE LA CONSTRUCCIÓN EN GRANADA

Existen unos años en nuestra vida en los que se forja gran parte de nuestra conciencia como individuos. Es el tiempo que suele corresponder con la adolescencia. Durante esta etapa evolutiva nos llegan infinidad de estímulos: los que despertaron la curiosidad infantil y los que irrumpen con estrépito para forjar nuestra personalidad. Es un tiempo en que nos abrimos al mundo a ‘cerebro descubierto’, todo nos interesa y cada cosa es cuestionada.

En el verano de 1970, yo estaba, como los anteriores veranos, disfrutando de la naturaleza en un cortijo, donde mi padre cuidaba las cabras y mi madre preparaba el queso, entre otras muchas tareas, en aquella España de sumisión y aparcería. Estas tareas y las del campo proporcionaban el sustento de una prolija familia, como se acostumbraba a tener en aquella época. La vida era dura y estaba sostenida en grandes y descomunales esfuerzos.

Mis veranos eran felices. Después de un intenso curso escolar en Granada, un verano asilvestrado me venía muy bien para quemar energías y valorar la dureza del trabajo y el esfuerzo que se había de emplear para sobrevivir. Así me resultaba más motivador amarrarme bien a la silla del pupitre para estudiar y evitar que mi futuro fuera igual que la vida plagada de ímprobo trabajo y enormes sacrificios que llevaban mis padres.

En plena naturaleza y disfrutando de aquellos veranos corriendo por los montes, comiendo las frutas y verduras de las hortalizas, cazando ranas y culebras, y bañándome en el río, forjaba una parte de mi conciencia: la del valor del trabajo.

Por esta razón, la de estar alejado de la civilización durante dos meses en el año, la huelga de la construcción de las jornadas del 20 y 21 de julio de 1970 fue para mí tan sólo la noticia sobre el lío que había en Granada o la de un camión cargado de bovedillas que sirvieron para defenderse a los huelguistas del empuje policial. Fue aquella huelga, en la que murieron tres obreros, Antonio, Manuel y Cristóbal, a causa de las balas de la policía.

Hasta el cortijo llegaron escasos ecos. Sin internet, ni teléfono, ni luz eléctrica, ni periódicos, pero sí un viejo aparato de radio, alimentado con una enorme pila de petaca, que alegraba las duras y laboriosas jornadas de mi madre con las canciones de los discos dedicados o las interminables radionovelas, pocas noticias llegaron. Pero nunca olvidaré el relato de un tío mío cuando llegó contando cómo habían sobrevolado los guijarros de las bovedillas sobre las cabezas de los grises.

Es así cómo esta huelga no la presencié en vivo. Ahora bien, de haber acontecido en otras fechas del año, hubiera sido testigo privilegiado como lo fueron todos los vecinos que vivíamos en el barrio san Lázaro. Sólo tuve la oportunidad de ver los agujeros de los impactos de las balas de la policía que había en las fachadas de los edificios. Allí estuvieron largo tiempo, como testigos de la violencia con que se ejerció la represión policial. Aquellos agujeros fueron una de las primeras cosas que me enseñaron mis amigos a la vuelta de vacaciones y, sobre todo, guardo un vivo recuerdo de los que había en la pared del estanco de la avenida Calvo Sotelo (hoy avda. de la Constitución).

Aquella huelga significó otro hito para forjar, esta vez, la conciencia social de un adolescente y para comprender el valor de la lucha obrera como mecanismo de reivindicación de derechos.

Al escribir La renta del dolor, este episodio tan representativo del movimiento obrero de Granada, como paradigma de la lucha por las mejoras laborales y, también, como emblema de la resistencia contra el régimen franquista, me pareció esencial incluirlo en la novela, como muestra de aquella realidad social y política que caracterizó ese periodo del tardofranquismo. Se inicia así:

“Pero seguramente el momento más intensamente vivido fue el de aquellos días de la huelga en el sector de la construcción.
—¿Los recuerdas, Matilde? —la interrogó Alicia—. Las famosas jornadas de julio que inauguraron esta década con el trágico balance de tres obreros muertos por disparos de la policía.” (pág. 395)

Sirvan estas palabras, y las que siguen relatando este hecho en la novela, como modesto homenaje a aquellas tres víctimas del franquismo.

miércoles, 2 de julio de 2014

UN PARTIDO NUEVO PARA UN TIEMPO NUEVO: LA HORA DE LA MILITANCIA*

Una de las evidencias que nos ha dejado esta crisis es la de percibir con más nitidez, si cabe, que el modelo de funcionamiento de los partidos políticos está anticuado y trasnochado. Los hemos visto incapaces de afrontar la convulsión provocada desde los poderes económicos, salvo para secundar las políticas que estos han marcado, olvidándose de los ciudadanos.

Los conservadores de este país han aprovechado la crisis para refundar a la baja tanto el Estado de bienestar como el Estado democrático. Mientras la sociedad civil se lanzaba a la calle para impedirlo, en la izquierda tradicional han primado más los posicionamientos tecnocráticos que la impronta ideológica, como si hubiera sucumbido al utilitarismo mercantilista olvidándose de la ideología.

En el PSOE, la crisis interna no empezó con las elecciones generales de 2011, ni siquiera al estallar la crisis económica. Lo hizo cuando no fue capaz de adaptar su método en la elección de cargos a lo que la democracia en España exigía, o cuando sus dirigentes más retrógrados siguieron pensando que les valía con mantener el control del ‘aparato’ para conservar el cargo. Lo hizo cuando pretendieron seguir con la democracia representativa al margen de la opinión de los militantes, o cuando creyeron en un sistema arcaico de elección de cargos mediante congresos con delegados designados con exquisito cuidado para no soliviantar al aparato. Todo esto, y supongo que muchas cosas más, debieron cambiar, al menos, cuando dábamos el salto al siglo XXI.

Ahí arrancó la crisis de identificación y conexión del PSOE con una sociedad democrática ya consolidada. En ese momento fue cuando se quedó desfasado el modelo de partido, quizá apropiado para la transición democrática pero no para el tiempo venidero. En esa época debió abrirse más a la sociedad y a la participación real de su militancia, anticiparse así a la posterior desafección habida en amplios sectores de la sociedad, identificados hasta entonces con este partido, al entenderlo como gran instrumento de progreso, mejora y transformación social.

La lentitud en los cambios internos, en una sociedad de urgencias democráticas y de participación, ha sido exasperante. Pasaban los años y se manejaban las mismas ideas, las estructuras no se removían, las respuestas a los problemas de la sociedad no se producían, se dejaba eternizar la desesperanza e incrementar el hastío de la ciudadanía hacia lo político. Demasiado inmovilismo. Ese cambio que muchos venimos demandando en el modelo de funcionamiento del PSOE, frenado por una oligarquía más cómoda con las formas del ‘atado y bien atado’, en el ‘ahora no toca’ o en el ‘debemos estar unidos’ pero conmigo al frente, es el que ahora no puede esperar.

Con las primarias para la elección del nuevo secretario general se está dando un paso transcendental para la probable modernización de un partido al que aún le queda un largo camino por recorrer. Pero, ¿en qué consiste el cambio que se espera?

He oído hablar a los tres candidatos (inexplicable la ausencia de mujeres) de nociones de política nacional o internacional, o de cuestiones puntuales, como si ya fueran secretarios generales, pero me hubiera gustado escuchar con más asiduidad y firmeza que el PSOE que viene se va a convertir en una organización donde su militancia tendrá el protagonismo hasta ahora negado. Más allá de asistir a mítines para llenar auditorios y campos de fútbol o hacer de palmeros, tremolar banderas o pegar carteles; lejos de estar sólo para que sus vecinos ‘abofeteen’ su cara cuando sus líderes han realizado nefastas políticas, a veces con derivas de corte neoliberal, o cuando no han sabido mejorar la educación, la sanidad o la atención social, ni frenar la tiranía contra la ciudadanía de bancos (desahucios) o multinacionales (empresas de telefonía), por ejemplo.

A los tres candidatos quisiera escucharles hablar de un nuevo PSOE, como el partido de sus militantes y no de las élites internas que lo han manejado a su antojo y beneficio. De un partido presto a dar respuesta a los problemas de la sociedad, a mejorar la cultura, la educación, la sanidad, la justicia social, todo lo que se ha desmoronado tanto. De un partido que erradicará la corrupción en su seno y que será el más transparente.

Y para ser el partido de sus militantes es necesario convertirlo en una organización moderna, alejada de esa impronta endogámica, dispuesta a abrirse para buscar una mejor identificación ciudadana con ella y con sus militantes. Y, asimismo, que los cargos públicos, después de su mandato, regresen a su puesto de trabajo, se entremezclen con la gente y no se eternicen como casta política, ni se acomoden en consejos de administración de bancos o empresas.

Y todo esto será posible si se configura un partido con la presencia y participación de la militancia en la elección de los principales cargos orgánicos, a través de su voto directo y secreto. En el que la elección del candidato o candidata a la presidencia de un gobierno nacional o autonómico, o una alcaldía, se haga concediéndole la palabra y el voto. Pero también será posible si se limitan los mandatos o si las listas son abiertas para elegir a los militantes que se postulen para concurrir a los distintos parlamentos.

Todo esto es lo que quiero escuchar con rotundidad por boca de los candidatos a la Secretaría General del PSOE. A partir de ahí se podrá hacer política con toda la militancia empujando.

*Artículo publicado en el periódico Ideal de Granada, 2/7/2014

miércoles, 25 de junio de 2014

ANA MARÍA MATUTE, LA DELICADA SENSIBILIDAD

Su mirada era como un reflejo de inocencia infantil, con unas gotas de rebeldía, capaz de penetrar en las pequeñas cosas.

Ana María Matute es otra de esos escritores que sus vidas vinieron marcadas por la guerra civil y la postguerra, ese sello genuino del que no escaparon autores como Marsé, Laforet, Delibes o Cela. Que escribieron aquí, en la España de la censura, y a la que desafiaron para no menospreciar su creatividad.

Ana María Matute es la autora de la delicada sensibilidad, forjada en una rebeldía adolescente que le permitió resistirse frente a un país desahuciado, agónico en su propia estulticia.

Desbordante imaginación la suya, hasta crear un universo creativo de aire faulkneriano, nos enseñó a mirar de otro modo a aquella España que le tocó vivir. Los soldados lloran de noche, La trampa o Los hijos muertos forman parte de esa mirada que escruta a su alrededor. Luego llegó su Olvidado rey Gudú para que la imaginación y la fantasía culminaran a su máxima eclosión.

También la recordaremos por sus incursiones en la literatura infantil, donde encontramos obras dirigidas a nuestros alumnos: El polizón de Ulises o Sólo un pie descalzo.

“Nací cuando mis padres ya no se querían”. Así, de esta manera tan genial, comienza su Paraíso inhabitado. ¡Te añoraremos!

jueves, 12 de junio de 2014

MONARQUÍA O REPÚBLICA, EL DERECHO DEL PUEBLO A DECIDIR

En nuestro país arrastramos todavía algunos complejos de la dictadura. Uno de ellos es la infantil necesidad de ser tutelados, como si nos gustara ampararnos en cómodas y timoratas posiciones de pasividad expectante. Este complejo tal vez esté más enquistado en los gobernantes y dirigentes de partidos (bastante rédito sacan de ello), que les encanta decidir por el pueblo en cuestiones de gran calado, que en la sociedad, acostumbrada a que la acunen en demasía.

Algo así es lo que viene ocurriendo con la controversia suscitada al hilo de la abdicación del rey Juan Carlos. Los partidos políticos dominantes se han enrocado frente a las peticiones de referéndum, en el que la sociedad se pronunciara si quería continuar con la monarquía o implantar una república. No han tardado ni unas horas en ponerse de acuerdo ambos partidos para imponer su aplastante mayoría parlamentaria y dejar las cosas como a las gentes de bien les gusta: tranquilas, encauzadas y bien controladas. Por cierto, con qué prontitud se han puesto de acuerdo PP y PSOE en este asunto de la abdicación y el trabajo que les cuesta ponerse de acuerdo para firmar un pacto por la educación.

Lo de Rajoy ya lo sabíamos: lo que tengáis que decidir ya lo haremos nosotros por vosotros. Lo de Rubalcaba en el Congreso, justificando el voto a favor de la ley orgánica que regulará la abdicación, entre un republicanismo sentimental y confeso y un constitucionalismo de catecismo, ha sido para nota. Los socialistas somos republicanos pero acatamos la Constitución, algo así ha dicho. Esto hace treinta años sonaba bien, quizá había necesidad de ello, pero ahora, en los tiempos que corren y dicho de esta manera, cuanto menos, chirría.

Después de más de tres décadas de democracia creo que ha llegado el momento de que el pueblo, con toda normalidad democrática, pueda decidir quién debe ser su jefe del Estado, si ha de ser un rey o un ciudadano, o lo que es lo mismo: si quiere una monarquía o una república.

Es el pueblo quien tiene que decidir estas cuestiones, que no creo que formen parte de las atribuciones que se arrogan a la representatividad parlamentaria en el Congreso o en el Senado. Es una cuestión demasiado importante para dejarla en manos de los partidos políticos allí representados.

El referéndum hubiera sido un signo de madurez democrática y un acto inteligente para asentar nuestro modelo de Estado para mucho tiempo.

miércoles, 21 de mayo de 2014

MATILDE CANTOS: UNA MUJER DEL 36

Llevo varios meses trasladando La renta del dolor a cada sitio donde hay un lector, sean lugares grandes o pequeños, haya muchos o pocos lectores, sin desdeñar a ni uno solo. Me merece el mismo respeto el lector en un club de lectura de un pueblo pequeño como los lectores de grandes bibliotecas o los visitantes de una feria del libro. La difusión de una novela es una labor ardua, sobre todo si lo tienes que hacer tú prácticamente solo. Al final, el esfuerzo siempre es gratificante, a pesar de esa vocación improvisada de feriante y comercial de medio pelo.

En estos meses (todavía espero continuar más tiempo) se han organizado actos de presentación, visitado bibliotecas, clubes de lectura…, y en todos ellos he sentido el interés y la simpatía de muchos lectores hacia la novela y hacia Matilde Santos.

Hace unos días me comentaba un librero las imposiciones de las grandes editoriales para que los libros que editan tengan lugar preferente en el escaparate o a la entrada del local, en montones de libros apilados, bien visibles nada más entrar en la librería para que casi el cliente se tope con ellos. En nuestro caso, los que nos movemos más modestamente, intentamos que nuestra obra no quede incrustada en un estante entre libros mostrando sólo el lomo. Igual que deseamos que se hagan eco los medios de comunicación en sus páginas o suplementos de cultura; pero esto es difícil, también las grandes editoriales marcan la pauta.

Por eso resulta acaso más gratificante cuando uno se encuentra con la reseña de tu novela en un espacio virtual que no conocías: Mujeres de novela. Este es el título de un blog dedicado a glosar a mujeres, algo parecido a lo que hizo Márgara Seoane (el seudónimo de Matilde Cantos) en México, en su serie de artículos en la revista Confidencias en la década de los cuarenta del siglo XX. Son varias las referencias, bajo el título “Matilde Cantos: una mujer del 36”, las que ofrece este blog sobre La renta del dolor.

Aquí os dejo el enlace: