martes, 16 de julio de 2019

EL TIEMPO POLÍTICO QUE NO QUERÍAMOS HA VUELTO*


Más de dos meses desde la celebración de las elecciones generales y aún no tenemos un nuevo gobierno. Si tuviéramos la experiencia de Italia, con su enorme fragmentación parlamentaria, tal vez podríamos estar tranquilos (sin mencionar el actual excurso de tinte ‘fascitoide’). Durante décadas la política italiana fue por un lado y el país y su economía por otro. Eso no le impidió ser una de las principales economías del mundo. Roto el bipartidismo en España, la fragmentación política es una realidad, pero a diferencia de Italia nuestra idiosincrasia y trayectoria histórica como país es distinta.
Vivimos en el país de las dos Españas machadianas, donde casi todos los conflictos los resolvemos parapetados en un enconamiento visceral, cuando no con conatos de choque violento y excluyente. Al otro, al que piensa distinto de nosotros, si hay que eliminarlo, no tenemos empacho en mandarlo al exilio sin más contemplaciones. La crispación es, o lo es para algunos, consustancial a nuestra forma de hacer política. La derecha, cuando no está en el poder, alienta la crispación sin cortapisas. Ejemplos hemos tenido. La democracia parece habernos enseñado poco en materia de convivencia política. Este es un país de herencias históricas.
El debate abierto en torno a la formación del nuevo gobierno, con el aderezo de los gobiernos autonómicos, ha desvelado que habiendo cambiado de actores las formas de hacer y de decir siguen siendo las mismas. La política española está enquistada en las posicionamientos que heredamos del franquismo: frentismo e intransigencia, izquierda y derecha, y el fusil siempre al hombro.
En Alemania la debacle del nazismo y la derrota en la Segunda Guerra Mundial les enseñó que si querían borrar aquella amarga experiencia y prosperar como país habían de proveerse de una nueva convivencia y de sentido de Estado. Durante décadas dieron ejemplo: si un partido no ganaba las elecciones, tampoco obstaculizaba la formación de gobierno al ganador, y en momentos puntuales hasta se coaligaron democristianos y socialdemócratas para formar gobierno. El país no se podía paralizar. En España esto es impensable. En la actual situación de fragmentación parlamentaria parece que ni nos sirve la fórmula italiana ni la alemana. El tema no está en que vuelva el bipartidismo, sino en saber hacer política.
Nosotros tuvimos nuestro fascismo, antes una guerra civil, y algo antes una república. ¿Sacamos alguna enseñanza de ello en la democracia? Los partidos políticos en España no saben construir la convivencia, ni saben estar a la altura del país. Demasiadas herencias y excesivo sentido fratricida que enturbia la convivencia.
Al final de la primera década del siglo XXI la crisis económica nos zarandeó hasta el punto de generar una gran crisis política y social. En la segunda década del siglo XXI creímos que saldríamos de ella con el suficiente aprendizaje para convertirnos en una sociedad mejor. La realidad de estos últimos meses lo desmiente. Seguimos con los mismos defectos y las mismas maneras hoscas en el decir, y un rencoroso posicionamiento frente al adversario, como hace quince o diez años. Los actores han cambiado, la diversidad de opciones políticas también, pero nuestro cainismo sigue presente.
Los nuevos partidos lo hacen tan mal como los viejos. Hubo un tiempo en que creímos que con la llegada de la nueva política las cosas serían distintas y que el zarandeo de las conciencias serviría para algo: acabar con la vieja política que nos había llevado a la crisis social, política y económica. Entonces pensamos también que los políticos serían distintos, con un sentido más colectivo de la decencia, incluso que los propios ciudadanos rechazaríamos formas barriobajeras de hacer política. Todo un espejismo: los nuevos líderes políticos acopian posiciones sectarias e intransigentes, en absoluto constructivas.
Uno de los partidos de la nueva política, Ciudadanos, se ha radicalizado, adoptando una deriva hacia la derecha que lo ha alejado del centro político que reivindicaba en exclusividad. Igual ocurre con Podemos, cuyo lamentable liderazgo no ha hecho más que restarle presencia política.
Al PSOE, ganador de las elecciones generales, a pesar de su exigua mayoría, se le está torpedeando la posibilidad de formar gobierno. Para ello se han utilizado argumentos que rayan la infamia: ser socio del independentismo o aliado de terroristas. La veracidad o mentira de estas afirmaciones no es lo importante, que se repitan machaconamente para que  parezcan verdad, sí. Con esto PP y Ciudadanos están alentando el protagonismo de quien no debería tenerlo: independentismo e izquierda abertzale. Y con relatos plagados de mentiras están demostrando que España les importa poco. Su fariseísmo es obsceno: hablan de los otros enemigos de España y, sin embargo, se alían con VOX, quien precisamente maneja unas ideas poco recomendables para la construcción de la convivencia nacional y de una sociedad más justa e igualitaria.
España necesita formar pronto un nuevo gobierno. El país y las necesidades de la ciudadanía lo demandan. La celebración de unas nuevas elecciones sería un fracaso general achacable a la clase política. Obstaculizar la formación de un gobierno es una deslealtad con España, y si viene de la mano de aquellos que hacen del patriotismo su bandera, una traición. Los partidos de la derecha no tienen la aritmética parlamentaria que les permita formarlo, como sí hicieron en Andalucía; sin embargo, están haciendo todo lo posible para dificultar que lo haga el PSOE. Tampoco Podemos está ayudando mucho, la obsesión por entrar en el gobierno no me parece la mejor opción. Con ellos el nuevo gobierno estaría más preocupado por su coordinación interna que en trabajar por el país.
El tiempo político que no quisimos que regresara, ahora nos aplasta como una apisonadora.
* Artículo publicado en Ideal el 15/07/2019

sábado, 29 de junio de 2019

LLORANDO POR GRANADA*


De mi paso por la política aprendí varias cosas. La que más me dolió, aparte de la falta de ética y lealtad exhibida por algunos políticos compañeros, fue el menosprecio con que se trataba a las instituciones. Pude comprobar que para muchos las instituciones no son más que otro medio donde sustentar intereses personales o de partido. Las manipula el independentismo catalán de la manera más obscena que cabe, y se manipulan en el Estado, las autonomías y los ayuntamientos. No les importa utilizarlas como moneda de cambio o para colocar, aun sin competencia, a los adictos. Las instituciones, el verdadero sostén de la democracia, casi lo único que nos queda cuando se desborda la corrupción y la infamia.
Por Granada lloraron ilustres antepasados granadinos. “Tu elegía, Granada, es silencio herrumbroso / un silencio ya muerto a fuerza de soñar”, decía García Lorca en su Granada. Elegía humilde. Como antes lo había hecho Ganivet. Granada resulta una ciudad dura para vivirla y para sentirla, y la han hecho más dura, si cabe, los que han mostrado su incompetencia para defenderla, cuando les tocó, allí donde había que defenderla: Madrid o Sevilla.
La historia de Granada es la historia de una decadencia, con sus salvedades, arrastrada desde el siglo XVI y sumida en un estado de parálisis que nunca supimos revertir, ni siquiera en el primer tercio del siglo XX con la industria azucarera, ni en nuestra etapa democrática.
Granada, ciudad de botellones, de despedidas de soltero, de turistas atiborrando las calles, de bares de copas. Solo la Alhambra y Sierra Nevada como grandes reclamos turísticos y motores económicos (aunque en su gestión no falten los lamentos). La etiqueta de ciudad de servicios no es suficiente para espabilarla. Demasiado lastre para una ciudad y provincia con datos socioeconómicos siempre a la cola del país, y con una dispersión demográfica y un raquítico desarrollo rural que la despuebla.
No es necesario que rememoremos las lágrimas de Boabdil al alejarse de Granada para seguir llorando por ella. Nuestras lágrimas son de ahora: pérdida de patrimonio artístico y monumental, de espacios verdes en la vega ante la especulación urbanística, descapitalización y casi desaparición del sistema financiero, olvido frente al retraso secular en las comunicaciones o en la economía.
El espectáculo ofrecido por los partidos políticos en la reciente constitución del Ayuntamiento de Granada no se disculpa porque haya sido la tónica general en todo el territorio nacional. Demasiado cambalache para ofensa de las instituciones y de la inteligencia de los granadinos. Granada, desgraciadamente, también presente en este escaparate nacional, mientras los ciudadanos  asistimos incrédulos a un espectáculo político deplorable. Espero que cuando volvamos a las urnas nuestra memoria sea la de un elefante y no la de un pez.
Los candidatos a la Alcaldía de Granada de los tres primeros partidos ya estaban en política cuando hace diez años finalicé mi incursión transitoria en la vida pública. Y seguían estando cuando en 2012 puse fin a mi actividad política después de haber asistido a un vergonzoso espectáculo de presiones y ofrecimientos por quienes aspiraban a mantenerse aferrados al poder orgánico del PSOE. Vi que no estaba hecho para aquello, solo quería trabajar, no estar a cada rato a la gresca interna. En aquel entonces mi único pecado fue postularme a favor de la democratización del partido socialista, extremo que al final ha llegado y que aquel poder orgánico se resistía a aceptarlo. Luego, aquella disidencia, si es que se puede calificar así trabajar por un partido más democrático, me ha servido para recibir algunas represalias políticas cuando he acudido en contadas ocasiones a presentar mis proyectos culturales (hablar de mis libros, solo eso) a alguna institución granadina. Un modo de proceder mezquino de quienes nos representan en las instituciones, y una prueba del uso partidista de las mismas. ¡Profunda decepción!
Los tres candidatos (Cuenca, Pérez y Salvador, este entonces como socialista) ya hablaban de proyectos y de futuro para Granada. Pasado el tiempo, y ocupando cargos, nada se ha materializado (algunas migajas, sí). Granada sigue estando donde me la dejé, o algo peor por el zarandeo de la crisis. Tan solo miremos la tardanza del metro, el déficit en infraestructuras viarias, la deplorable situación del ferrocarril, el eterno retraso de las conducciones de la presa de Rules, el adiós a Caja Granada, la conversión de la ciudad y la provincia en mero espacio de servicios.
Granada, ciudad y provincia, se debaten en una indefinición constante. Han pasado gobiernos municipales y provinciales en lo que llevamos de siglo, y la indefinición continúa. Y lo que nos faltaba ahora era este espectáculo político que hemos mostrado al resto de España en la disputa del sillón municipal. Nuestra imagen hundida  un poco más. Que gobierne una opción política con cuatro concejales de veintisiete es cuanto menos extraño. El voto mayoritario de los granadinos no se ha respetado.
Hemos aprendido poco en política, o acaso la política sea esto: un ejercicio obsceno donde los intereses generales es lo menos que cuentan. Con espectáculos como el vivido en Granada lo más fácil es que cunda el desánimo y la política siga bajo el descrédito.
 “Tú que antaño tuviste los torrentes de rosas… / Tú que antaño tuviste manantiales de aroma”, escribía Lorca sobre Granada desde la añoranza para describir el presente de su tiempo: “Tus torres son ya sombras. Cenizas tus granitos, / pues te destruye el tiempo… / Hoy, ciudad melancólica del ciprés y del agua”. El presente de mi tiempo, a pesar de la distancia histórica y los nuevos tiempos, no es más alentador.
 * Artículo publicado en el periódico Ideal, 27/06/2019

martes, 12 de marzo de 2019

LOS RELATOS QUE VIENEN*


Ya nadie defiende la verdad. Su defensa ha quedado a cargo de los escasos quijotes que todavía subsisten en este mundo, y poco caso se les hace. A veces sospecho encontrarme entre estos últimos. “Mi corazón ingenuo que a tu bondad se humilla”, como diría Verlaine. No obstante, no quiero que me sobrepase la realidad, ni perder el contacto con ella. Presiento que nos hemos parapetado en la defensa de nuestros relatos sin mirar a la verdad, y los defendemos con el mismo fervor que si se tratara de ella. Sin rubor alguno, no nos importa mentir. “¿Tú verdad? No, la verdad, / y ven conmigo a buscarla”, sentenciaba Machado.
En este mundo cibernético se hackean las contraseñas de correos electrónicos, las páginas web de gobiernos o grandes empresas, y hasta se profana nuestro espacio digital para ofrecernos publicidad sin haberla solicitado. Los ‘ciberataques’ se han convertido en el moderno rictus de la piratería. Cuando la Inglaterra de Isabel I atacaba a los galeones españoles venidos de América, a través de un escogido grupo de piratas oficializados, lo hacía de esa manera burda y violenta del abordaje, lejos del refinamiento o la discreción de un servicio secreto o una central de inteligencia. Como si retrocediéramos en el tiempo, hoy en día el abordaje de nuestra intimidad también se ha vulgarizado, quedando poco margen para la persuasión.
Somos más vulnerables que nunca. A veces pienso que la posibilidad de hackear nuestro cerebro está más cerca. Los estrategas del marketing y la propaganda, expertos en storytelling, saben que para publicitar algo no hay más que construir un relato capaz de calar en las neuronas. Las dos grandes distopías del siglo XX sobre el futuro: ‘1984’ de George Orwell y ‘Un mundo feliz’ de Aldous Huxley, representan dos modos de entender la evolución de la sociedad. En la primera, la represión y la obediencia ciega como estrategia de control, y ese gran hermano que todo lo ve; en el mundo feliz de Huxley, la seducción como maniobra encaminada para crear individuos sumisos.
El modelo represivo de Orwell es el que parece imponerse. Triunfan las fórmulas políticas basadas en la intolerancia. Los discursos, cuanto más intransigentes y menos fraternales, parecen funcionar mejor: lo visceral frente a lo racional para alcanzar el poder. Ahí están los discursos paradigmáticos de EEUU y Brasil, y el miedo al futuro que impulsa al ser humano a buscar protección frente a una hipotética amenaza, real o no, y a fiarse de los que vociferan lo drástico y lo amenazante, admitiendo cierres de fronteras o construcción de muros. Un ejemplo más cercano: los discursos políticos catastrofistas proferidos en los últimos meses en España. 
Si a Putin le interesaba que Europa y EEUU estuvieran dirigidos por tipos extravagantes, populistas y con planteamientos de ultraderecha, que debilitaran desde dentro los principios de la democracia, lo ha conseguido. Hacer vulnerable el modelo democrático, inoculando un enemigo interior, es la táctica perfecta para la destrucción del sistema. Ahí están los nacionalismos (en nuestro caso el catalán) o la campaña corrosiva contra la Unión Europea que emprendió el Brexit.
Sabido es que los mecanismos para la manipulación son tremendamente efectivos a la hora de remover la opinión de los ciudadanos. Lanzar un torpedo en la línea de flotación de la democracia en forma de noticias falsas (‘fakes new’), tergiversación de la realidad u opiniones tendenciosas es la estrategia seguida tanto en redes sociales como en el discurso político propagandístico. Vemos la facilidad con que se manipula la opinión pública, se crean corrientes de opinión o se influye sobre las mentes. Y lo lamentable es que esto ocurre con supuestos ciudadanos libres y formados de los países democráticos.
A veces me pregunto si el mundo feliz de Huxley no estaría entroncado con el uso perverso que se ha hecho del llamado 'estado del bienestar'. La alineación de ciudadanos débiles, inconscientes de su propio sometimiento a los dictados de quienes durante años han hecho un uso innoble del poder, mientras auguraban mundos felices que nunca llegaban, es parte del patetismo político que nos rodea. Una estrategia basada en el ejercicio de una posmodernidad que invita al disfrute del presente sin más horizonte ni perspectiva de futuro, bajo un planteamiento de hedonismo superficial.
Siento pavor al ver cómo se ha adormecido la capacidad crítica y de reacción de los ciudadanos, cómo existe un desarme intelectual frente a la adversidad y cómo se nos ha incapacitado para interpretar los mensajes y la propaganda que circulan tanto en el espacio cibernético como en la vida real. Caer en manos de la entelequia resulta fácil, manipular un referéndum o unas elecciones es ya una maniobra constatada.
Es posible que vengan tiempos peores cuando el respeto hacia el ser humano desaparezca definitivamente como valor, tiempos en los que el futuro ya no tenga futuro, donde los proyectos personales queden desactivados y el futuro de la sociedad se haga inviable. Los que se erigen en salvadores de patrias imaginadas no saben, o acaso sí, que están destruyendo las bases del futuro de la sociedad al obviar la verdad y el respeto por la dignidad humana, esa que no tiene cabida en los relatos que ellos construyen para rentabilizar solo su presente.
Es en esta tesitura, con la verdad como la gran ausente, en donde se ha situado la política en España desde hace tiempo. Leamos los discursos políticos y encontraremos falsedades y la obscena pretensión de decidir por nosotros, leamos las noticias de la prensa y veremos que su imparcialidad queda cuestionada.
Ya ninguna mente está libre del manoseo. Quizá ahora sea cuando la verdad necesite defenderse con más ahínco. Busquemos esos quijotes.
*  Artículo publicado en el periódico Ideal de Granada, 11/03/2019

martes, 29 de enero de 2019

SI UNA SOCIEDAD NO EDUCA, NO HAY EDUCACIÓN*


Hay utopías que desmintiendo su semántica encuentran la manera de despertar los sueños que las concibieron. Llevo años pensando en nuestra torpeza como sociedad por no dar a la educación el valor social que se merece. Inundamos los discursos de palabras que hablan de una sociedad mejor mientras descuidamos el motor que ayudaría a ello: la educación. Nuestra sociedad puede ser la más rica, tener las mayores comodidades, poseer ingentes cantidades de bienes de consumo, pero no por ello tiene por qué ser la mejor. En una sociedad como la actual (abierta, compleja, interrelacionada, globalizada, multidiversa, sistémica, incierta, agresiva, contradictoria…) no cabe duda que la educación es la piedra angular que se necesita para vertebrar y cohesionar el tejido social.
Amin Maalouf decía en su obra El desajuste del mundo que el siglo XXI debería ser el siglo de la cultura y la educación, ya que el XX habiéndolo pretendido no pudo serlo, de manera que con el concurso de ambas cabría entonces construir ese mundo mejor al que aspiramos, al tiempo que haríamos más libres a los seres humanos. Sin embargo, en nuestro tiempo advertimos un divorcio cada vez mayor, con intereses contrapuestos, entre lo que representa la escuela y la sociedad donde se incardina.
No es la escuela la única que educa, como no es tampoco solo la familia, hay otros muchos agentes sociales que también lo hacen. La irrupción de las plataformas digitales en nuestra vida (Youtube, Instagram o la misma publicidad) han abierto en nuestros jóvenes un sinfín de ventanas donde mirar y cientos de arquetipos sociales en los que fijarse. Tener en casa a personas jóvenes y dejar que se adueñen de la smart tv, el ordenador, la tablet o el móvil es una oportunidad para descubrir cuáles son sus intereses y aficiones. En ellas encontramos un universo atestado de imágenes, videoclips o ‘reality show’, donde circulan cientos de 'youtubers' que cuelgan miles de vídeos donde muestran su vida personal, sus extravagancias o el modo de interpretar el mundo. Al igual que hay miles de canales de música con escenas y letras en las que el machismo, la depreciación de la mujer o la violencia aparecen justificados en exhibiciones tan burdas como reales sustentadas en relaciones sociales primarias.
Estas plataformas digitales (puestas aquí como ejemplo) influyen enormemente, con un poder que no deberíamos menoscabar, en la educación de nuestros jóvenes, en una proporción mayor que la familia o la escuela. Se han agregado a la publicidad, que ya representaba estereotipos consumistas, machistas o conceptos de vida relajada y poco comprometida. La sensación que nos queda es que la educación que se imparte en la escuela está muy alejada de una realidad por descubrir. Cabría entonces preguntarse: ¿qué le queda por hacer a una escuela voluntarista frente a ese otro modelo social que no la tiene en cuenta y pregona otros valores?
Socialmente la educación está concebida para alcanzar la perfección. A las instituciones escolares se les exige competencia para trabajar en el terreno de la moralidad, la ética, la axiología o la socialización, y asimismo atender a todos los problemas de la sociedad, y solucionarlos. Y, entretanto, el resto de agentes sociales inhibidos de la tarea. El consenso social en torno a la educación está roto, no existe acuerdo en cómo y sobre qué educar. La política no ayuda, y los grupos e instituciones educativas solo ven en la escuela la defensa de sus propios intereses.
Tras la dictadura, la democracia generó un cierto consenso sobre los objetivos y valores que debían fomentarse en la escuela. El espíritu democrático, y todo lo que ello comporta, debía empapar la educación de las nuevas generaciones. No educar a ciudadanos libres y democráticos implicaba que la sociedad no avanzaría en democracia. Han pasado cuatro décadas, y no estoy tan seguro de que aquella finalidad la hayamos alcanzado.
Martha Nussbaum reflexionaba en su obra Sin ánimo de lucro al respecto de las necesidades de la democracia: “estamos en medio de una crisis de proporciones masivas y de grave importancia mundial”, y no se refería ni a la crisis económica de 2008, ni al terrorismo internacional, aludía a otra crisis que pasa más desapercibida y que es más perjudicial a largo plazo para el futuro de la democracia: la crisis mundial de la educación.
Los sistemas educativos están en crisis. Es difícil que encuentren el camino para alcanzar esa idea de perfección que se les exige. Son capaces de dar contadas respuestas individuales: formar técnicos en determinados segmentos productivos o asegurar la formación del joven que aspira a entrar en la Universidad, pero para dar una respuesta colectiva de mejora de la sociedad se muestran inoperantes. Es aquí donde se encuentra gran parte de su fracaso y, por extensión, de la sociedad en su conjunto.
El futuro de la democracia está en peligro. La manipulación de los individuos en las sociedades modernas resulta cada vez más fácil y se realiza con mayor descaro. A la educación le está costando formar personas libres y críticas para una sociedad libre, fundamentalmente porque tiene un enemigo demasiado poderoso: la sociedad construida bajo premisas y valores que entran en contradicción con los de la escuela. La escala de valores que se enseña en la escuela no es la misma, ni tan poderosa, que la que revolotea en la vida en sociedad.
Siendo la educación el factor más valioso para asegurar el futuro, es inconcebible ver como socialmente la tenemos descuidada. Cuando una sociedad no valora la educación, no se valora a sí misma. ¡Para cuándo la utopía de una sociedad educadora!
* Artículo publicado en el periódico Ideal de Granada, 28/01/2019

domingo, 6 de enero de 2019

DE INTOLERANCIA TAMBIÉN SE VIVE*


Han pasado cuarenta años desde la aprobación de la Constitución, los mismos en los que se puso fin a la dictadura con toda la prosodia institucional de que fuimos capaces. Era lógico que tras la dictadura viniera la necesaria catarsis, aunque podría haber llegado la revolución, pero las revoluciones no llegan así como así. Al menos se abrió un tiempo nuevo, como gusta decir a los partidos políticos cuando son ellos los que proponen algo, teñido de valores de respeto, tolerancia e idea universal de respeto a los derechos humanos.
Una década después, en la próspera Europa, el nacionalismo y las guerras del odio dinamitaron los Balcanes. El conflicto ya no era cosa de los confines del mundo, sino que estaba en casa. Se globalizaba el odio y la intolerancia, bien cocida en otros puntos del planeta. Después se incorporaban nuevos países a la UE, algunos liberados del viejo yugo soviético. El mundo cambiaba tanto que los ropajes de paz y tolerancia se iban desprendiendo de la vieja Europa. El caballo de la irracionalidad, en la alegoría del carro alado de Platón, tiraba con más fuerza que el de la ética; el auriga Sócrates se mostraba incapaz de dominar el vértigo que lo guiaba hacia el dislate.
En la escuela pusimos todo el empeño para que las nuevas generaciones se educaran en valores de tolerancia y respeto, pero hasta en eso hemos fracasado. Si como decía Machado, había demasiadas cabezas que embestían, ahora nos aterra observar que son muchas las que desprecian al otro, al diferente, haciendo de él objeto de ira e indiferencia.
La crisis geoestratégica y económica con que se iniciaba el presente siglo aireaba vergüenzas y miserias humanas, nos hizo más individualistas, menos sensibles y convirtió las fronteras en auténticos muros de la sinrazón y la insolidaridad. El discurso político se hacía más agresivo y menos tolerante, tocaba a su fin el tiempo de las buenas voluntades. Tan intransigentes y tremendistas nos mostramos que tendríamos que parangonarnos con aquellos que frustraron el amor de la joven Gloria, la protagonista de la novela de Benito Pérez Galdós del mismo nombre, a cuenta de los prejuicios y la intolerancia religiosa.
Si en el panorama internacional han aflorado líderes investidos de autoritarismo y mesianismo, en España no ha sido menos. Las buenas intenciones sobre las que edificamos la democracia se están yendo al traste, si es que no lo hicieron hace tiempo. El populismo, los planteamientos radicales, el discurso de la insolidaridad, incluso el reproche a las bases de nuestra democracia, han emponzoñado la convivencia en estos años. Si el nacionalismo de todo color, revestido siempre de intolerancia, se extendía por el mundo, en España no hemos sido menos.
Hoy la intolerancia está tanto en la derecha como en la izquierda, en el machista como en la feminista, en el de aquí como en el que viene de fuera. Construimos nuestro pensamiento a través de las palabras, y últimamente éstas marcan discursos plagados de términos y proposiciones que apelan contra quien no esté próximo a nuestro relato. Las relaciones humanas, y las redes sociales son un ejemplo de ello, usan un lenguaje hiriente, destructor, henchido de mentiras y tergiversación de la realidad.
Vivimos un tiempo en que la intolerancia es rentable, como lo fue hace un siglo para el fascismo y el totalitarismo. Algunas élites de poder siguen estrategias similares: empujarnos al precipicio del pesimismo para luego aparecer como salvadoras de la catástrofe. Miedo y pesimismo como instrumentos de control de nuestras conciencias. Reforzar la intolerancia les sirve como arma de dominación, convenciéndonos de que lo hacen por el bien general y el nuestro propio, potenciando nuestra incapacidad para inferir el grado de descomposición social al que nos llevan.
Si la reacción fisiológica del organismo ante un posible daño es la intolerancia al gluten o la lactosa, el subconsciente humano reacciona frente a una hipotética agresión a su integridad individual o colectiva con igual determinación. La oleada de populismo que se extiende por el planeta no hace más que eso: alentar el peligro y acudir a remedios propios de las ideologías que trajeron tanto dolor y sufrimiento en el siglo XX. 
Las actitudes xenófobas y los argumentos discriminatorios en los discursos políticos se sirven del malestar y la desesperación de la gente. Esta oleada de líderes visionarios e intolerantes que azota el mundo, de ultraderecha, derecha, izquierda y ultraizquierda, elegidos en las urnas, es parte de nuestro fracaso colectivo. Lo que lamento es que los ciudadanos aparezcamos como cómplices de la farsa.
En España el fenómeno VOX ha entrado en las instituciones andaluzas, su respaldo electoral no es más que la materialización de lo que se estaba cociendo en España y en los partidos de la derecha en los últimos años, y que se disimulaba en una suerte de postureo, cuando no de hipocresía. El respaldo electoral hacia este partido es solo un síntoma, la enfermedad es más profunda.
Nos quieren hacer ver que más allá de la intolerancia nada existe, y que lo que hay es nocivo tanto social como individualmente. Si Paulo Freire decía que la intolerancia impedía el crecimiento personal, cabría añadir que el intolerante pierde parte de su condición humana a medida que la practica en su obsesión por alcanzar sus fines a costa de pervertir la realidad y criminalizar al diferente. El temor mundial al inmigrante quizás sea el paradigma que mejor explica todo esto, pero el uso que se hace de la democracia es preocupante, sobre todo si lleva pareja la degradación y el uso espurio de las instituciones.
Déjenme concluir diciendo que la intolerancia es la mejor expresión de nuestros miedos y que sin tolerancia no hay democracia.
*Artículo publicado en el periódico Ideal de Granada, 5/01/2019