miércoles, 6 de mayo de 2020

ESTA ESPAÑA (MUERTA) NUESTRA*


La oposición arremete contra el Gobierno por la gestión de la crisis sanitaria del Covid-19, el Gobierno se defiende como puede y los ciudadanos mientras seguimos en nuestro confinamiento a la espera de que nos den rienda suelta.
La política está plagada de relatos: medias verdades, medias mentiras o mentiras en toda regla. Pocas veces en política está presente la verdad. Una de las enseñanzas que saqué en política es que la verdad no encaja bien con la política. Hay que escribir siempre un relato a conveniencia. No es que la pandemia haya alterado el ambiente político de este país, ya era deleznable, solo la ha hecho insoportable.
El momento que vivimos es delicado, y lo va a ser más, sin embargo todos los políticos siguen lanzando en sus discursos medias verdades. Veinte años llevamos de un nuevo siglo y no ha cesado el solivianto por mentiras execrables: nos dijeron que íbamos a una misión de paz, cuando se trataba de una guerra en Irak; una mañana de marzo de 2004 nos contaron que ETA explosionó unos trenes en Madrid, cuando fue el terrorismo islámico; en 2008 una crisis económica se desató, y quisieron hacernos ver que no había crisis; vinieron drásticos recortes en las nóminas, la sanidad o la educación, y se nos dijo que no eran tales; floreció en España la corrupción, y nos quisieron convencer que no era exactamente corrupción.
Ahora ha venido la pandemia del coronavirus, y titubeamos más de lo debido hasta caer en que había que tomar medidas. Entonces todo el mundo calló, incluso los que ahora se quejan de que reaccionamos tarde. El mundo se nos ha venido encima y, entretanto, los partidos políticos tirándose los trastos a la cabeza, construyéndonos su relato de la pandemia, mientras a los ciudadanos, confinados, se nos han bajado las defensas inmunológicas e intelectuales. Acaso tengamos una cierta atrofia mental por estar encerrados, sin respirar aire puro de la naturaleza que oxigene nuestro cerebro. De ello se aprovechan, de nuestra debilidad, e intentan seguir engañándonos con mentiras y más mentiras, llenando las redes sociales y los whatsapp de bulos, y aprovechando nuestro ‘daño cerebral’ para que creamos en todo lo que nos dicen.
Sin embargo, ninguno nos dice por qué la pandemia nos pilló fuera de juego, por qué no supimos reaccionar, por qué no teníamos una industria nacional que nos abasteciera en este tiempo de desgracia de mascarillas, test de diagnóstico o respiradores, y por qué hemos tenido que buscar material en el mercado chino, plagado de mafias internacionales, para que nos engañen tantas veces con material defectuoso. Ninguno de los partidos políticos lo ha explicado y, si sabían cómo evitar que nos arrastráramos como pedigüeños en el ‘fantástico’ mercado global, no lo han dicho. Ni tampoco nos ha ilustrado con saber por qué cuando gobernaron no previeron que España no podía ser solo ese país idílico para el turismo, con las mejores playas, hoteles y los bares de copas más guay de toda Europa, que también debía haberse convertido en un país potente con una industria capaz de hacer frente a una calamidad y a las necesidades de su población. Y me hubiera gustado escuchar las explicaciones asimismo de por qué hemos optado por la deslocalización, como si fuera un signo inevitable de los tiempos, de nuestra industria textil, esa que está en China, India o Bangladesh, donde la producción es muy barata aunque luego nosotros la paguemos a precio de ricos.
Por qué no debaten eso en el Congreso y en las ruedas de prensa, y en esas comparecencias para hablar solo de la pandemia: unos minando la gestión del Gobierno por un puñado de votos, y otros para salir del paso como buenamente pueden con la cruz que les ha caído encima. Y por qué nos lanzan bulos y carnaza para que los ciudadanos nos saquemos los ojos y las entrañas unos a otros en redes sociales para defender sus mentiras. ¡Cuántas cosas me gustaría que respondieran los partidos políticos!
España no ha estado preparada ni sanitaria ni industrialmente para hacer frente a la pandemia, y de eso tienen mucha culpa los partidos que nos han gobernado al menos en los últimos veinte años.
Cecilia cantaba en 1975 aquella hermosa canción: Mi querida España, que el régimen franquista censuró: España no podía estar muerta, tendría que ser una España nuestra. Pues bien, España ha demostrado que ante la pandemia es una España muerta. La España que les interesa a los que buscan rédito político, no por amor a España, sino por amor a sus intereses. Que España haya visto quebrantada su economía del modo que estamos viendo es culpa de todos ellos, porque España nunca les importó más allá del poder que proporcionaba y las corruptelas que les permitía el control sobre bienes y patrimonios. Que España dependa de sectores económicos tan volátiles como el turismo o la construcción demuestra su escasa capacidad para gestionar la economía de este país, que ahora se ve sumido en la crisis que viene por no tener industria, investigación y desarrollo para salir adelante. ¡Que inventen ellos!, ¿verdad?
Cuanto del efímero mañana machadiano tiene la España del momento es atribuible a quienes nos han gobernado, esos que no han sabido crear en España una economía estructuralmente más sólida, resistente a las desgracias y calamidades. Y no una economía que se pareciera a aquella economía de subsistencia que recordamos de siglos pasados, cuando una sequía en el campo provocaba crisis, miseria y hambre. Aquel campo, nuestro turismo de ahora.
 * Artículo publicado en Ideal, 05/05/2020

lunes, 6 de abril de 2020

UN RESPIRO PARA EL PLANETA, UNA EXCUSA PARA MEDITAR*


La calamidad se ha posado sobre nuestro mundo de confort. Un mundo que explota a este planeta hasta llevarlo al límite, que lo agrede sin remisión, que alardea de una suficiencia y prepotencia incuestionables, que criminaliza el discurso de quien disiente y al que disiente, que se regodea en la ignorancia. Es el camino de la posmodernidad que alienta el individualismo, privándonos de mirar hacia los que caminan junto a nosotros. La calamidad ha hecho que ese camino se haya desviado repentinamente hacia otro sendero: el valor de la colectividad, sin la cual es imposible afrontar los retos. Es la distopía que hasta ahora no habíamos conocido.
Esta pandemia es como si la naturaleza se hubiese rebelado contra nosotros. Como si un castigo bíblico pretendiera darnos una lección por nuestros desvaríos, como cuando en el Génesis la corrupción y la violencia en la Tierra ofendió tanto a Dios, que le dijo a Noé: “…está llena de violencia a causa de los hombres, y he aquí que yo los destruiré con la Tierra”. Eso de que nos comamos cualquier bicho que se mueva o destruyamos el medioambiente ha debido ponernos un límite. No somos propietarios de la naturaleza. La Tierra se hartó de los dinosaurios, y los exterminó. A lo mejor está más que harta de los humanos, la especie que más la ha agredido.
Con este Covid-19 la realidad nos ha dado un bofetón en toda regla. De este aprendizaje quizás lleguemos a una nueva realidad. El parón forzado de la actividad humana y económica acaso le sirva al planeta para recuperarse algo, y a nosotros para reflexionar. Aunque no seremos todos, los arrogantes y los prepotentes no están a favor de este parón, desdeñan la peligrosidad del coronavirus.
Hace unos días el republicano Dan Patrick, vicegobernador de Texas, en una entrevista en Fox News, el canal que apoya la reelección de Donald Trump, se despachaba diciendo: “Los abuelos deberían sacrificarse y dejarse morir para salvar la economía en bien de sus nietos y no paralizar el país”. EEUU ya estaba siendo acorralado por la pandemia, pero más importante que la vida de los seres humanos era salvar la economía. El neoliberalismo más salvaje se mostraba con descaro, sin pudor. Una respuesta propia del ideario de Trump o de Bolsonaro, partidarios de no paralizar su país, minusvalorando el drama humano de esta pandemia. La distopía es estado puro, el mundo feliz de Huxley, la vida en una burbuja de cristal, fuera de la cual no se valora la vida del ser humano. La voz de los lunáticos imponiéndose al criterio científico, negando el cambio climático y sin importarles la explotación al límite de los recursos del planeta. Igual que las insensatas proclamas del presidente mexicano López Obrador, quien alentaba a que la gente siguiera paseando.
Después de escuchar a Dan Patrick me acordé de Naomi Klein y su teoría del capitalismo del desastre que desarrolla en La doctrina del shock. El neoliberalismo quizás esté buscando una nueva oportunidad en esta pandemia, como la encontró con el 11-S para imponer sus reglas o con la crisis económica de 2008. El gurú del neoliberalismo, Milton Friedman, había diseñado la táctica triunfal del capitalismo contemporáneo: aprovechar una crisis —real o percibida— o un estado de shock de la sociedad para encontrar la oportunidad donde “desarrollar alternativas a las políticas existentes, para mantenerlas vivas y activas hasta que lo políticamente imposible se vuelve políticamente inevitable”.
Las continuas informaciones que llegan a la opinión pública sobre la pandemia comparten el daño que está ocasionando a la economía y a la Bolsa, con los estragos producidos en la población: miles de muertos y apuros de la sanidad para atender a cientos de miles de contagiados en crecimiento y la falta de medios para su atención.
Cuando termine esta pandemia se habrá perdido empleo, se habrán producido retrasos en el pago de hipotecas y alquileres, y habrá quien haya perdido parte de su vida. La cobertura social de la población más desfavorecida será una prioridad. Pero, paralelamente, los grandes emporios económicos y financieros demandarán activar cuanto antes el balance positivo de su cuenta de resultados, y mirarán también al Estado.
Los Estados van a salir muy tocados de esta crisis sanitaria, que derivará en crisis económica. El neoliberalismo los ha convertido en un cliente más del mercado (en él compiten por comprar mascarillas). Su misión de protector de la colectividad, no cuenta. El interés público queda al mismo nivel que lo privado. Por lo pronto, nada más desatarse la pandemia, es el Estado quien está dando una respuesta a la misma, y no el gran capital, ni la Bolsa, ni el Ibex-35. No obstante, un acontecimiento catastrófico como éste puede ser una atractiva oportunidad para el mercado neoliberal. Atentos.
La pandemia ha radiografiado lo frágiles que somos. Los deseos de que todo cambie no serán suficientes. Ya pasaron otros cantos al sol, como en la crisis de 2008. Entonces la oportunidad fue para el neoliberalismo, no para nosotros. No tuvo más que introducir sus mecanismos de terror, de miedo a la hecatombe porque el sistema financiero se desmoronaba, y con él la sociedad, para que el poder político lo socorriese en detrimento de la vida de los ciudadanos, mermada por los recortes.
Mucho me temo que cuando la pandemia pase no hayamos aprendido nada, y el capital vuelva a mostrarse insaciable, y las ilusiones del cambio al que aspirábamos nos deje como estábamos, o peor. Y que la naturaleza se enfade otra vez.
* Artículo publicado en Ideal, 05/04/2020.

lunes, 23 de marzo de 2020

CONFINAMIENTO^


En este país, en más de ochenta años, no habíamos vivido una situación parecida al estado de alarma decretado por la pandemia del Covid-19. Finalizada la guerra civil, los años de posguerra provocaron episodios de extrema dificultad a consecuencia de la penuria y la represión, pero nada que ver con este confinamiento en el hogar al que hemos sido sometidos.
Decir confinamiento suena a algo muy serio: a salvación en un bombardeo, de una plaga bíblica o de un castigo divino donde hubiera que marcar la puerta con sangre de cordero. En un confinamiento se pone a prueba la capacidad del ser humano para afrontar situaciones ajenas a la normalidad. Albert Camus, en La peste, hace un ejercicio de introspección en la vida de una ciudad donde explica la alteración drástica de la cotidianidad y su alcance psicológico en los habitantes. El confinamiento por el coronavirus nos ha alterado nuestra cotidianidad, justo lo que equilibra el tránsito por la vida. Una auténtica prueba de fuego para la convivencia social y familiar.
Hay quien asimila el confinamiento a un secuestro o a la vulneración de sus libertades. Lo hemos visto en personas que no cumplen las restricciones impuestas por el estado de alarma. No sé si tendríamos que aprender del reparto de tareas y colaboración en los insectos sociales. Tal vez, sí. En nosotros, como seres sociales pero dotados de inteligencia y sentido de la libertad, la vida en sociedad debe estar bañada además por el civismo. El cumplimiento de las restricciones en materia de movilidad es un ejercicio consciente de convivencia y libertad. Las conductas incívicas e indisciplinadas representan enormes agravios contra la colectividad. Nuestra libertad se refuerza cuando somos solidarios y respetamos las normas de esa colectividad, y nos alejamos de hacer lo que nos dé la gana del modo más insolidario. Reforzamos la libertad cuando decidimos colaborar socialmente y respetar la integridad de los demás.
No es la peste negra lo que nos ha venido, ni el cólera, ni la difteria o la tosferina, epidemias que castigaron a la humanidad en otros tiempos. Ha venido un moderno virus, con una presencia de cibervirus alienígena más que de bacteria antediluviana. Un coronavirus desconocido y mortal que no lo trae el inmigrante ni el extranjero ni el apátrida, sino que lo podemos llevar y traer cualquiera de nosotros.
Quizás alguien piense que con esta situación vivimos una distopía del tenor orwelliano de 1984 o de Fahrenheit 451 de Bradbury, o tal vez el tiempo posterior a un holocausto nuclear. Nada de eso. Se trata de un enemigo invisible que ha modificado nuestro modo de vida de manera drástica, sin alterar la fisonomía de nuestras ciudades, salvo su aspecto fantasmal por ausencia de transeúntes, y sin distorsionar nuestras mentes con profecías apocalípticas. Solo nos ha obligado a recluirnos en nuestro hogar, que ya es bastante, y a unirnos para combatirlo, como a otros miles de virus, pero éste sin vacuna.
La crisis del Covid-19 es una crisis mundial de duración imprevisible. Nadie escapa a ella. Ni los pobres, ni los ricos, ni los poderosos, ni los gobernantes, tampoco la detiene el convencionalismo de las fronteras. Todos los ciudadanos somos susceptibles de ser portadores y víctimas al tiempo. La vulnerabilidad del ser humano es total en el mundo desarrollado y subdesarrollado. La riqueza no funciona como escudo protector. La ciencia, que nos salva de muchas afecciones de la salud, todavía es incapaz de salvarnos de todas. En ello radica nuestra vulnerabilidad frente a la naturaleza, nuestra soberbia y prepotencia ante ella es algo meramente circunstancial.
De esta pandemia y de nuestro confinamiento quizás debamos extraer varias enseñanzas. La primera: una lección acelerada de civismo. Frente al individualismo que promueve la posmodernidad neoliberal, la ‘modernidad líquida’ de la que habla Zygmunt Bauman, debemos dar una respuesta que refuerce la colectividad. Es cierto que la disciplina social a veces tiene que imponerse, si cada persona asumiera su propia responsabilidad no habría que hacerlo. Pero, ante la adversidad, el civismo se erige en un arma muy poderosa.
Otra de las enseñanzas, que no por sabida dejamos de recordar, es la hipotética llegada de una crisis económica. La actividad económica mundial se está resintiendo con la pandemia. El capitalismo es un sistema económico fullero, tan vulnerable como insolidario, tan egocéntrico como insaciable, sin mecanismos para afrontar momentos de quiebra en su voraz maquinaria desarrollista, y donde al final siempre pagan los más débiles. Vemos a la economía capitalista sin resortes para afrontar situaciones como ésta, solo esperando a que sea el Estado quien afronte en solitario el reto solidario.
No se ha producido una guerra, ni siquiera la caída del sistema financiero por la avaricia, es simplemente la paralización de parte de la actividad económica por un problema de salud pública. Seamos corresponsables. Los medios de comunicación incesantemente hablan de caídas en la Bolsa o de pérdida de beneficios empresariales, pero… ¿y la solidaridad de esos grandes capitales en un momento así, dónde la dejamos?
Como enseñanza principal quedémonos con la concienciación de gran parte de la ciudadanía que está afrontando los retos de esta pandemia con un sentido colectivo, de exclusión de prácticas egoístas y con un ejercicio de solidaridad. Y, además, salpicado de esas muestras de humor que están haciendo este confinamiento más llevadero.
Nunca habíamos vivido una situación igual. Debiera servirnos de enseñanza para un futuro que no sabemos lo que nos traerá. Acaso, como diría Camus: “Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo”.
 * Artículo publicado en Ideal, 22/03/2020

lunes, 13 de enero de 2020

LA CONVIVENCIA EN ESPAÑA, SIEMPRE ATRAVESADA POR FISURAS*


España es un país con una convivencia quebradiza. De vez en cuando se cuela la hiel por fisuras supurantes. Siempre pensé, con la Historia como aliada, que la convivencia entre los españoles no era una cosa fácil, pero no hasta el punto de que el odio emergiera en el debate político, como ha ocurrido varias veces durante la democracia.
Las campañas electorales sacan de nosotros los más bajos instintos. Y cuando no hay campañas electorales, también. La democracia quiso hacernos diferentes a lo que éramos antes de ella: vivir en libertad, ser democráticos, respetar al que no piensa como nosotros. Yo fui un joven que creyó en la democracia y al que ahora, no tan joven, le asaltan las dudas.
Una nueva generación de políticos está gobernando la política en España, pero parece peor que la anterior, o tal vez es igual y aprendió de la anterior. Sacar la inquina que caracterizó el devenir político de España en el siglo XIX (la que Galdós retratara en sus novelas, plagadas de avatares políticos) y el primer tercio del siglo XX, que tuvo como colofón la ira desatada en la guerra civil y la dictadura, nunca ha sido parte de nuestro progreso, ni civilizador ni humano. ¿De qué han servido cuarenta años de democracia?
Pensábamos que el franquismo, la mayor quiebra sufrida en la convivencia nacional de este país en su historia, se había liquidado con la Constitución del 78. Mas como si la Historia se repitiera, que no lo creo, en nuestros días supura todavía demasiada hiel y no menos perversos gestos de intolerancia. Con la democracia quisimos construir una convivencia mejor, o eso nos creíamos unos cuantos ilusos. Por eso, los que creímos en aquello, ahora no toleramos que unos pocos, o unos muchos, pretendan acabar con nuestras ilusiones.
Al pasado lo revive la nostalgia, ese sentimiento del ser humano que añora siempre alguna pieza pretérita para reconstruir el equilibrio emocional del presente. No obstante, a algunos se les soliviantan determinadas añoranzas que no debieran ser patrimonio de la nostalgia, no hasta el punto de que tras cuarenta años de la muerte del dictador el franquismo siga vivo y sus rictus intempestivos reproduciéndose tan airadamente.
La sesión de investidura de Pedro Sánchez ha constituido un bochornoso espectáculo protagonizado por las derechas. Como lo fueran otros momentos parlamentarios de este país, pero en éste cuajando un peligro que solivianta los nuevos tiempos: el ultraderechismo. Me asalta la sensación de que algo terrible pudiera pasar. La intervención de la portavoz de Bildu desató un volcán de ofensas en modo aspersión, que se mezclaron con el uso obsceno del terrorismo, que afortunadamente terminó hace años, y que para la derecha es su razón recurrente, como si con él viviera mejor.
No estoy tan seguro de que la execrable manera de hacer oposición de la derecha sea consecuencia de creerse que el poder le pertenece. Pienso más bien que su forma gamberra y violenta de conducirse responde a que no les gusta el debate parlamentario como instrumento de exposición de argumentos e ideas, y que en su ADN radica la imposición como método de conquista de lo apetecido: el poder. Este modo de proceder no es más que una manera de traicionar a la Constitución, a la que tanto dicen defender, y de camino a la Monarquía.
Actitudes y palabras lo dicen todo sobre nosotros. Y cuanto se instiga, fustiga y hostiga en el Congreso termina expandiéndose por la calle. Y cuanto se ‘argumenta’ en el Congreso rola en los corrillos, las plazas, los bares y las redes sociales. Y lo vociferado en el Congreso deseduca social y políticamente a la ciudadanía hasta confundirla. Y al final triunfa el efecto pretendido con tales ‘argumentaciones’, quedando solo en el imaginario de la ciudadanía los insultos: traidor, mentiroso, desleal, estafador, terrorista, prevaricador…
La composición política del Congreso es la que hay: la representación de todas las sensibilidades políticas y territoriales de España. Así se construyó en el 78 la Constitución. Convertir el Congreso en campo de batalla contra esas mismas sensibilidades no es ser constitucionalista. Los que se denominan así deberían saberlo. La convivencia emanada de la Constitución se construye, no se destruye.
Queríamos que ETA dejara de matar y que se disolviera, y lo hizo. Quisimos que la izquierda abertzale entrara en el redil de la senda constitucional: participar en elecciones, acatar la Constitución aunque fuera con el imperativo que fuera; en definitiva, que estuviera sometida a la disciplina parlamentaria. Y cuando todo esto se ha conseguido parece que no tenemos suficiente. ¿Preferiríamos tener a ETA activa con sus ‘argumentos’ asesinos para así alimentar el debate político y golpear la cabeza del adversario cuando nos fuese pertinente?
El independentismo catalán ha removido la convivencia de este país. Ha tenido la ‘virtud’ de provocar una ruptura política mayor que la que había protagonizado ETA con sus muertos. Aquello nos unió. Nos ha hecho caer en la trampa. Las derechas han caído en la trampa. La trampa del enfrentamiento. Que Esquerra Republicana haya votado abstención en la investidura de Pedro Sánchez ha sido un éxito para la política española, obviamente no para la política que apuesta por el frentismo y la represión. Hacer entrar a ERC en el redil del constitucionalismo, aunque sea a regañadientes, nos desvela que la independencia de Cataluña y la república catalana ya son un imposible y que lo han entendido.
Dejemos que en la convivencia de este país quepan todas las sensibilidades políticas y territoriales de España.
* Publicado en el periódico Ideal, 12/01/2020
* La imagen que ilustra esta entrada es obra de Juan Vida: Manifestación, 1976

miércoles, 18 de diciembre de 2019

GRETA Y LOS AGUAFIESTAS*


La Cumbre del Clima celebrada en Madrid, la COP25, que podría haber sido la fiesta de la sensibilización por combatir el cambio climático tras las últimas noticias de la ciencia que presagian lo peor, ha concluido con un acuerdo raquítico. Esta reunión internacional, como tantas otras grandes cumbres, asambleas o conferencias internacionales que suelen terminar en paupérrimos acuerdos de paz, de protección del medio ambiente, de limitación de armas nucleares o de respeto a los derechos humanos, ha tenido su punto de decepción. Es difícil esperar otra cosa cuando tenemos un organismo internacional, la ONU, con una pata coja.
La salud ambiental, física y mental del planeta no solo no ha mejorado en décadas, sino que está muy quebrantada. Los grandes proyectos plurinacionales siempre han estado agredidos por agentes internos y externos que no cejaban de entorpecer su funcionamiento. La ONU se ha convertido en un proyecto de grandes discursos, pero también de grandes decepciones. Ninguneada y vetadas sus propuestas por alguna de los cinco grandes potencias con derecho a veto, subsiste con un poder más moral que efectivo.
El momento de mayor entusiasmo de la COP25, en sus dos semanas de duración, se produjo con la aparición de Greta Thunberg. Su llegada activó el sentir más ‘popular’ de la cumbre, no por la autoridad científica de su discurso en torno al cambio climático, más propio de los científicos que han echado miles de horas a estudiar sus fenómenos y consecuencias, sino por el mito en que la han convertido. No me parece mal que la adolescente sueca haya alcanzado tanta notoriedad, con ella se ha estimulado la conciencia de miles de jóvenes y propiciado infinidad de protestas en el mundo. Lo que me parece peor es que con ella haya aflorado la miseria y ruindad humanas encerradas en un sinfín de insultos proferidos en las redes sociales. Se le ha llamado histérica, majareta, puta o marioneta.
Algunos han creído que era mejor destruir a esta joven que luchar contra los gobernantes que se empeñan en mirar hacia otro lado en esto del clima, obcecados en preservar su ignorancia cuando no los intereses de las grandes corporaciones que utilizan ingentes cantidades de recursos naturales para esas actividades económicas que inundan la atmósfera de kilotones de residuos gaseosos. No solo vamos camino de destruirlo todo, sino que estamos dispuestos a destruir a las personas, aunque se trate de niños y, si puede ser, con toda la saña de que somos capaces.
A esta pobre chica se le ocurrió abogar, o la indujeron a que se le ocurriera, por la causa de la destrucción del planeta y el cambio climático, del mismo modo que nos hemos pronunciado miles, cientos de miles, millones de personas. Pero sobre Greta Thunberg se pusieron las cámaras y los flashes, y la niña empezó a tener una repercusión mundial. Ahí empezó su problema personal y, también, el de muchos desaprensivos. Lo que dice Greta no es una novedad, es lo que se ha dicho y se dice por parte de otros miles de niños. La novedad es que sobre ella recayó la popularidad o el 'popularismo' secundado por los medios de comunicación.
Greta Thunberg no es el problema, a mí no me molesta, al contrario, el problema somos los demás: la jauría humana. Su protagonismo no debe ser motivo, ni arroga a nadie el derecho a ensañarse con ella. Quizás dentro de unos años nos olvidemos de esta chica, pero ahora dice lo que tiene que decir, que el planeta Tierra tiene un problema de salud grave.
Algunos han estado más interesados en desmontar el fenómeno Greta Thunberg que de hablar sobre el problema que se cierne sobre la Tierra: el cambio climático. Los científicos hablan de deshielo, de subida de la temperatura global del planeta, de la capa de ozono, del efecto invernadero, de las emisiones de dióxido de  carbono…, de todo lo que está envenenando y transformado la atmósfera, con más celeridad que en ningún otro momento de la historia de la Tierra.
Es de esto de lo que hablan los científicos, aunque haya una poderosa minoría que no le pone oído, y aunque haya también otra mayoría que le hace caso a esta minoría. Y por ello, el documento final de la Cumbre del Clima ha contado con escasos acuerdos y pocas adhesiones. Menos de la mitad de los países participantes (sobre 200), liderados por la Unión Europea, se han comprometido a realizar mayores esfuerzos contra el cambio climático y a presentar planes más exigentes en 2020. Fuera de este compromiso se han quedado EEUU, China, India y Rusia, los mismos que provocan el 55% de las emisiones mundiales de efecto invernadero. Los dominadores del mundo que solo miran sus intereses. A estos aguafiestas el planeta les trae sin cuidado, la vida para ellos solo se cifra en rendimientos económicos, no les preocupan los efectos nocivos de sus actos. Y tras ellos, los adláteres que no dudan en destruir su parte del planeta. Pobre Amazonía. Estos gobernantes han mostrado su lado más insensible con la vida del planeta y sus posibles consecuencias hacia la raza humana.
Algunos dirigentes proclaman que el planeta no se va a destruir, ni creen a los científicos ni se creen lo del cambio climático. Cuando escucho tanta irresponsabilidad recuerdo las palabras de mi madre que, sin conocimiento científico alguno, me hablaba de aquellos temporales y de los nevazos que caían cuando ella era una niña o una jovenzuela.
* Publicado en el periódico Ideal, 17/12/2019